El sueño del baobab

2º Premio

María Posadillo Marín

Mi amor: 

Tú no lo sabes, pero ya es otoño ahí fuera. Tu estación favorita. Aunque hace tiempo que dejé de mirar los meses en el calendario, algo ha hecho que mis pasos se detuvieran en mi paseo diario hasta aquí. Ha sido el sonido de las hojas ocres bajo los pies lo que me ha sacado de mis pensamientos. Solo entonces he sido consciente de que el viento ha cambiado, ahora hay menos claridad en el paisaje y hace más frío. Mucho más frío. Es curioso cómo una minúscula señal en mi cerebro ha desplegado sus hilos por todo mi cuerpo para provocar un incendio en pleno corazón. Bien podría haber ardido toda la hojarasca en ese instante, que el mundo me hubiera encontrado esta mañana convertido en cenizas. 

Teníamos planes para estas fechas. ¿Lo recuerdas? Una escapada hacia el sur para conocer esos árboles que tanto te gustan. Siempre dices que los baobabs son como los avestruces del mundo vegetal, que parecen esconderse bajo tierra para hacerse invisibles y no ver el peligro. Así es mi vida ahora, Elena; como una premonición que ha puesto mi universo del revés, y tu luz, esa con la que solías iluminar cada rincón de nuestra casa, ha desaparecido. 

Esto no entraba en nuestros proyectos, ¿verdad? Ninguno pensó jamás que este viaje lo emprenderías sin mí, sin tu risa contagiosa, sin nuestros sueños. Aquel maldito cruce decidió que ya no habría más camino que recorrer, y me dejó tu cuerpo inerte y un destino del que ahora no sé hacerte regresar. Observo esta cama que te anudó las alas y me pregunto si, cuando despiertes, recordarás cómo era volar. Porque despertarás, y me encontrarás aquí para darte impulso. No me canso de decírtelo al oído, de gritártelo en mis besos, de escribírtelo con mi dedo en la palma de tu mano. Te amo. 

He tenido que perder tu aliento en mis labios para darme cuenta de dónde provenía el aire que llenaba mis pulmones. Una burbuja de oxígeno se quedó prendida en tu almohada y, al despertar, me trajo el aroma de tu piel bajo las sábanas. Otra explotó sobre el sofá donde cada tarde se arremolinaban nuestras palabras, y me devolvió cada conversación. Tu voz. Nunca te hablé del hambre de caricias que me provocan tus susurros. 

La más frágil la traigo guardada en el bolsillo. La encontré flotando en un cajón mientras buscaba el consuelo de tus cosas. Esta la haré estallar en el momento en que coja tu mano para decirte que nuestra pequeña ha dicho su primera palabra. 

Prométeme regresar, mi amor, antes de que en mi desesperación consuma mi última bocanada.

Eternamente tuyo.

Miguel

María Posadillo Marín

Alhaurín de la Torre. Málaga.

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