Pregón de Las Nieves 2021

Pregón de las Fiestas de Las Nieves
La Montaña 2021

Por: D. MIGUEL ÁNGEL SOSA GONZÁLEZ

– Ave María -.

¡Buenas tardes! Lo primero, ¡gracias a todos y todas las que han querido estar esta tarde aquí!

Antes de iniciar este pregón, agradecer a quienes pensaron en mí para hacer esta tarea que para mí tiene una especial relevancia, sobre todo, a nivel personal.

Cuando Matías me hizo la invitación, por teléfono, estaba en mi casa, cocinando. Tuve que parar de cocinar porque la piel se me puso de gallina, y fue un privilegio decir que sí a esta invitación. De verdad, ¡muchas gracias!

Hacer este pregón, el proceso de elaboración, y compartirlo con todos ustedes es y ha sido un reto, un viaje a los recuerdos, una constatación de muchas emociones que han aflorado. Cada vez que me sentaba a escribir me venían muchísimos y muy claros recuerdos de lo que para mí ha supuesto y supone este santuario, esta advocación de la Virgen de Las Nieves, que aprendí a amar a través de una persona que ha sido fundamental en mi vida y fundamento de mi fe, y a la que dedico especialmente las palabras que esta tarde pronuncio, y que sé desde la fe que siempre está conmigo: mi tía Manuela González Elvira, más conocida como Manuela “la coja”, y que sé que Dios la ha acogido con Él.

Desde mi infancia, que compartí con ella, siempre llegaba el sábado por la tarde y me traía con ella a este santuario a celebrar la eucaristía. Cada sábado que alguien con coche la invitaba a venir, porque cada sábado siempre había alguien que nos traía, especialmente María y Marcelino, pues aquí nos presentábamos.

A los pies de la Virgen de Las Nieves aprendí a rezar el Rosario, aquí conocí a mucha gente asidua a Las Nieves, que se acercaba a saludar a mi tía, aquí hice mis primeras lecturas de la Palabra de Dios con 11 o 12 años, aquí ayudé por primera vez a dar la comunión y aquí prediqué por primera vez por invitación de Clemente, en la época en la que fui seminarista. Y aquí rezamos mi padre y yo en la primera misa que pedimos por mi madre y por mi tía cuando Dios las llamó a su lado hace ya 14 años.

También aquí he venido a cumplir muchas promesas, propias y ajenas. Y casi siempre en verano, con su fiesta. Porque fiesta de Las Nieves es verano, y no hay verano que no planee mis vacaciones sin olvidar que los primeros días de agosto nunca viajo.

– “Verano”, de Vivaldi -.

Volviendo a las promesas, he presentado algunas ante esta imagen, y he cumplido las mías y, sobre todo, las de mi tía, muchas de ellas por mí. Y cumplimos la promesa que hizo cuando terminé el bachillerato, y cuando saqué la selectividad, cuando acabé la carrera, o cuando aprobé mi carnet de conducir, o cuando había que rezar por problemas de salud… Y, la verdad, nunca quedó ninguna promesa por cumplir, incluyendo que junto a ella pusiésemos una imagen de la Virgen de Las Nieves el día de su entierro. Las promesas no han sido, ni más ni menos, que la cercanía de una advocación en mi vida, y el agradecimiento a Dios por hacer camino conmigo y con quienes me acompañan en el camino, un camino que no siempre ha sido fácil.

El camino de la vida se parece mucho al camino de peregrinación que he hecho unas cuantas veces desde mi casa, en Guatiza, hasta aquí. Un par de horas de subida, sobre todo, con compañía o solo, con más esfuerzo o menos según los tramos. Peregrinar a este santuario requiere de los cinco sentidos, requiere de ganas e ilusión, como la vida. Y nos vamos uniendo a otros en el camino, y todos tenemos una meta común, un mismo punto de encuentro.

– “Bolero”, de Ravel -.

Este tema que hemos escuchado fue concebido por Ravel como una pieza en la que el movimiento se repite y se van uniendo instrumentos nuevos, como la peregrinación a Las Nieves, donde nos vamos uniendo corazones y razones distintas para llegar hasta aquí.

Para mí, la peregrinación personal se inicia con la vista puesta en la montaña, con una visión nítida y clara que en ocasiones se limita por el sudor que cae en la frente o por el sol que va deslumbrando.

Pero el sentido de la vista anuncia una mirada que quiere ir más allá, porque cuando miramos a los demás peregrinos intentamos mirar más allá, escudriñamos cansancios o motivos para ir hasta el santuario, para venir a ver a La Virgen. Y creo que el motivo mayor sigue siendo la fe, y esa fe es esperanza.

Otro sentido que se despierta y cobra importancia es el olfato, el olor a tierra seca del camino o del barranco, el olor a moras o fruta de algunos árboles del camino, el olor a piña de azúcar cuando te acercas a la ermita, el olor a café de algunos puestos. Se huele la alegría de la llegada y la alegría de cada tramo.

