El del tercero

1º Premio

Mª SOLEDAD GARCÍA GARRIDO (Cáceres)

Querida vecina:

Hace apenas seis meses que vine a vivir al edificio y ya conozco el tramo entre nuestros pisos como la palma de mi mano: cuarenta y ocho peldaños, un rayón azul hendido en la barandilla entre el tercero y el segundo, una mancha de humedad en el rellano del primero y el sempiterno olor a coliflor de la vecina del B de esa misma planta. No sé las veces que subo y bajo el mismo trayecto, que me planto ante tu puerta y no me atrevo a llamar, que me arrepiento y vuelvo sobre mis pasos, que a medio camino lo intento de nuevo.

Llamo a tu puerta y todas las palabras que imagino mientras bajo las escaleras se quedan aprisionadas en mi pecho, sin posibilidad de escapar, como un pájaro de campo que empuja con sus alas la jaula donde lo han dejado atrapado. Debes reírte de mi torpeza, porque no he visto en tu cara, en cada ocasión en que has abierto la puerta, ningún atisbo de malestar, y eso es lo que me anima a seguir este juego que me he inventado, que no consiste en otra cosa que en liberar las prendas que tiendo para que salgan planeando de un tendedero a otro hasta caer en tu patio. Hoy han sido unos calcetines; ayer, mi camiseta de atletismo, la favorita; el otro día… Ya no recuerdo qué fue el otro día, lo que quiera que tuviera entre manos. Me inclino sobre el alfeizar de la ventana y las cuerdas tiemblan, o eso me parece, y la ropa húmeda solo quiere volar, aterrizar en tu patio.

Bajo los peldaños con un «Buenos días, disculpa si te pillo mal, pero estaba tendiendo y… No quiero que pienses que soy un manazas. Para compensar tanta molestia, me gustaría invitarte a un café». O tejo un breve discurso sobre las plantas tan verdes del patio —lo que alegran la vista desde el tercero, lo que han crecido los helechos y la aspidistra en los últimas semanas, con qué fuerza trepa la enredadera—, con el fin de que entablemos, para conocernos mejor, aunque sea una conversación trivial sobre botánica. Una mujer inteligente como tú, porque eso se aprecia a simple vista, sabrá interpretar las metáforas. Pero no me atrevo después, se me enredan las palabras entre el cerebro y la lengua, y me quedo como un pasmarote. Lo último que quisiera es que me tomaras por un loco que pretende importunarte con el único ánimo de recuperar un calcetín o dos o tres pinzas de plástico.

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Carta de despedida

2º Premio

GERARDO LUIS GUINEA GONZÁLEZ (Madrid)

Madrid, 15 de marzo de 2022

Querida Beatriz,

¿Cómo estás? Ayer tu padre me dio la fatal noticia y te escribo esta carta aunque sé que no la leerás. Pero hay cosas que necesitan escribirse aunque no haya quién las lea.

Cuando me lo dijeron, un escalofrío recorrió toda mi espalda como si una serpiente se deslizara por dentro de mis vértebras. Una luz blanca me cegó. Mis oídos se volvieron sordos y un pitido en su interior hizo estremecer a martillo, yunque y estribo, mientras el tímpano estallaba en mil pedazos. Mis piernas temblaron, mis rodillas se fueron hacia adelante y caí postrado. Mis brazos se desplomaron como batidos por un tiro y mi cuerpo se quebró como la madera de un barco en la tempestad. Tempestad en la que yo estaba envuelto. Mi cuerpo se hundió en el suelo y enterrada bajo este se quedo mi alma, mi ser.

Recuerdo que empezó a llover y mientras el agua convertía la tierra en barro, la lluvia me sumergió en una tristeza de la que todavía no he salido.

Mis ojos no lloraron. El brillo que hasta ahora había permanecido en ellos, se ha apagado y sólo vuelve cuando recuerdo como agitabas la mano a través de la ventana del autobús.

