Fez, 29 de enero de 1527

ALFREDO  LEYVA ALMENDROS  (Málaga)

 Amada  mía,  espero que sigas tan bella  como siempre.

¿Cómo decirte lo mucho que te echo de menos?, ayer, mirando la colina de Fez te recordé, la contemplaba y me parecía  estar  viendo  el Albayzín  desde  la  colina  Sabika.

Dicen que lloré como  un  niño  por  no  defenderte como un hombre… cómo no llorarte mi amor, si me arrancaron de tus brazos, si me condenaron a vivir  fuera de ti, a vivir sin acariciarte,  sin  pasear  por  Generalices, sin vivir  ya más mi Alambra, sin ver más en los estanques mis flores reflejadas.

¿Cómo no llorar, mi  amor?,  Granada,  mi  bien  ama­ da, si fuimos felices juntos entre alamedas doradas, de nuevo desposaría, tus flores daría por arras, recuerda que dije un día a las puertas de la Alambra, qué más quisiera morirme en mazmorras  de  alcazaba,  que  la  libertad  en el exilio en laderas escalonadas de  las  muy  fértiles  tierras  de las ricas Alpuxaras.

Nunca te abandoné mi amor, me vi forzado; como aquella madre de la antigüedad,  preferí que siguieras viva en  otras  manos  a  que perecieras  en  un  baño  de  sangre.

¿De qué me hubiera servido luchar contra un destino que ya estaba escrito?.  No  huí  de  ti,  huí  de  mí  mismo, de mi desventura, del destino que me tenía reservado  ser el epílogo de un libro en el que el final estaba ya escrito y del que no pude cambiar ni una  letra,  sólo  pude  escribir al dictado de los acontecimientos heredados  del pasado.

Aquel que quiera conocer bien su pasado,  que  mire atrás con el corazón, pues dice más una mirada de amor que cien libros de  historia.  Esta  frase  que  le  oí  decir  a un contador de historias en la plaza de Bib Arrambla en mis años de juventud, me marcó para el resto de mi vida y  me  dio  consuelo  en  el  día  de  nuestra  separación.

Era como hoy un día del mes de enero, ¿recuerdas?. Las primeras luces del amanecer no hacían  sino acentuar la gris mañana de partida hacia el exilio. El frío calaba hasta los huesos de la comitiva que, abatida y triste marchaba como a un destierro sin mortaja. ¿Quizá éramos nosotros lo amortajados en vida?, una vida presente que auguraba un futuro incierto. Dejábamos atrás nuestra tierra y la de nuestros antepasados, nuestras casas y rincones más queridos, cobijos donde amamos, sufrimos y soñamos un futuro para nuestros hijos que ahora nos estaba vedado.

Yo, encabezaba el séquito aquel  funesto  día  en  que me separaron de ti, acompañado por Moraima que me miraba con ojos consoladores, con  esa  mirada  que  sólo una  enamorada  sabe destinar  al ser amado  me preguntó: ¿qué tienes, mi amor?, ¿tienes frío?,  ¿quieres  una  manta?. Yo, con la mirada perdida, como ausente y ajeno al momento le contesté  impávido.  Sí,  tengo  frío,  esa  clase de frío que causa dolor más allá del cuerpo, me duele el alma.

La tierna Moraima, manteniendo la mirada en  mí, como envolviéndome me dijo con dulzura: No sufras por lo que no tiene  remedio,  empezaremos  una  nueva  vida en la Alpuxarra, reclamaremos  nuestros  hijos  y  seremos la  familia  que  el destino  no nos  ha  dejado  ser.

No, nunca he podido acostumbrarme  a  vivir  sin  ti. Me llamaban «el zogoibi», el desventurado … y con  razón, qué mayor desventura hay en la vida que haberte amado  intensamente  como  yo  te  he  amado  y  sufrir una separación cruel e injusta, privado de verte a diario, obligado a sentirme a tu lado pero en la lejanía,  una lejanía a la que no me he  acostumbrado  en  los  largos años separado de ti. Si viviera mil años nunca podría acostumbrarme a ser el exiliado  sentimental  en  el  que me  he  convertido.

Aún hoy, en mi soledad lejos de ti, te sigo  amando: siento frío, la misma clase de frío que sentí el día  de nuestra separación, más allá del cuerpo, me sigue doliendo  el  alma.

Dicen  que  no  te  quise.  i qué  sabrán  ellos!

Ahora, cuando ya estoy al final de mi existencia y la nieve cubre mis  cabellos, te amo en la lejanía,  igual que el mancebo que fu¡ bajo el céfiro de tu cielo azul y las cantarinas aguas de tus arroyuelos pero … toda música cesa… si hoy presto oídos,  escucho  una  música  que viene de muy lejos, del pasado también, de  cuanto  ha muerto, de horas y signos  distintos de los de hoy, y  de otras vidas. Quizás la nuestra, y nosotros  mismo,  no somos otra cosa que ella, no sea más que tal música. Porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos: no obstante, toda música cesa… hasta en nuestro  recuerdo…  toda  música  cesa…

 

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