Pregón de Santa Lucía 2018 (Mozaga)

Pregón de las Fiestas de Santa  Lucía
Mozaga  2018

Por: TERESITA PERERA BRITO

Distinguidas autoridades, miembros de la directiva de este Centro Socio Cultural y de la Comisión de Fiestas, familia, vecinos, amigos y todos los que nos han querido acompañar en este acto. Buenas noches a todos.
En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento a la directiva del Centro Socio Cultural por haberme permitido ser la pregonera de las fiestas de Santa Lucía en este año 2018. Esta tarea que me han encomendado se la merecen también muchas de las personas que se encuentran esta noche aquí además de otras, que no han podido estar presentes. El único mérito que tengo es el ser hija de este pueblo. Ser la pregonera, más que un sueño es una gran responsabilidad pero también una enorme satisfacción porque me hace sentir, si cabe, más parte todavía de este querido pueblo de Mozaga, que me vio nacer y crecer. Y es por eso que acepté la invitación. Además, este momento supone el reencuentro con nuestra gente, que siempre me ha inundado de afecto, cariño y cercanía.

En ustedes pensé cuando empecé a escribir estas palabras y a ustedes quiero acercarme por medio de ellas. Quisiera poder decirles todo lo que deseo porque no suelen darse muchas ocasiones para que pueda expresar en público lo que siento por este pueblo. Hablar en público no es fácil, pero hacerlo en relación con los sentimientos es aún más difícil.

Además, preparar este pregón me hizo retroceder en el tiempo, socavar en los recuerdos y revisar, una vez más, mi propia historia personal, rastrillar los momentos vividos en este rincón y volver a los colores, aromas y sonidos de infancia y juventud para poder iluminarlos con palabras. Sin olvidar que el verdadero protagonista de este momento es nuestro pueblo de Mozaga, sus fiestas y su gente.
Este querido pueblo recibió mi primer llanto hace muchos años. Aquí, aprendí a caminar y espero poder seguir haciéndolo porque aún continúo en camino descubriendo, día tras día, nuevos senderos de la vida. Aquí viví y crecí como cualquier niña. Disfruté y aprendí: jugando a las casitas, a la cogida, a la soga, al teje, al corro con esas canciones pegadizas y divertidas que no podemos olvidar y que cuando las escuchamos nos hacen retroceder en el tiempo: “Ratón que te pilla el gato”, “El patio de mi casa”, “La chata virigüela”… o estudiando en nuestra Escuela Unitaria, ayudando a la familia cuando era necesario: yendo a la tienda a hacer los mandados, acudiendo al catecismo —no decíamos catequesis—, acompañando a nuestra abuela Rafaela por las noches. Sin olvidar que los domingos nos acercábamos a nuestra ermita para participar en la eucaristía. En ella, conocimos a muchos de los párrocos de La Villa de Teguise, pues en ese tiempo eran los que venían a celebrar tanto en Mozaga como en Tao. Imposible nombrarlos a todos en este momento, si bien recuerdo a muchos de ellos.
Algo más tarde —casi en la mitad de mi vida— un hecho quedó profundamente grabado en el tibio calor del recuerdo, porque sentimos el triste invierno en pleno agosto: el fallecimiento de nuestra madre, ya que fue desde aquí desde donde ella partió para siempre.
Mozaga, pueblo cobijado bajo la atenta mirada del Lomo de San Andrés, tiene el encanto del volcán repleto de combinados líquenes multicolores, de hermosas casas blancas que encandilan los días de sol; del jable volando en la piel del viento. Tiene magia, historia, fantasía, inspiración y, sobre todo, la capacidad de mantener la armonía entre su pasado y su presente.