Mis labios temblorosos han aprendido a sustituir la palabra amor por la palabra adiós.

Lo sabía, lo sabía. Me dijeron que no dejara que te marcharas a aquella tierra de peligros. Me dijiste que sólo hay una forma de vivir, la de ayudar a los demás. Pero todo era mentira.

Tú, amada, has muerto. A la no vida te hubiera seguido, pero tú tienes vida. Y dónde tú vas no puedo seguirte porque no conozco el camino. Tú te vas y yo me quedo solo. Cómo una flor en la helada estepa rusa que un día será devorada por cualquier animalillo.

Me quedo atrapado con mil recuerdos, recuerdo en forma de cadenas que se unen a una gran bola de acero que es la vida. Y he sido, atada a ella, lanzado a un pozo sin fondo. Ese pozo ahora es mi mundo.

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Mar adentro

3º Finalista

ELISA SÁNCHEZ CORONADO Quintanar de la Orden (Toledo)

Querido Valentín.

En honor a los tiempos pasados, en los que no puedo hallar ningún recuerdo en el que no estés a mi lado, te escribo esta carta. Es la primera que te escribo en los casi sesenta años que llevamos juntos. Y te escribo ahora mientras duermes plácidamente envuelto en el roce cálido y envolvente del terciopelo de la noche. Ya sabes que el insomnio es un viejo amigo que me acompaña desde hace demasiado tiempo. Es lo que tiene el paso inexorable del tiempo. Llegar a vieja implica aceptar realidades. Ha sido bonito vivir y haber llegado hasta aquí, pero ya sabes que la vejez te quita muchas cosas. Te despoja de todo y de todos. Nos deja a solas con nosotros mismos, sin futuro, sin fuerzas, sin padres, sin apenas amigos, sin visibilidad social, sin salud, sin sueño… A veces y con suerte, solo te deja intactos los recuerdos, pero es que a mí ya ni eso. Sabes que con frecuencia mi cabeza navega mar adentro, en un crucero de ida y vuelta. A veces rema hacia el pasado más lejano y sin embargo se aleja del presente más cercano. En esos viajes sin embarque, cada vez paso más tiempo en mi nuevo mundo y me da miedo que un día, sencillamente, no haya regreso a tierra firme.  Me es fácil acordarme de detalles de mi infancia y sin embargo tú a veces, me regañas con cariño, porque se me olvida cómo he de atarme los zapatos. Te doy gracias infinitas por esa paciencia con la que vistes nuestros días, por esa sonrisa que iluminan las tardes de nuestro salón a la hora en la que me sorprendes con mi merienda favorita. Te doy millones de gracias por las veces que posas tus manos en mí y acaricias con tus dedos la dureza del tiempo en cada arruga de mi frente. Te agradezco enormemente que me cojas de la mano dulcemente, cada vez que confundo el baño con la cocina. O tus sonrisas repletas de ternura cuando no recuerdo el nombre de nuestros nietos. Te agradezco hasta el infinito esa determinación tozuda de seguir a mi lado, y de desoír los consejos de nuestros hijos que te animan a llevarme a una residencia. Sí Valentín, los he oído, con frecuencia ellos piensan que yo no me entero de nada. Sé que esta enfermedad no deja de avanzar sigilosa y a veces me revelo contra este olvido que me atrapa. Y hoy por hoy, lo único que me salva es el consuelo de saber que cuando la enfermedad apriete y me regale algún momento de lucidez, a la primera persona que verán mis ojos será a ti. Porque siempre estás ahí. Conozco bien tu fidelidad, tu lealtad y tu entrega infinitas. Quiero grabar a fuego en mi memoria tu fragancia, el instante preciso en el que nos conocimos y nos enamoramos cuando aún éramos niños ¿recuerdas? Grabar tu mirada, nuestra canción y tu sonrisa. Podría vivir solo de esos recuerdos el resto de mi vida sin añorar nada. Todo lo que hemos vivido quedará para siempre en la esencia del universo. Los buenos ratos compartidos, los brindis y los bailes. Los besos infinitos de nuestra juventud y los abrazos de calma y consuelo de nuestra madurez. Todos nuestros viajes, nuestros sacrificios por seguir adelante, nuestro mundo de dos. Todo quedará intacto en la piel anhelante de nuestros corazones. Y llegará. Llegará el día en el que ya no sea yo la que amanezca, sino otra que poco o nada recuerde, que poco o nada pueda decirte, porque quizá estaré habitando ese lugar a dónde van el sabor de los besos, las lágrimas emocionadas o el calor de los abrazos. Y mientras me quede un hálito de vida, el sentimiento de esta primera y última carta que te escribo, dará sentido a mi latido. Más allá de la vida, de la memoria y de la muerte, te amo y te amaré. Por siempre.

