Pregón de La Graciosa 1981

Pregón de las Fiestas del Carmen
La Graciosa 1981

 Por:  MANUEL FERRET SOT

Agradezco profundamente al ilustre canariólogo, mi buen amigo don Vicente Sánchez Araña, sus elogiosas frases a mi modesta persona. En realidad ha utilizado un grueso cristal de aumento, exagerando supuestas virtudes.

Pero hay algo en lo que se ha quedado corto. Y ese algo es mi amor profundo y sincero por estas tierras y por sus gentes, y la realidad manifiesta de que, al cabo de seis años conviviendo con ustedes, con los canarios, me considero un canario más, cuyo corazón siente y palpita como tal, y que se esfuerza en dar a Canarias lo mejor de su ser, dándose a si mismo, día a día, con su trabajo penoso y delicado.

Agradecimiento también porque ha sido un estudio científico y detallado, una investigación documentada y docta de Vicente Sánchez Araña, el que me ha permitido construir este modesto Pregón de las fiestas de Nuestra Señora del Carmen en la Isla Graciosa.

Conste también mi gratitud a la Asociación de Vecinos «García Escámez», que me ha deparado el honor de ser pregonero mayor de sus fiestas patronales.

En mi primera visite a esa otra isla maravillosa y única, Lanzarote, en la que el negro y el rojo se combinan por doquier, sueño y pesadilla, desolación y belleza, donde el genio singular de César Manrique se hace notar en cada rincón, tuve mi primer encuentro con la lsla Graciosa.

La vi de lejos, desde el Mirador del Río. Era como una blanca paloma posada en el más bello mar que mis ojos contemplaran.

Estaba tan cerca que no me resignaba a regresar sin hundir mis pies en la fina arena que adivinaba, sin sentir caricia de su mar azul, suave, sereno…

No pudo ser en esta ocasión y volví con la promesa, hecha a mi mismo, de hacerlo cuanto antes.

Llegó la ocasión. Penoso camino hacia Órzola, mar encrespado. Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este, Roque del Oeste y… un paraíso casi desértico.

Bella, suave, abrupta, rubia y azul, con esta pincelada morena de sus acantilados y montañas; recia e indomable a toda acción del tiempo y de los hombres. Así describe felizmente a Graciosa Vicente Sánchez Araña.

Fue una mañana del mes de julio de 1402 cuando aquella isla pequeña, canaria y Graciosa, recibiera en su suelo de rubia arena la huella de los pies de aquellos soldados normandos.

Desde allí divisarían Bethencourt y los suyos la hermosa silueta de Lanzarote, separado de ella por un estrecho brazo de mar que a la imaginación de aquellos europeos se antojaría río caudaloso, como los de su país, bautizándole con el nombre de «El Río».

Fuerteventura quedaría también bajo la vista de aquellos navegantes que, prendados del lugar que les deparaba contemplar tanta belleza, quisieron sin duda piropearla dándole el bonito nombre de «Isla Graciosa».

Graciosa fue el puerto natural y seguro elegido por los conquistadores, por estar despoblado, para iniciar desde allí el salto a Lanzarote y Fuerteventura.

Juan de Bethencourt y Gadifer de Lasalle no dudaron en fondear en sus pacíficas calas pare dar descanso a sus gentes y preparar el desembarco.

A partir de 1492, fecha del descubrimiento de América, se convirtió en nido de piratas y aventureros, y sus pacíficas radas, así como la seguridad que les proporcionaba el Río, la convirtió en lugar ideal para atacar impunemente a los galeones que, procedentes de América, se dirigían a España con cargamento de oro, especias y otras valiosas mercancías, apoderándose de ellas y asesinando a sus tripulaciones.

Pero demos un salto en el tiempo para no alargar este pregón y convertirlo en una disertación histórica, que reservamos para los estudiosos del tema.

El hombre de La Graciosa es el hombre del mar. No podemos hablar de él sin referirnos al hombre de Lanzarote, pues sus primeros pobladores son netamente lanzaroteños. En definitiva, aunque ambas islas están separadas por el Río. Graciosa es continuidad geográfica de Lanzarote.

Al igual que los de las demás islas, han constituido y constituyen actualmente un plantel de marinos de excelentes conocimientos en el arte de navegar, en el de construcción de sus naves y en el de la pesca, lo que les ha proporcionado una bien ganada fama que ha trascendido fronteras nacionales e internacionales.

