Falso tú

8º Finalista

EMILIA GARCÍA CASTRO( Oviedo. Asturias)

Estimado alérgico:

Permíteme que te escriba unas palabras que no leerás nunca, a propósito de ayer, un día para olvidar.

Estaba más aburrida que seta en rosaleda, cuando apareciste y me citaste de lejos para bailar. Me había dejado arrastrar hasta aquel sarao por mi mejor amiga y su esposo, una compañía terrible para una impar como yo. Por suerte, me habían dejado tranquila vegetando en la mesa, después de la cena, sin presentarme candidatos a mi tálamo.

Fue cuando acudí hacia ti, que estabas en el centro de la pista, sin saber yo bailar; sonaba un vals. Me enlazaste por la cintura con una firmeza exquisita, me dijiste al oído: «Los pies, un, dos, tres», y comenzamos a girar. Sin imaginar cómo, yo sabía bailar vals, y rodamos por la pista con la misma suavidad y sentido que una pluma delicada cayendo en un vaivén perfecto.

Dime cómo pudo ser que me enamoré de ti en unos segundos: una mirada fugaz a los ojos y, para mí, ya solo eras tú. No me preguntaste, a la antigua, si estudiaba o trabajaba, ni en qué pueblo vivía, ni cuál era mi película favorita; era como si ya lo supieras. Tampoco yo me interesé por el motivo de encontrarse solo un hombre tan guapo. Ni siquiera compartimos nuestros nombres. Vislumbré en la mesa a mi amiga y me pareció una parienta lejana que casi no reconocía. Seguimos bailando y, en cada giro, averiguaba más de ti a través de las yemas de tus dedos y yo te hablaba, sin saberlo, mediante el roce ligero de mis cabellos.

Te llevé de la mano a mi mesa, escurriéndome entre gente que ya no veía, sin escuchar que sonaba un bolero lleno de premoniciones. Probé unos bocados de comida, que aún resistía sobre el mantel, y advertí el sabor de la tarta de queso como nunca en la vida, igual que si fuera la primera vez que la probaba. Después cogí entre los dientes una frambuesa que estaba sobre la tarta y, dirás que fui descarada, pero en un beso la deposité dentro de tu boca. Porque eras tú, el eterno, el que llevaba esperando siglos y te estabas dando cuenta. Solo que hay eternidades que duran apenas unas horas.

A la tarde siguiente llovía a cántaros y, desde mi ventana, yo miraba a la gente ajetrearse con una vida que me era dolorosa y ajena. Porque acababa de llamar al número que me habías dado y me respondió tu esposa, que dijo que estabas en el hospital con un ataque de alergia a la frambuesa. No atendí más llamadas, por si era mi amiga para acusarme de ingenua otra vez con un «ya te lo decía yo». Tenía que haber puesto atención al bolero que auguraba: «Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú».

No fui yo la equivocada por ofrecer la joya de mi corazón en flor. Esos pétalos renacen incorruptibles, cada nuevo día, hasta que llegues tú, el verdadero.

Se despide la incansable,

Impar

Emilia García Castro

Oviedo. Asturias

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