Tu querida María Teresa

Elisa Sánchez Coronado

Quintanar de la Orden (Toledo)

Una muerte azul

4º Finalista

ANTONIO MEJÍAS MELGUIZO (Granada)

      Querido Carlos:

                               La primera vez que te vi supe que te estaba esperando desde siempre con el amanecer temblándome en los labios y las manos manchadas de esperanza mientras buscaba palabras entre las que cobijarte. Perdido en este amor oscuro que me ciega, quería llenarte de pájaros la boca, plantar madreselvas en tu pecho, asomarme cada amanecer a tus ojos y estallar en la flor de tu deseo.

   Por más veces que lo repetía, tú nunca quisiste aceptar que buscaba en tu cuerpo una fiebre de ron sin algodones, un desnudo de nácar y corales, una espalda poblada de encinares, un silencio en el que alojarme y cada noche soñaba con tus muslos sin fronteras, con tus brazos capaces de apartar la lluvia y detener el viento.

   El mundo nos necesitaba a ti y a mí para ser perfecto. Por eso me extraviaba por tus manos dibujadas, me bebía tus ojos a lentos sorbos cuando mi único alimento era devorar la luz dormida entre tus labios. Tallaba en la noche tu cuerpo desnudo, te buscaba partiendo las horas de la madrugada, incendiaba tu oído con palabras de fuego para después dormirme como un niño feliz en tu costado.

   Sólo yo supe perderme por la llanura sin fin de tu pecho, sólo yo supe que en tus ojos germinaban campos de cicuta y negras amapolas; pero me sobraban tus manos para abrigar mis deseos y ahuyentar los carámbanos de luna que la soledad me traía por las noches.

   Nunca me han gustado las medias tintas, me atrae el blanco o el negro, por eso  pasaba en un instante desde la desesperación a la alegría, del desengaño a la ilusión con que sólo tu mirada me acogiera. Sabía que si me olvidabas muchos niños se ahogarían en mis lágrimas mientras yo buscaba una muerte azul donde perderme.

   Entonces apareció él, asesinando jilgueros con su risa, desnudando tus horas con su voz, nublando tu mirada con sus pasos. Y tú te fuiste enredando en su estatura hasta ahogarte por completo en su fingida alegría, mientras yo me hundía por la sombra sin encontrar una palabra o un gesto tuyo a los que asirme, herido por mi amor de doble filo que buscaba una  muerte a la que huir.                               

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Candilejas

5º Finalista

ALFONSO FERNANDO QUERO GONZÁLEZ (Almería)

         Querida mía:

Escribo estas letras para ponerte al tanto de cómo va todo por aquí…, aunque presumo que eres fiel conocedora de los pormenores.

Cada mañana, al alba, me desperezo en el mullido sofá; hace mucho que no concilio el sueño en nuestra cama, que ha quedado sumida en un eterno vacío, condenada al olvido.

