Carta de despedida

2º Premio

GERARDO LUIS GUINEA GONZÁLEZ (Madrid)

Madrid, 15 de marzo de 2022

Querida Beatriz,

¿Cómo estás? Ayer tu padre me dio la fatal noticia y te escribo esta carta aunque sé que no la leerás. Pero hay cosas que necesitan escribirse aunque no haya quién las lea.

Cuando me lo dijeron, un escalofrío recorrió toda mi espalda como si una serpiente se deslizara por dentro de mis vértebras. Una luz blanca me cegó. Mis oídos se volvieron sordos y un pitido en su interior hizo estremecer a martillo, yunque y estribo, mientras el tímpano estallaba en mil pedazos. Mis piernas temblaron, mis rodillas se fueron hacia adelante y caí postrado. Mis brazos se desplomaron como batidos por un tiro y mi cuerpo se quebró como la madera de un barco en la tempestad. Tempestad en la que yo estaba envuelto. Mi cuerpo se hundió en el suelo y enterrada bajo este se quedo mi alma, mi ser.

Recuerdo que empezó a llover y mientras el agua convertía la tierra en barro, la lluvia me sumergió en una tristeza de la que todavía no he salido.

Mis ojos no lloraron. El brillo que hasta ahora había permanecido en ellos, se ha apagado y sólo vuelve cuando recuerdo como agitabas la mano a través de la ventana del autobús.

Mis labios temblorosos han aprendido a sustituir la palabra amor por la palabra adiós.

Lo sabía, lo sabía. Me dijeron que no dejara que te marcharas a aquella tierra de peligros. Me dijiste que sólo hay una forma de vivir, la de ayudar a los demás. Pero todo era mentira.

Tú, amada, has muerto. A la no vida te hubiera seguido, pero tú tienes vida. Y dónde tú vas no puedo seguirte porque no conozco el camino. Tú te vas y yo me quedo solo. Cómo una flor en la helada estepa rusa que un día será devorada por cualquier animalillo.

Me quedo atrapado con mil recuerdos, recuerdo en forma de cadenas que se unen a una gran bola de acero que es la vida. Y he sido, atada a ella, lanzado a un pozo sin fondo. Ese pozo ahora es mi mundo.

Hace ya algún tiempo, por otros motivos, estuve en este pozo. Pero apareciste tú y me izaste. Rompiste mis cadenas y pude mirar al pozo si caerme. Pude reírme en su cara y convertir el acero de las cadenas en un corazón de terciopelo, que en su momento dividí en dos para darte a ti una parte. Así cuando estabas junto a mí, el corazón, completo, latía con fuerza y juntos sentíamos su calor, su latir.

Éramos como el rayo y el trueno. A veces chispeantes, furiosos, repentinos y poderosos. Y otras veces lejanos y misteriosos. Pero siempre, siempre juntos. ¿Se pude callar el sonido de un trueno? ¿Sigue este sonando aunque no lo escuchemos? ¿Se puede apagar la luz de un rayo? ¿O este sigue encendido aunque no lo veamos? Por eso, tú no has podido morir. Tú no has podido ir al cielo porque tú ya venias de él.

Pero yo vengo de la tierra y no puedo seguirte porque acabaría en otro cielo distinto al tuyo. Si al menos me esperases en las puertas de la muerte y me condujeras a tu cielo. Si al menos te manifestaras como un soplo de vida, te agarraría y no te dejaría ir.

Si te quedas en las puertas de la muerte, esperándome, habrá merecido la pena. Y si no estás, estaré en una vida mejor porque resucitaré en otra.

He decidido que iré a la tierra a dónde te fuiste para ayudara a los demás. Porque me dijiste que sólo existe esa forma de vivir. Ahí estará mi nueva vida.

Voy en tu busca. No quiero despedirme de ti. Ni lo haré en esta carta.

Un beso, te quiero.

Gerardo Luis Guinea González

Madrid

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