Querido Pablo

MARÍA MÉNDEZ REBOLLO  (Madrid)

 Querido   Pablo:

Esta misiva no es otra cosa que una carta de agrade­ cimiento por  todos estos meses que no hemos compartido. Y sobre todo por tu capacidad para mantenerme ahí, expectante y alerta durante los días que ha durado este encierro   voluntario.

Gracias por los cientos de euros  que me he  ahorrado en conferencias y viajes. Por no cogerme el teléfono ni invitarme a visitarte y por no hacerme regalos a los que corresponder.

Gracias  por  las  tardes  en  soledad,  esperando,  por  los momentos  de  reflexión,  por  las  noches  de  insomnio  que aproveché  adelantando  trabajo  y  llegando  a  la  oficina  la primera.  Al  menos  tu desprecio  me  ha  traído  un  ascenso.

Gracias por los siete kilos que perdí, nunca una dieta de ayuno voluntario  me  había  costado  tan  poco  esfuerzo. Al contrario, era  una  bendición  no  ingerir  nada, dado que cualquier alimento caía  en  mi  estómago  como una bomba, produciéndose un  dolor  similar  al  que  sentía  el resto  del  día,  pero  acompañado  de  náuseas.

Gracias por ayudarme a visionar la  filmografía  completa  de  Stanley  Kubrick,  sesiones  continuas  interminables hacían más amenas mis noches  de  insomnio.  Gracias por lanzarme de lleno a la lectura  compulsiva,  por darme el  tiempo necesario  y  la  desazón  para  enfrentarme  a  Guerra  y  Paz,  y  el  Ulises  en  la  misma  semana.  Sin tregua, sin descanso. Los ojos enrojecidos, doloridos, hastiados, quizás el llanto también  ha  influido  algo  en ese tema.

Gracias por mentir tan bien, por prometer tan convincentemente visitas, llamadas y atenciones que no esperabas cumplir. He llegado a apreciar incluso tu capacidad de síntesis, tu dominio del lenguaje, el ruido  de fondo, la batería a punto de terminarse, el camión que atraviesa justo en el momento en que compartíamos un minuto de charla, en ese preciso instante  en  que  te  tocaba  decir  a  ti lo que  sentías.

Entonces milagrosamente  todas las fuerzas del universo se confabulaban para impedir que yo escuchara la verdad, tu verdad, esa versión dulce del rechazo,  aderezada de sentimiento de culpabilidad y llena de frases hechas … no tengo tiempo … no sé qué quiero, eres  la mujer de mi vida … pero … no quiero hacerte daño … deseo estar  seguro.

Cuánta indecisión acumulada en  un  mismo  hombre. En ese hombre que se comía el mundo las primeras semanas, y volaba miles de kilómetros sólo por dormir una noche a mi lado, ese que llamaba tres,  cuatro,  cinco veces al día para decir ¿Qué tal? Ese que utilizaba palabras  mayores  como compromiso,  pareja,  amor,  familia.

Pero no es el momento de  echar  cosas  en  cara. Tan sólo agradecer de nuevo, al cobarde en que te has con­ vertido, estos meses de desazón, que tan bien he aprovechado. Recordarte que la indiferencia forma parte del desprecio,  y  a  mí ya  no  me  importas  nada.

MARGA.

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