Tras un frugal desayuno, me aseo, atuso mi poco pelo y perfilo las patillas. Acto seguido me dirijo hacia el armario. De entre los cientos de camisas que de él penden, opto por ponerme cualquiera de tonos luctuosos, a juego con mi estado de ánimo, desechando aquellas otras tan estrafalarias y de llamativos colores que antaño usaba.

 Termino de arreglarme con el fin de ir a la calle; lo hago deprisa, con tu ausencia siento como el peso del techo de nuestro hogar se cierne sobre mí. Salgo. Cierro la puerta al tiempo que asgo el suave pomo pensando que no es una mera pieza de metal, sino tu delicada mano que viene conmigo, haciéndome compaña.

         Ya en el exterior, con tal de no pensar, inicio mi itinerario de costumbre: camino por el paseo marítimo Antonio Machado; luego, toca ir al frondoso parque con sus exóticas especies; observo sus luengas palmeras e imagino que, como cipreses de camposanto, bien podrían ser unas escaleras cuyos peldaños me llevaran hacia a ti…, sin embargo, me resigno porque sé que aún no es mi hora.

Deambulo entre sus sinuosos y angostos senderos; y de allí, a la plaza de la Marina con intención de enfilar calle Larios… Pero, decido cambiar de opinión y evito la turbamulta que, como suele pasar, en cuanto se percata de mi presencia, no hace sino detenerme. Para ello, me pierdo entre los callejones paralelos y eludo aquella arteria principal. Entro en un dédalo de callejuelas con calzadas adoquinadas que conforman las entrañas de mi ciudad, aquellas que desde que era chiquito han soportado el peso de mis pasos y que ahora, de anciano, padecen el lastre de mi alma hecha jirones.

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Domingo de Ramos

6º Finalista

ANA MARÍA MORENO FERNÁNDEZ (Madrid)