Silva Ferro, en el año 1829, nos decía de estos excelentes marineros: «Tengo formada la más favorable opinión de los isleños canarios. Son robustos trabajadores, incansables, subordinados, inteligentes, sobrios, económicos, callados y muy unidos entre sí. Después de diez horas de trabajo fuerte durante el día, he visto a muchos de ellos trabajar a destajo durante la noche cuatro horas más, en desmontes y faenas semejantes, sin acusar cansancio al día siguiente»

Sus barcos, de lo más ligero y elegante, consisten en goletas finas de popa y proa, con mucha manga a fin de poder aguantar la fuerte brisa. Tienen un pequeño velacho, pero carecen de gavia y vela de estay. Son ligerísimos, con gran poder de maniobra y pueden cubrir las 400 millas que separan e Gran Canaria de Cabo Blanco en doce singladuras

Las embarcaciones de pesca de los canarios nos sigue diciendo el ilustre navegante, carecen de lo más necesario, pues el hombre de mar confía más en sus conocimientos e intuición que en los instrumentos de navegar. En la ruta se consulta muy pocas veces la brújula y la mayor parte del tiempo este indispensable instrumento permanece en el baúl el Patrón.

El timonel se guía por las estrellas y, cuando llega el momento, la tripulación está siempre dispuesta y sabe encontrar recursos en las situaciones más difíciles.

Tienen estos hombres de mar un instinto providencial que los guía y les hace adivinar los cambios de la navegación. La íntima seguridad que tienen en sí mismos, produce en ellos ese abandono que los caracteriza.

El navegante escritor dejó reflejado en su diario las siguientes anécdotas:

Un día, pasando la Punta Tenete (nosotros entendemos Tenfé, al Sur de Gran Canaria), el patrón del barco, explicando la situación, decía: «la torre de Gando está allí delante de nosotros, pero no podía verse porque un nubarrón negrísimo nos envolvía. No me explico cómo calculó la distancie, pues dijo seguidamente: Si se mantiene esta brisa, a las seis de la mañana fondearemos en el Puerto de La Luz. Efectivamente, a aquella hora llegamos al punto de destino.

Sigue relatando que otro día, saliendo de Fuerteventura para ir a Gran Canaria «corríamos a «palo seco» sobre un mar tempestuoso y viento duro del Norte, que nos había cogido al doblar la punta de Handía (hoy Jandía). La brújula se hallaba en el lugar de costumbre, «en el rincón de la cámara», y no fue consultada más que une sola vez después de un golpe de mar que casi nos lleva a todos. Un marinero dejó la cubierta por un momento para hacer una observación, a la luz de un cigarro, y confirmó que iban a rumbo. «Vamos bien», exclamó, y este anuncio fue suficiente para que el patrón permaneciera confiado hasta que amaneció.

Pues bien, el hombre actual de la Isla Graciosa sigue siendo igual. Herederos, descendientes de los descritos por Silva Ferro, marinos rudos, gente buena, acogedora, fiel… Ahí está la saga de los Toledo presidida por el universal Jorge, Patriarca, Virrey y Gobernador de la Insular, respetado y respetable.

En estas fiestas de su Patrona, la Virgen del Carmen, Virgen marinera por excelencia yo quisiera llevar un mensaje de esperanza para todos ellos y para sus familias.

Muchos proyectos, la mayor parte no iniciados y otros hundidos en el fracaso, han determinado hasta ahora un estancamiento de su modestísima economía.

No podemos entrar en su examen por falta de tiempo.

En una de sus visitas a la Isla, el entonces Capitán General y Jefe del Mando Económico del Archipiélago, ilustre militar don Francisco García Escámez, dispuso con urgencia la construcción del muelle, la dotación de escuelas en los poblados de Pedro Barba y Caleta del Sebo (capital de la Isla), y las «aguadas» de una a otra localidad, con sus respectivas construcciones y tomaderos.

La iglesia que también se debe a la gestión del general García Escámez, fue terminada en el año 1945.

Mi mensaje de esperanza alcanza el deseo de un mejor futuro. Una promoción de la Isla Graciosa que, respetando en todo caso su paisaje paradisíaco, contribuya a mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, a facilitar sus accesos y, en definitiva, a pulir con mano maestra ese diamante en bruto, de múltiples reflejos y coloridos que es nuestra «Graciosas».

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