ALFREDO LEYVA ALMENDROS (Málaga)
Amada mía, espero que sigas tan bella como siempre.
¿Cómo decirte lo mucho que te echo de menos?, ayer, mirando la colina de Fez te recordé, la contemplaba y me parecía estar viendo el Albayzín desde la colina Sabika.
Dicen que lloré como un niño por no defenderte como un hombre… cómo no llorarte mi amor, si me arrancaron de tus brazos, si me condenaron a vivir fuera de ti, a vivir sin acariciarte, sin pasear por Generalices, sin vivir ya más mi Alambra, sin ver más en los estanques mis flores reflejadas.
¿Cómo no llorar, mi amor?, Granada, mi bien ama da, si fuimos felices juntos entre alamedas doradas, de nuevo desposaría, tus flores daría por arras, recuerda que dije un día a las puertas de la Alambra, qué más quisiera morirme en mazmorras de alcazaba, que la libertad en el exilio en laderas escalonadas de las muy fértiles tierras de las ricas Alpuxaras.
Nunca te abandoné mi amor, me vi forzado; como aquella madre de la antigüedad, preferí que siguieras viva en otras manos a que perecieras en un baño de sangre.
¿De qué me hubiera servido luchar contra un destino que ya estaba escrito?. No huí de ti, huí de mí mismo, de mi desventura, del destino que me tenía reservado ser el epílogo de un libro en el que el final estaba ya escrito y del que no pude cambiar ni una letra, sólo pude escribir al dictado de los acontecimientos heredados del pasado.
Aquel que quiera conocer bien su pasado, que mire atrás con el corazón, pues dice más una mirada de amor que cien libros de historia. Esta frase que le oí decir a un contador de historias en la plaza de Bib Arrambla en mis años de juventud, me marcó para el resto de mi vida y me dio consuelo en el día de nuestra separación.
Era como hoy un día del mes de enero, ¿recuerdas?. Las primeras luces del amanecer no hacían sino acentuar la gris mañana de partida hacia el exilio. El frío calaba hasta los huesos de la comitiva que, abatida y triste marchaba como a un destierro sin mortaja. ¿Quizá éramos nosotros lo amortajados en vida?, una vida presente que auguraba un futuro incierto. Dejábamos atrás nuestra tierra y la de nuestros antepasados, nuestras casas y rincones más queridos, cobijos donde amamos, sufrimos y soñamos un futuro para nuestros hijos que ahora nos estaba vedado.
Yo, encabezaba el séquito aquel funesto día en que me separaron de ti, acompañado por Moraima que me miraba con ojos consoladores, con esa mirada que sólo una enamorada sabe destinar al ser amado me preguntó: ¿qué tienes, mi amor?, ¿tienes frío?, ¿quieres una manta?. Yo, con la mirada perdida, como ausente y ajeno al momento le contesté impávido. Sí, tengo frío, esa clase de frío que causa dolor más allá del cuerpo, me duele el alma.
La tierna Moraima, manteniendo la mirada en mí, como envolviéndome me dijo con dulzura: No sufras por lo que no tiene remedio, empezaremos una nueva vida en la Alpuxarra, reclamaremos nuestros hijos y seremos la familia que el destino no nos ha dejado ser.
No, nunca he podido acostumbrarme a vivir sin ti. Me llamaban «el zogoibi», el desventurado … y con razón, qué mayor desventura hay en la vida que haberte amado intensamente como yo te he amado y sufrir una separación cruel e injusta, privado de verte a diario, obligado a sentirme a tu lado pero en la lejanía, una lejanía a la que no me he acostumbrado en los largos años separado de ti. Si viviera mil años nunca podría acostumbrarme a ser el exiliado sentimental en el que me he convertido.
Aún hoy, en mi soledad lejos de ti, te sigo amando: siento frío, la misma clase de frío que sentí el día de nuestra separación, más allá del cuerpo, me sigue doliendo el alma.
Dicen que no te quise. i qué sabrán ellos!
Ahora, cuando ya estoy al final de mi existencia y la nieve cubre mis cabellos, te amo en la lejanía, igual que el mancebo que fu¡ bajo el céfiro de tu cielo azul y las cantarinas aguas de tus arroyuelos pero … toda música cesa… si hoy presto oídos, escucho una música que viene de muy lejos, del pasado también, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos de los de hoy, y de otras vidas. Quizás la nuestra, y nosotros mismo, no somos otra cosa que ella, no sea más que tal música. Porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos: no obstante, toda música cesa… hasta en nuestro recuerdo… toda música cesa…
BOADIL