Mi querido Federico,

Hoy volvió a salir el sol a pesar de tu ausencia. Al despertar, un hilo de luz se filtraba a través de las cortinas. Sin abrir los ojos extendí mi mano y te busqué. Tu lado estaba frío. ¡Tu vacío! Cogí tu almohada y me abracé a ella. La di calor. Tendrías que haber sido tú quien me lo diese. Besé el trozo de tela imaginando que serían tus labios. No hubo respuesta. Otra vez el frio…Me aparto y doy la vuelta. Espero por si hubiese sido un mal sueño. No. No hay brazos que vengan en mi busca, que me abracen, que reconforten esta soledad. Y acabo por levantarme. Y acabo descorriendo las cortinas. ¡Que sea el sol quien tibie mi cuerpo! Hoy la cocina sigue vacía, el café será sólo para mí. Me he sentado mirando hacia ti. Hacia esa imagen que llevo en mi pensamiento. Veo tu sonrisa. Veo cómo me miras. Me veo en el reflejo de tus ojos. Ha venido un gorrión a posarse en el alfeizar de la ventana junto a los geranios que me regalaste, esos que ya están a punto de florecer. Recuerdo cuánto te gustaban estos pajarillos dulces y pequeños, su cantar, su pío-pío que nos despertaba los domingos cuando alargábamos en la cama abrazados. Abrazados. En silencio. Porque entre nosotros no hacían falta las palabras, nos lo decíamos todo en ese silencio que nos hablaba. El viento trae el tañido de las campanas de la catedral. No siempre se oyen. Hoy Eolo quiere regalarme su sonido. Tengo que arreglarme. Dicen los cuartos que van a comenzar las ocho de un Domingo de Ramos. Me gusta esa fecha, tanto como te gustaba a ti. Íbamos el día anterior a pasear por el campo, a buscar el romero en flor, a coger ramilletes, a impregnarnos de su aroma. Luego, al llegar a casa, hacíamos una fiesta. Los atábamos con un lazo de raso y metíamos en agua. Jugábamos a coger sus flores, a imaginar un cuadro cuando las secásemos. Con paciencia. Con mucha paciencia. Decías que yo era la maga de la paciencia. ¡La cocina olía tan bien! Toda la casa era pura fragancia. Y cuando el domingo llegaba, nos preparábamos para ir a misa a que lo bendijesen. Colgado boca abajo terminaba en la barandilla del balcón. Nos protegía de las tormentas. A mí me gustaba guardar un poquito en el cajón de la cómoda, donde guardaba tus cartas de amor. Ayer salí a pasear por ese monte bajo donde crece el romero. Ayer no era tu mano a la que me agarraba. Era la nada. No había nadie que me cantase o susurrase al oído o me pasease la mano por la espalda para animar a seguir el camino. Ayer el romero estaba triste porque no eran tus manos quienes le pidiesen permiso para cortar. Ayer los gorriones me preguntaron por qué iba sola. Aquí tengo el ramillete, atado con un lazo. Tengo que arreglarme. Tengo que ir a bendecir mi ramo. Antes voy a abrir de par en par todas las ventanas y que fluya el aire por este hogar, tal vez te encuentre escondido en algún rincón y te haga salir. ¡Qué bonito está el cielo! Ya es primavera. Tengo que arreglarme y enfrentarme a esta realidad. Me he puesto el vestido azul que tanto te gusta y los tacones de charol. Ya he cogido el ramo de romero. Llego temprano al templo, como siempre hacíamos. Me he sentado en el último banco. Podría haber elegido cualquier otro, pero elegí el último. Desde aquí podré observar mejor a la gente. Podré imaginarte a mi lado. No te vi llegar. Estaba demasiado ensimismada en estos pensamientos. En rezar. En suplicar. Llegó la hora de las bendiciones. Y la vuelta a casa. Fue entonces cuando una niña, con un vestido rosa y una palma entre sus manitas, salía corriendo y feliz. Una mujer joven, con un vestido ceñido y la melena suelta, la llamaba, le decía que le diese la mano. Y detrás, detrás un hombre de mediana edad, con traje azul marino y ese caminar…¡Ahí estabas tú! Con ellas. Sin ramo de romero en un Domingo de Ramos. Sin mí. Y yo que te había buscado en el hueco de nuestra cama, en los rincones de nuestra casa, ahora te encontraba. Distante. Frío. Con ellas. Quise llamarte. ¡Quise decirte que te amaba! Me quedé de pie junto al último banco y te miré. Tú ni te fijaste en mí. Y yo sin poder dejar de amarte.

                                      Catalina

Ana María Moreno Fernández

MADRID

Tempestad

7º Finalista

ELENA GÓMEZ MARTÍNEZ Teruel (España)

Mi amada Inés,

La noche es oscura y el viento azota las ventanas. Te escribo bajo la tenue luz de una linterna, hace un rato que los generadores eléctricos han fallado por culpa de la tormenta y han sumido nuestro miedo en la más profunda de las tinieblas. Hace unos minutos he roto a llorar y he decidido paliar el dolor con estas líneas, que serán testimonio de lo que nos ha pasado. Mientras la lluvia arrecia ahí afuera, te intuyo más allá de las sombras de mi escritorio, tumbada en nuestra cama, y me pregunto cómo será la existencia cuando ya no nos tengamos el uno al otro.

¿Te acuerdas cómo nos conocimos? El agua y la oscuridad también fueron los protagonistas del primer encuentro pero, ¡qué sensación tan diferente! Yo paseaba por la playa bajo una luna brillante cuando percibí una silueta sentada en la arena, frente a las olas. Eras tú, Inés, llorando por culpa de un mal paso, aunque eso lo supe después. Me senté cerca de ti para entablar conversación, pero no demasiado y así no intuirme como un peligro. No lo hiciste. Supiste tantear el terreno para medir mi grado de amenaza y, después de un rato, abriste tu alma a este desconocido que ya había empezado a enamorarse de tu voz. Conversamos durante horas, sin movernos del sitio para no romper la magia. Cuando llegó la luz con el amanecer, fuimos conscientes de que esta historia de amor no había hecho más que comenzar. Descubrimos nuestros rostros y tú me regalaste una enigmática sonrisa antes de decirme tu nombre y la dirección de tu hotel, y yo supe que nuestras vidas se habían entrelazado para siempre.