Me fui de aquí hace cuarenta y tres años pero, hoy nuevamente, mis recuerdos salen orgullosos a pasear por sus calles después de haberlos guardado mucho tiempo, acunándolos en mi interior. Nada ni nadie ha podido borrar todo lo vivido y todos los sentimientos que penetraron en mí, a través de su gente, de los caminos de tierra en su día sin empichar y sin farolas. Siempre tengo presente la casa que me vio nacer y que compartí con mis padres y hermanos.
Recuerdo a aquellas mujeres —con sombreras y faldas largas— que se marcharon hace muchos años y a muchas que aún están entre nosotros. Mujeres imprescindibles en la ardua tarea de sacar a sus familias adelante. Mujeres que a diario —cada vez que nos encontrábamos— nos regalaban saludos y sonrisas aliñadas de cariño. Y también, a aquellos hombres que con mucho esfuerzo y sudor trabajaban —de sol a sol—tanto en el campo como en el mar: agricultores, pescadores, pastores. Fueron años de mucho sacrificio en los cuales nada abundaba. Cuando alguien le preguntaba a alguno de nuestros mayores cómo estaba, la contestación era: “Aquí seguimos batallando”.
Cada mañana las cabras pintaban nuestros caminos polvorientos de sonoras esquilas y de baifitos velando desesperados buscando las ubres de sus madres.
Como muchos hombres de nuestro pueblo, mi padre era agricultor. Su mirada estaba puesta en la tierra Día tras día preparaba el camello para salir al campo. Él se sentía muy orgulloso de aquel animal que le acompañaba. Allí, en sus tierras de labranza —en muchas ocasiones— permanecía todo el día. Cuando veía que ya el sol desaparecía en el horizonte, empezaba a preocuparme porque aún no había llegado. Entonces, me dirigía al exterior de la casa y miraba hacia la carretera que va a Teguise, hacia el cruce del camino del Jable donde está la elegante palmera canaria, por donde solían aparecer al rato, fundidos en una única silueta, las figuras de mi padre y su camello regresando al hogar. Como es de suponer, en ese momento, el corazón se me ensanchaba.
Al hacerse de noche, reunidos después de cenar a la luz tenue de un farol y al calor del hogar, cansados y antes de acostarnos, se vivía y latía la emoción del rosario en familia. Recuerdo con especial emoción que mientras los mayores rezaban, los pequeños nos acurrucábamos hasta que nos quedábamos completamente dormidos en el cálido regazo de mi madre, aquella mujer humilde y generosa que nos ayudó a crecer y a levantar el vuelo.
Nuestros padres nos transmitieron muchos valores, tanto humanos como cristianos. Y sé también que muchos de esos valores están enraizados en ustedes, en la gente de nuestro pueblo y los siguen conservando y transmitiendo con mucha fuerza.
Recuerdo que tendría unos tres o cuatro años cuando en casa comenzaron a construir el aljibe unos trabajadores, con ayuda de mi padre y mis hermanos. Fue impresionante asomarme a aquel inmenso hoyo al que no nos dejaban acercar —suponía un potencial peligro— y del que se había extraído gran cantidad de material. Después de meses de trabajo intenso, el aljibe quedó terminado. Solo faltaba que llegasen las lluvias tan ansiadas para que el agua corriese a través de la alcogida. Mientras tanto, unos camiones la traían con cubas de la Galería de Famara, aunque esa era algo salada. Como bien saben la mayoría de ustedes, en todas las casas, las ropas las lavábamos y las restregábamos en una pila con aquellas pastillas de jabón de color azul y blanco y también de jabón samba. Algunas vecinas iban a lavar la ropa —en sus burros y con los niños en las alforjas— a las pilas que hay a la entrada de La Caleta de Famara, debido a la escasez de agua. Luego las traían y las tendían en las paredes de piedra; las sábanas blancas resaltaban sobre el negro azabache de las piedras. Algunas tenían algún remiendo: zurcidos cruzados como obras de arte.
Eran tiempos en los que íbamos a la tienda a comprar un cuarto de litro de aceite; en aquel entonces no había ni latas ni botellas, también el petróleo que comprábamos venía en unos grandes bidones…. En esa época, las casas no tenían luz eléctrica. Estudiábamos a la luz de los suspiros de las velas y de los quinqués. Los domingos por la tarde acudíamos a comprar azúcar para hacer crocante en casa. Algunas veces le añadíamos gofio para acrecentarlo. El gofio nunca faltaba en nuestras casas —ya fuera para echárselo a la leche, al potaje, comerlo amasado o revuelto—. Mi madre tostaba el millo, el trigo y demás cereales en un tiesto. Siempre nos daba los millos que reventaban. Eran nuestras palomitas —pero nosotras le llamábamos “floritas de millo”—. Luego nuestros hermanos llevaban el oloroso cereal ya tostado a la Molina de don José María Gil para traerlo convertido en sabroso gofio, ese alimento que nos acompaña desde la época de nuestros aborígenes y que continuamos a día de hoy consumiendo e incluso probando nuevas recetas con él.
Las mujeres del pueblo de Soo traían a nuestras casas lapas y erizos de mar —que recogían por la zona de la Caleta Caballo— y se llevaban de las nuestras granos: lentejas, garbanzos… —era una especie de trueque—. Nos encantaban esos erizos que nos traían. Otras veces íbamos a la zona del barranco, muy cercana a la casa, a comer higos indios. En más de una ocasión se nos habían clavado los picos y no se imaginan ustedes el cuidado que teníamos al quitarlos para que no se nos partieran dentro.

