Una muerte azul

4º Finalista

ANTONIO MEJÍAS MELGUIZO (Granada)

      Querido Carlos:

                               La primera vez que te vi supe que te estaba esperando desde siempre con el amanecer temblándome en los labios y las manos manchadas de esperanza mientras buscaba palabras entre las que cobijarte. Perdido en este amor oscuro que me ciega, quería llenarte de pájaros la boca, plantar madreselvas en tu pecho, asomarme cada amanecer a tus ojos y estallar en la flor de tu deseo.

   Por más veces que lo repetía, tú nunca quisiste aceptar que buscaba en tu cuerpo una fiebre de ron sin algodones, un desnudo de nácar y corales, una espalda poblada de encinares, un silencio en el que alojarme y cada noche soñaba con tus muslos sin fronteras, con tus brazos capaces de apartar la lluvia y detener el viento.

   El mundo nos necesitaba a ti y a mí para ser perfecto. Por eso me extraviaba por tus manos dibujadas, me bebía tus ojos a lentos sorbos cuando mi único alimento era devorar la luz dormida entre tus labios. Tallaba en la noche tu cuerpo desnudo, te buscaba partiendo las horas de la madrugada, incendiaba tu oído con palabras de fuego para después dormirme como un niño feliz en tu costado.

   Sólo yo supe perderme por la llanura sin fin de tu pecho, sólo yo supe que en tus ojos germinaban campos de cicuta y negras amapolas; pero me sobraban tus manos para abrigar mis deseos y ahuyentar los carámbanos de luna que la soledad me traía por las noches.

   Nunca me han gustado las medias tintas, me atrae el blanco o el negro, por eso  pasaba en un instante desde la desesperación a la alegría, del desengaño a la ilusión con que sólo tu mirada me acogiera. Sabía que si me olvidabas muchos niños se ahogarían en mis lágrimas mientras yo buscaba una muerte azul donde perderme.

   Entonces apareció él, asesinando jilgueros con su risa, desnudando tus horas con su voz, nublando tu mirada con sus pasos. Y tú te fuiste enredando en su estatura hasta ahogarte por completo en su fingida alegría, mientras yo me hundía por la sombra sin encontrar una palabra o un gesto tuyo a los que asirme, herido por mi amor de doble filo que buscaba una  muerte a la que huir.                               

   Al fin comprendí que ya no te importaba amanecer con la boca llena de flores secas, con sabor a  derrota y a humedad. Por eso decidí partir en dos mitades la mañana; a un lado el mundo con bosques y cigüeñas, al otro tú y yo buscando nuestra forma, muriéndome a trozos cada noche sin que nadie pudiera restaurarme. Para ti yo no era más que un eco cansado que venía desde lejos, a pesar de que cada día me arrancaba el corazón por si decidías aceptarlo mientras intentaba quebrarle los pies a la razón.

   Vislumbré un atisbo de  esperanza cuando me invitaste a tu fiesta de cumpleaños.   Durante toda la semana cambié mil veces de ropa y de peinado para agradarte, imaginé la forma de abordarte, las palabras que podían conciliarnos, aprendí a olvidar el dolor y el desengaño; pero todo terminó cuando él llegó, se iluminó tu sonrisa al recibirlo y  revoloteabas feliz a su alrededor como una mariposa ciega por su luz.

   Ese día descubrí que me estaba muriendo a sorbos lentos. Para mí no vale decir lo siento, nunca quise hacerte daño, quiero que seamos amigos. Un amor como el mío nunca admite sucedáneos. Quiero ser para siempre tuyo. No me queda tiempo ni espacio para la huida ni quiero otra patria que no sean tus brazos.  

   Cuando el dolor rompe todas las fronteras, cuando el desengaño nos quiebra en los labios las palabras, sólo es real el silencio, porque el perdón no es más que un niño de arena al que lentamente desmorona la lluvia. He perdido todas las razones y todas las excusas. Ahora mi amor mutilado me empuja hacia la sombra, hacia un tiempo sin rostro ni contornos que ha olvidado nuestros nombres y mi corazón es tan sólo un alacrán herido al que van devorando lentamente las hormigas. 

   Yo me refugiaré en mi llanto de niño para dar el paso definitivo. La vida es solo un atajo que va a dar al vacío ¿y la muerte?

   Los que nunca han amado de verdad pensarán que estoy loco. ¿Hay mayor locura que el amor? ¿Mayor sin razón que la pasión? ¿Mayor desgracia que perderte? 

   Esta noche, cuando venga la luna a arroparme, me encontrará repitiendo tu nombre mientras me tiembla en la boca el sabor del último deseo.    

   Para siempre tuyo, Jorge

                         Seudónimo: Alcaraván

Antonio Mejías Melguizo

Granada

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