Aquel «siempre» ha durado tan poco… cuarenta años no son suficientes, apenas el parpadeo de una estrella. Y sin embargo, aquí estamos. Yo suplicando a los hados que no te marches y tú… Escucho tu respiración entrecortada y me aferro a la esperanza de no perderte, pero mi anhelo se viste de impotencia al percatarme de que es solo una ilusión. Mi estado febril me da la clarividencia necesaria para verlo.

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Falso tú

8º Finalista

EMILIA GARCÍA CASTRO( Oviedo. Asturias)

Estimado alérgico:

Permíteme que te escriba unas palabras que no leerás nunca, a propósito de ayer, un día para olvidar.

Estaba más aburrida que seta en rosaleda, cuando apareciste y me citaste de lejos para bailar. Me había dejado arrastrar hasta aquel sarao por mi mejor amiga y su esposo, una compañía terrible para una impar como yo. Por suerte, me habían dejado tranquila vegetando en la mesa, después de la cena, sin presentarme candidatos a mi tálamo.

Fue cuando acudí hacia ti, que estabas en el centro de la pista, sin saber yo bailar; sonaba un vals. Me enlazaste por la cintura con una firmeza exquisita, me dijiste al oído: «Los pies, un, dos, tres», y comenzamos a girar. Sin imaginar cómo, yo sabía bailar vals, y rodamos por la pista con la misma suavidad y sentido que una pluma delicada cayendo en un vaivén perfecto.

Dime cómo pudo ser que me enamoré de ti en unos segundos: una mirada fugaz a los ojos y, para mí, ya solo eras tú. No me preguntaste, a la antigua, si estudiaba o trabajaba, ni en qué pueblo vivía, ni cuál era mi película favorita; era como si ya lo supieras. Tampoco yo me interesé por el motivo de encontrarse solo un hombre tan guapo. Ni siquiera compartimos nuestros nombres. Vislumbré en la mesa a mi amiga y me pareció una parienta lejana que casi no reconocía. Seguimos bailando y, en cada giro, averiguaba más de ti a través de las yemas de tus dedos y yo te hablaba, sin saberlo, mediante el roce ligero de mis cabellos.

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Cruce de caminos

9º Finalista

JUAN MANUEL SAINZ PEÑA (Valencia)

Amada Ana:

Vengo caminando entre el alfombrado de los chopos que caen empujados por un otoño que ha desterrado con su viento el reinado del estío. Que ha expulsado sus tardes largas de paseos y chicharras. Es el mío un andar pausado de pensamientos y manos a la espalda, de imágenes enredadas en las ramas que se desnudan y me llevan a tus manos, al mirar de pequeñas estrellas que son tus ojos; a esa cintura de caprichos y deseos que sellan tus besos o el simple hecho de recordarte.

Y en este ventear otoñal que me acompaña, piso entre los charcos de alguna lluvia antigua y veo en ellos tu alma reflejada: seda y bordado en tu piel que a veces me eleva con un beso o simplemente con una palabra o una mirada que lo dice todo sin separar los labios.

Miro, Ana, este reloj de nuestro tiempo, de citas furtivas entre los escondrijos de metal, de las calles  y de la gente que nos mira. Encuentro en sus manillas una hora en punto: aquella que señala nuestros encuentros, un momento, un punto en nuestra historia nueva del amor, que es dios anciano y a veces cansado, que sonríe o nos mira displicente al ver como nuestros labios se posan con el silencio de la luna entre las nubes.

