Penas de reja y esquina

SUSANA CIDÓN GARCÍA  (Gijón)

 Trujillo, 2 de mayo.

¡Vuelve,   tormento   mío!

La ausencia de la montura inquieta alerta a las esquinas de tu huida y de mi desvarío. Hoy se cumplen cinco noches de muerte en mis carnes desde que te alejaste cabalgando lento sobre el  empedrado  que  tantas  veces me habló con la voz de tus pasos  cantores.  Te alejaste y te envolvieron las sombras, y mientras yo perseguía, enamorada, el postrero  sonido de los cascos fundiéndose con el sereno silencio nocturno, tú te ibas traicionando mi cariño sincero sin pareces que me huías. «Dame un beso más», me imploraste con dulzura al desenlazar la rienda negra de la argolla,  y  tus  labios  de  mentirosa  ambrosía se despidieron sonriendo de mi boca sin delatarme siquiera el destino que ya me tenías previsto. Huyendo, doliente  amor,  sin parecer  que  te  ibas.

Cuentan, que de eso platica la brisa de mayo en las murmuradoras aceras, que andas gozando contento del fulgor de otra ventana  en los confines del pueblo;  pero yo aún aguardo, con la esperanza mediada, el relincho grave de tu caballo enfilando el callejón de las Ánimas caminito de mi casa. Asida a la madrugada sueño el trote del animal acercándose quedamente a la luz de la celosía; los puños blancos, desangrados de tanto apretar con desespero los hierros hasta  los primeros  albores  crepusculares.

Por  no  tolerar  la  compasión  de  los  que  no  padecen esta vergüenza, hago de mi cuarto celda durante el día y cruz a las rejas solitarias cuando llega la oscuridad. Me encierro en la penumbra  a  solas  con  el  dolor,  culpo  a las paredes de tu falta; acuchillo  el espejo con mi rostro demacrado; ruego, me doblo sobre mí misma, sollozo, clamo a Dios por tu cariño y solicito  del  Cielo,  impotente,  la  justicia  que  tú  le  niegas  al  corazón  sometido.

¡Vuelve,  por  nuestro  Señor  te  lo  pido!

Resucítame con tus besos de  grama  de  esta  mortaja que me vela yerta en  vida  desde  que  partiste,  y  acalla con la  presencia  los  rumores  que  me  sajan  a  puñaladas el ama refiriendo a los cuatrocientos tu traición y mi desengaño.

Regresa  y  diles  «Aquí  estoy,  no  me  fui  por  voluntad; asuntos cabales me reclamaron urgente en otra parle». O mejor, calla, vuelve y no digas nada  en tu  defensa,  que yo te perdono sin que humilles  la  frente  ante  mí ni  ante  nadie, sin esperar una lágrima tuya de arrepentimiento,  sin exigir que tu  orgullo  de hombre  se postre  de bruces  frente al honor de mis pies. Sólo ven. Acude a mis  brazos y enciéndeme en vientre  con  fuego  de amante¡  y  llénalo  pronto de hijos  nuestros,  y  de deseo,  y  de pasión  satisfecha.

¡Vuelve,  cariño mío!  Grita  que no  he  de rendirme.

Envía  enseguida  promesas   que   espanten   los   cuervos de cada amanecer siniestro. ¡Habla!, ¡habla por  Cristo! Rescata mi piel de esta tierra de viudas en la que  me sepulta  hondo   tu   olvido.

Anoche  despedacé  con  las  manos  las  macetas  del  balcón; así que lloro al mundo mi suerte: arrancando de los tallos en flor el júbilo de la vida. No quiero colores cerca, ni piar de pájaros, ni fragancias, ni canciones de geranio brotando de entre barrotes; la dicha vive en tu nombre y no han de salir de esta casa más que cenizas y luto  en  tanto  que  no  estés  conmigo.

Amárrame  a  tus  entrañas.   ¡Vuelve  a  mí,  pecado  mío!

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