Y el sabor, sobre todo, el sabor del agua fresca recién guindada cuando llegábamos a algunas casas de Los Valles. Sabor a sed que se apaga, sabor en la cercanía al final, y sabor al agua del porrón que estaba en el aljibe de esta ermita. ¡Esa agua sabía tan distinta a las demás!

El oído cobraba especial relevancia cuando se compartía la eucaristía, cuando escuchábamos con especial devoción la misa como parte de ese peregrinar hacia este templo. Cuando venía caminando, la misa de 10 era el objetivo, sin quitar que luego viniese a la de la tarde. En los últimos años ya venía directamente a la de 8, llena también la ermita, pero algo menos. Y, cuando se estaba en ese ambiente de celebración, incluso, el oído era capaz de escuchar la palabra de Dios de otra forma, con otro ritmo, con otro talante, con otra cadencia. Y algo que siempre me ha gustado en esas celebraciones ha sido que las voces que participaban eran de distintos lugares de la isla que venían a Las Nieves, fiel reflejo del carácter insular de esta peregrinación a Las Nieves. Y aquí, es este carácter en relación con el sentido del oído quiero detenerme un momento.

Las Nieves ha sido siempre, desde que yo recuerdo, un lugar de llegada de mucha gente cuyo objetivo era presentarse ante la Virgen, presentar aquello que traen en su corazón, hacer su promesa… Venir a Las Nieves siempre ha sido una peregrinación de fe íntima, más ligada al silencio y a la oración que al bullicio y al jolgorio. Las Nieves es la advocación a la que expresamos aquello que queremos en un ambiente más calmado, más en diálogo personal, más en intimidad, y me gustaría y deseo que siga siendo así. Nada justifica un cambio en este aspecto, porque este santuario no deja de ser un lugar de paz y oración en la montaña, como hacían las tradiciones religiosas de muchos siglos atrás, que buscaban a Dios en lo alto, y en la brisa suave estaba Dios, y no en la tormenta o el fuerte ruido.

Y me queda un solo sentido, el tacto, porque venir a Las Nieves también es tacto, aunque sea el sentido que menos podemos usar en estos momentos de crisis sanitaria. Llegar aquí era sinónimo de encuentros con personas que no veías con frecuencia, y eso se convertía en un saludo, un apretón de manos, un abrazo… El encuentro de muchos hijos alrededor de una madre común. Estamos llamados a ser comedidos e higiénicos en nuestro trato con los demás, pero ese tacto se puede transmitir desde la lejana cercanía de la distancia que debemos respetar, y les invito a hacerlo ahora con una música que invita a dar palmas como signo de fiesta, las palmas que se escuchan cada año nuevo en Viena, como signo de que llegará un momento nuevo cuando podamos volver a tocarnos y convertir nuestros afectos en tacto. A ver si somos capaces de seguir el ritmo.

– “Marcha Radetzky”, de Johann Strauss -.

Llego al final de este pregón, en esta actitud de fiesta que acabamos de crear. Llego al final sintiéndome acompañado cada día de mi vida por quienes ya no están, y que siento tan cerca, especialmente mis padres, mi tía, mi amigo José… Llego al final sintiéndome agradecido a Nuestra Señora de Las Nieves por quienes están en el camino de mi vida, por aquellos que son parte de mi familia, a quienes pongo en sus manos de madre: a mis hermanos, mis sobrinos y, especialmente a mi próxima sobrina nieta y ahijada que llegará, si Dios quiere, en diciembre.

Pongo en las manos de María las vidas de mis amigos y amigas, que son parte de mi propia familia, esa que se construye fuera de los lazos de sangre. Pongo en sus manos a quienes caminan conmigo y me dejan caminar con ellos en los proyectos pastorales en los que estoy inmerso e ilusionado. Pongo, de forma especial, a las personas mayores y enfermos que visito en la tarea pastoral que más amor me regala, la pastoral de la salud. Pongo, en esta tarde, de forma especial, a Pedro Núñez, en su fragilidad. Y pongo, de manera más intensa, los proyectos de Padis Canarias que tanto bien están haciendo y a mis compañeros y compañeras de camino en esa tarea.

Y, finalmente, pongo a los pies de la Virgen dulce, sonriente y que nos guía a su Hijo Jesús, a quien nos confía, mi propia vida, en la que ella ha estado y está tan presente, para ser “su instrumento en medio del mundo”. Y le pido que me llene de la alegría siempre tan necesaria en esa tarea.

Gracias a Diego por acompañarme en este pregón y preparar los temas que han sonado y sonarán. Gracias, Dios de la Vida; gracias, Madre de Las Nieves; gracias, gracias, gracias infinitas. Gracias.

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