Y por esta vereda de hojas muertas, vivo a cada segundo los rincones aquellos donde cada beso es una vida entera robada a la existencia, y cada abrazo una herida que cae rendida por el fuego nuestro que no cesa. Siento, Ana, al caminar por este monte azaroso de flores y algún espino, que no se hace de noche, que no acaba el sol agotado, dejándome aterido, en tinieblas y amedrentado. Porque sé que en este largo recorrido de palabras y silencios aparecerás como siempre, para guiarme, para darme la mano y decir, aun sin hablar: “sígueme amor”. Y sé que al seguirte no habrá en mis pasos dudas, ni temores. Alzaré la vista sin mirar nunca atrás y veré tu cuerpo recortarse en la tarde o en las luces primeras de la mañana. Abrasará tu pelo como una flor de fuego, habrá celos en el cielo porque en el final de la noche brillarán tus pupilas, filigranas de cristal, lucero y fulgor de tu deidad.

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Por si olvido tu nombre

1er Premio

Vanesa Martínez López

Querido Daniel:

¿Recuerdas el día que quedamos por primera vez? Yo temblaba como un flan. Y no porque fuera una de las tardes más frías de diciembre. Estaba histérica. Incluso llegué a pensar en anular nuestra cita. Lo sé, me hubiera arrepentido, pero en ese momento aún no lo sabía. Hasta intenté odiarte durante unos segundos, «¿por qué me habrá insistido tanto? O peor aún, ¿para que habré aceptado?», pensé. No es que no me gustaras. Para nada, de hecho me encantabas. Pero la verdad es que estaba muerta de miedo; estaba tan nerviosa que temía quedarme sin palabras y que pensaras que era una idiota. O peor aún, que no tuviéramos tema de conversación. No tardé en descubrir que eso hubiera sido imposible, porque tú siempre tienes algo que contar; contigo no existen los silencios incómodos.

      Y entonces pasó. Estuvimos hablando durante horas en nuestro centro comercial. Y de repente todas mis dudas desaparecieron, como si nunca hubieran estado ahí. Todavía puedo recordar las palabras exactas que salieron de mi boca: «Bésame ya por dios». A mí se me paralizó el cuerpo entero y tú incluso dejaste de hablar. ¡Tú dejaste de hablar! Fui impulsiva por primera vez en mi vida. Supongo que las ganas que tenía de besarte superaron cualquier miedo. No pasaron demasiados segundos cuando ya tenía tus labios sobre los míos. Fue una sensación indescriptible. Había oído muchas veces hablar sobre las famosas mariposas en el estómago, pero yo debía tener toda una fauna ahí dentro. Justo en ese momento comprendí que sí existe el amor a primera vista y que me gustabas más de lo que creía .

      Jamás hubiera imaginado un principio tan bonito. Ni siquiera podría haberlo inventado mejor. Luego llegaron las cartas de amor; recuerdo como las metíamos entre tontas sonrisas en la taquilla del instituto. ¿Y recuerdas las promesas? Nos íbamos a querer toda la vida. Y lo cumplimos mi amor. Porque llevamos tantos años amándonos con tanta intensidad que, aunque algo nos separase, este sentimiento ya no podría dejar de existir.

        Tengo tantos recuerdos bonitos a tu lado, que ni siquiera tienen cabida los que no lo son. Que me hagas reír hasta cuando no quiero hacerlo. Que bailemos en mitad del salón, con nuestros perros mirándonos como si estuviéramos locos. Que solo haga falta una mirada para saber qué es lo que queremos. Que te guste la pizza tanto como a mí. Dormir en tu pecho mientras acaricias mi pelo. Despertar con el sonido de tu respiración. Que los dos queramos dar la vuelta al mundo, aunque te rías de mí cuando me hablan en inglés y yo les sonrío como si les entendiera. Que hayamos aprendido juntos todo lo que conlleva la palabra amor y que el amor adolescente, a veces, sí que es para siempre.