Tampoco existía la recogida de residuos y mucho menos clasificados, pues todo iba a parar al corral para que sirviera de abono al convertirse en estiércol. No existían las bolsas de plástico: en su lugar usábamos talegas o bien cestos, que es algo a reivindicar si queremos luchar con ímpetu por nuestro medio ambiente.
A menudo nuestra creatividad crecía —por falta de medios— y las niñas nos las ingeniábamos para hacer nuestros propios juguetes; así que cogíamos piedritas en forma de triángulo y les preparábamos los vestidos con trozos de tela. Eran nuestras muñecas. Y, aunque no tenían ni manos ni piernas, no nos importaba. Los chicos también eran muy ingeniosos, ya que formaban la silueta de un camello o de un burro con las palas de las tuneras —por supuesto, después de haberles quitado los picos—; también solían hacerlo con la suela de las alpargatas. A veces, jugaban a los boliches, al trompo o al aro con los arcos de las barricas y, los más mayores, con la llanta de las bicicletas. Como regalo de Reyes recibimos alguna vez muñecas de carey o de cartón con sus brillantes y coloradas mejillas. También alguna naranja. Las pelotas y balones de plástico, que apenas rebotaban, eran objetos muy deseados tanto por chicos como por chicas.

Por supuesto, no existían los móviles, nada de redes sociales ni de whatsapps ni de sms. Su creador ni tan siquiera había nacido. Sí existían los teléfonos fijos, pero no en cada casa. El nuestro estaba en la tienda de Socorro y si era necesario avisar de algo muy importante había que acudir allí. Nuestra manera de comunicarnos con los que estaban fuera de la isla era por carta, ese fantasma literario que apenas se usa ya. Recibíamos y enviábamos cartas al Aaiún, que escribían dos de mis hermanos varones porque hicieron el servicio militar en aquel lugar, cartas de amigos y familiares de otras islas y de la Península. Y por supuesto, cartas de Cuba y Argentina, de los hermanos de mi abuela Rafaela que habían emigrado a esos países.

