Tempestad

7º Finalista

ELENA GÓMEZ MARTÍNEZ Teruel (España)

Mi amada Inés,

La noche es oscura y el viento azota las ventanas. Te escribo bajo la tenue luz de una linterna, hace un rato que los generadores eléctricos han fallado por culpa de la tormenta y han sumido nuestro miedo en la más profunda de las tinieblas. Hace unos minutos he roto a llorar y he decidido paliar el dolor con estas líneas, que serán testimonio de lo que nos ha pasado. Mientras la lluvia arrecia ahí afuera, te intuyo más allá de las sombras de mi escritorio, tumbada en nuestra cama, y me pregunto cómo será la existencia cuando ya no nos tengamos el uno al otro.

¿Te acuerdas cómo nos conocimos? El agua y la oscuridad también fueron los protagonistas del primer encuentro pero, ¡qué sensación tan diferente! Yo paseaba por la playa bajo una luna brillante cuando percibí una silueta sentada en la arena, frente a las olas. Eras tú, Inés, llorando por culpa de un mal paso, aunque eso lo supe después. Me senté cerca de ti para entablar conversación, pero no demasiado y así no intuirme como un peligro. No lo hiciste. Supiste tantear el terreno para medir mi grado de amenaza y, después de un rato, abriste tu alma a este desconocido que ya había empezado a enamorarse de tu voz. Conversamos durante horas, sin movernos del sitio para no romper la magia. Cuando llegó la luz con el amanecer, fuimos conscientes de que esta historia de amor no había hecho más que comenzar. Descubrimos nuestros rostros y tú me regalaste una enigmática sonrisa antes de decirme tu nombre y la dirección de tu hotel, y yo supe que nuestras vidas se habían entrelazado para siempre.

Aquel «siempre» ha durado tan poco… cuarenta años no son suficientes, apenas el parpadeo de una estrella. Y sin embargo, aquí estamos. Yo suplicando a los hados que no te marches y tú… Escucho tu respiración entrecortada y me aferro a la esperanza de no perderte, pero mi anhelo se viste de impotencia al percatarme de que es solo una ilusión. Mi estado febril me da la clarividencia necesaria para verlo.

Las pilas de la linterna se están acabando y no vislumbro ninguna señal de vida sobre el horizonte. ¿Por qué tuvimos que elegir este viaje justo ahora? Después de una eternidad juntos, una vez que nuestros hijos volaron buscando su propio camino, nos compramos este maldito barco para volver a ese mar que antaño nos unió, viajar por todo el mundo y recuperar la pasión desgastada por los años. Así fue como zarpamos en busca de aventura en enero de 2020. Pronto empezaron a llegar noticias terribles desde tierra firme y nos sentimos afortunados de permanecer lejos de la desgracia. Aquí sería muy difícil que llegara el virus, la humanidad podría controlarlo antes de que necesitáramos víveres y combustible.

Mi frente está ardiendo y me cuesta respirar. Cuando empezaste a sentirte mal después de recalar en aquel pequeño pueblo pesquero, te prometí, mi querida Inés, que volveríamos pronto a tierra para que te atendieran. Me descuidé, lo sé. Deberíamos haber regresado, en lugar de adentrarnos en alta mar. Ahora, la tempestad ha destrozado los equipos de comunicación y navegación, vagamos a la deriva y tú yaces inconsciente desde hace horas. ¿Nos rescataran con vida? Tal vez sea mejor que nos encuentre la parca antes que nadie. ¿Leerá alguien esta carta? El destino es caprichoso y quizá seas tú quien sobreviva para ser su legítima dueña. Por eso quiero decirte por última vez que te amo, que lo seguiré haciendo allá donde vaya mi alma.

Me despido ya, amor mío, con esos versos de Javier Velaza que tanto te gustan: «Si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida». Siempre tuyo,

Ismael.

Elena Gómez Martínez

Teruel (España)

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