Cada año al soplar las velas deseo estar junto a ti toda la vida. Pero el futuro es incierto. Lo único que sé con certeza es que nunca te voy a dejar de amar. Y si llegamos juntos a viejos, tal vez olvidemos quienes fuimos. Y por si eso pudiera suceder, si alguna vez no recordara cuán feliz he sido, léeme una y otra vez esta carta. Porque nada me dolería más que olvidarlo. Que olvidarte a ti mi amor.

Mi querido Daniel, por si algún día no recuerdo tu nombre

Tu querida Vanessa.

Vanesa Martínez López

 Almàssera- Valencia

El sueño del baobab

2º Premio

María Posadillo Marín

Mi amor: 

Tú no lo sabes, pero ya es otoño ahí fuera. Tu estación favorita. Aunque hace tiempo que dejé de mirar los meses en el calendario, algo ha hecho que mis pasos se detuvieran en mi paseo diario hasta aquí. Ha sido el sonido de las hojas ocres bajo los pies lo que me ha sacado de mis pensamientos. Solo entonces he sido consciente de que el viento ha cambiado, ahora hay menos claridad en el paisaje y hace más frío. Mucho más frío. Es curioso cómo una minúscula señal en mi cerebro ha desplegado sus hilos por todo mi cuerpo para provocar un incendio en pleno corazón. Bien podría haber ardido toda la hojarasca en ese instante, que el mundo me hubiera encontrado esta mañana convertido en cenizas. 

Teníamos planes para estas fechas. ¿Lo recuerdas? Una escapada hacia el sur para conocer esos árboles que tanto te gustan. Siempre dices que los baobabs son como los avestruces del mundo vegetal, que parecen esconderse bajo tierra para hacerse invisibles y no ver el peligro. Así es mi vida ahora, Elena; como una premonición que ha puesto mi universo del revés, y tu luz, esa con la que solías iluminar cada rincón de nuestra casa, ha desaparecido. 

Esto no entraba en nuestros proyectos, ¿verdad? Ninguno pensó jamás que este viaje lo emprenderías sin mí, sin tu risa contagiosa, sin nuestros sueños. Aquel maldito cruce decidió que ya no habría más camino que recorrer, y me dejó tu cuerpo inerte y un destino del que ahora no sé hacerte regresar. Observo esta cama que te anudó las alas y me pregunto si, cuando despiertes, recordarás cómo era volar. Porque despertarás, y me encontrarás aquí para darte impulso. No me canso de decírtelo al oído, de gritártelo en mis besos, de escribírtelo con mi dedo en la palma de tu mano. Te amo. 

He tenido que perder tu aliento en mis labios para darme cuenta de dónde provenía el aire que llenaba mis pulmones. Una burbuja de oxígeno se quedó prendida en tu almohada y, al despertar, me trajo el aroma de tu piel bajo las sábanas. Otra explotó sobre el sofá donde cada tarde se arremolinaban nuestras palabras, y me devolvió cada conversación. Tu voz. Nunca te hablé del hambre de caricias que me provocan tus susurros. 

La más frágil la traigo guardada en el bolsillo. La encontré flotando en un cajón mientras buscaba el consuelo de tus cosas. Esta la haré estallar en el momento en que coja tu mano para decirte que nuestra pequeña ha dicho su primera palabra. 

Prométeme regresar, mi amor, antes de que en mi desesperación consuma mi última bocanada.

Eternamente tuyo.

Miguel

María Posadillo Marín

Alhaurín de la Torre. Málaga.

Jurado 2012

VII Certamen Literario «LOS NOVIOS DEL MOJON» 2012

Jurado:
Dña. Mª Carmen Sánchez Pérez (Profesora de Lengua Castellana y Literatura).
Dña. Delia I. Betancort García (Profesora de Lengua Castellana y Literatura).
D. Ismael Lozano Latorre (Licenciado en Administración y Dirección de empresa. Autor del libro La Sirena de Famara).
Secretario: Francisco Hernández Delgado (Asesor Cultural del Ayuntamiento de Teguise, Cronista Oficial de La Villa de Teguise)