Domingo de Ramos

6º Finalista

ANA MARÍA MORENO FERNÁNDEZ (Madrid)

Mi querido Federico,

Hoy volvió a salir el sol a pesar de tu ausencia. Al despertar, un hilo de luz se filtraba a través de las cortinas. Sin abrir los ojos extendí mi mano y te busqué. Tu lado estaba frío. ¡Tu vacío! Cogí tu almohada y me abracé a ella. La di calor. Tendrías que haber sido tú quien me lo diese. Besé el trozo de tela imaginando que serían tus labios. No hubo respuesta. Otra vez el frio…Me aparto y doy la vuelta. Espero por si hubiese sido un mal sueño. No. No hay brazos que vengan en mi busca, que me abracen, que reconforten esta soledad. Y acabo por levantarme. Y acabo descorriendo las cortinas. ¡Que sea el sol quien tibie mi cuerpo! Hoy la cocina sigue vacía, el café será sólo para mí. Me he sentado mirando hacia ti. Hacia esa imagen que llevo en mi pensamiento. Veo tu sonrisa. Veo cómo me miras. Me veo en el reflejo de tus ojos. Ha venido un gorrión a posarse en el alfeizar de la ventana junto a los geranios que me regalaste, esos que ya están a punto de florecer. Recuerdo cuánto te gustaban estos pajarillos dulces y pequeños, su cantar, su pío-pío que nos despertaba los domingos cuando alargábamos en la cama abrazados. Abrazados. En silencio. Porque entre nosotros no hacían falta las palabras, nos lo decíamos todo en ese silencio que nos hablaba. El viento trae el tañido de las campanas de la catedral. No siempre se oyen. Hoy Eolo quiere regalarme su sonido. Tengo que arreglarme. Dicen los cuartos que van a comenzar las ocho de un Domingo de Ramos. Me gusta esa fecha, tanto como te gustaba a ti. Íbamos el día anterior a pasear por el campo, a buscar el romero en flor, a coger ramilletes, a impregnarnos de su aroma. Luego, al llegar a casa, hacíamos una fiesta. Los atábamos con un lazo de raso y metíamos en agua. Jugábamos a coger sus flores, a imaginar un cuadro cuando las secásemos. Con paciencia. Con mucha paciencia. Decías que yo era la maga de la paciencia. ¡La cocina olía tan bien! Toda la casa era pura fragancia. Y cuando el domingo llegaba, nos preparábamos para ir a misa a que lo bendijesen. Colgado boca abajo terminaba en la barandilla del balcón. Nos protegía de las tormentas. A mí me gustaba guardar un poquito en el cajón de la cómoda, donde guardaba tus cartas de amor. Ayer salí a pasear por ese monte bajo donde crece el romero. Ayer no era tu mano a la que me agarraba. Era la nada. No había nadie que me cantase o susurrase al oído o me pasease la mano por la espalda para animar a seguir el camino. Ayer el romero estaba triste porque no eran tus manos quienes le pidiesen permiso para cortar. Ayer los gorriones me preguntaron por qué iba sola. Aquí tengo el ramillete, atado con un lazo. Tengo que arreglarme. Tengo que ir a bendecir mi ramo. Antes voy a abrir de par en par todas las ventanas y que fluya el aire por este hogar, tal vez te encuentre escondido en algún rincón y te haga salir. ¡Qué bonito está el cielo! Ya es primavera. Tengo que arreglarme y enfrentarme a esta realidad. Me he puesto el vestido azul que tanto te gusta y los tacones de charol. Ya he cogido el ramo de romero. Llego temprano al templo, como siempre hacíamos. Me he sentado en el último banco. Podría haber elegido cualquier otro, pero elegí el último. Desde aquí podré observar mejor a la gente. Podré imaginarte a mi lado. No te vi llegar. Estaba demasiado ensimismada en estos pensamientos. En rezar. En suplicar. Llegó la hora de las bendiciones. Y la vuelta a casa. Fue entonces cuando una niña, con un vestido rosa y una palma entre sus manitas, salía corriendo y feliz. Una mujer joven, con un vestido ceñido y la melena suelta, la llamaba, le decía que le diese la mano. Y detrás, detrás un hombre de mediana edad, con traje azul marino y ese caminar…¡Ahí estabas tú! Con ellas. Sin ramo de romero en un Domingo de Ramos. Sin mí. Y yo que te había buscado en el hueco de nuestra cama, en los rincones de nuestra casa, ahora te encontraba. Distante. Frío. Con ellas. Quise llamarte. ¡Quise decirte que te amaba! Me quedé de pie junto al último banco y te miré. Tú ni te fijaste en mí. Y yo sin poder dejar de amarte.

                                      Catalina

Ana María Moreno Fernández

MADRID

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