Hoy, me van a permitir que apenas hable de nuestra Escuela Unitaria ya que la lectura que hice en el Encuentro fue dedicada a ella, así que ya saben que le guardo un tierno cariño aunque por aquel entonces contábamos con muy pocos materiales: una pizarra con algunas tizas, un mapa de la Península Ibérica donde las Islas Canarias aparecían en un recuadro situado sobre el Mediterráneo, unos pocos libros y libretas enredadas en sueños, lápices usados y algunos colores. Todas las maestras que tuve en Mozaga: Juanita, doña Reme Quintana, mi hermana Gaudencia, la señora Vicenta y doña Genarita en mis seis o siete años de escuela nos ayudaron a crecer en todos los sentidos: en conocimientos y valores, muy especialmente en el respeto a los demás. Hoy, nuestra escuela —aquella a la que acudimos las personas de mi edad y algo más mayores— ya no existe, pero en nuestra memoria continúa cargada de vivencias y de inolvidables recuerdos.
En el mes de abril de este año celebramos el I Encuentro de antiguos alumnos. Fue un encuentro alegre, emocionante y festivo, durante el cual brotaron sonrisas, cariño, buenos recuerdos y abrazos. Llevábamos unos cincuenta años sin ver a algunos de nuestros antiguos compañeros de clase. Reencontrarnos allí —en el Castillo de San José— fue algo muy entrañable para todos, así que mantenemos el recuerdo guardado en un rinconcito de nuestro corazón para que no se nos pierda. Ojalá perdure en el tiempo y podamos disfrutar de muchos más encuentros.

Cada veinticuatro de diciembre mi madre nos llevaba a la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe en Teguise, a ver el Nacimiento: era así como llamábamos al Belén viviente. El sueño me vencía durante el trayecto de ida pero, una vez estaba en la iglesia, tenía la impresión de que aún seguía dormida y estaba soñando. Allí escuché por primera vez al Rancho de Pascua. Desde ese momento, cada vez que les oigo o les veo actuar me emociono porque esa música —peculiar y única, que fusiona instrumentos, danzas y cantos, tradición y un gran amor por lo nuestro— quedó instalada para siempre en mi interior y escucharla me trae a la memoria del corazón ese recuerdo entrañable.
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Todos los de mi época recordarán que, los domingos, la carretera general se convertía en nuestra plaza. Nos sentábamos en los muros de don Domingo Lorenzo y paseábamos carretera arriba carretera abajo, desde la casa de Marcial de León hasta la Peña Tajaste. Allí, subidos a la peña, pasábamos nuestros buenos ratos: inicialmente sobre la roca desnuda, ya que por aquel entonces no estaba enclavado en su corazón El Monumento al Campesino; y más tarde en las escaleras y en la base de la gran escultura blanca —cargada de simbolismo—, obra que creó —como bien sabemos— nuestro gran artista César Manrique con la colaboración de Jesús Soto. Corría el año 1968 y fue un gran privilegio ver cómo se iba levantando la escultura a medida que pasaban los meses. Decir que a nosotros nos asombraba ver cómo iban colocando aquellos cubos oxidados que más tarde nos enteramos que eran tanques de agua de antiguos barcos pesqueros.
Los hombres del pueblo —sobre todo los mayores— se reunían en la cantina, unos a jugar a la baraja —ya fuera a la ronda, a la brisca o al envite— y otros a la bola en el camino de tierra, mientras el resto miraban, sentados en unas piedras al soco de la pared de la Pichona. Terminada la partida, se saboreaba algún que otro vaso de nuestros exquisitos vinos.
También se realizaban luchadas y agarradas en una finca de Miguel Luzardo, que se preparaba para la ocasión con jable traído de la zona del barranco. Nuestro pueblo contó en la década de los setenta con un equipo de Lucha Canaria. Formaban parte del equipo valiosos luchadores nacidos en nuestro pueblo.
Se agolpan en mi memoria los recuerdos de cuando, siendo niña, esperábamos con ansia las fiestas, tanto las de la Virgen de la Peña como las que nos convocan hoy, las fiestas de Santa Lucía. La ermita abría sus viejas puertas de par en par como unos brazos que se disponían a acogernos. Y dijo viejas puertas porque sabemos que pertenecían a la vieja ermita. Recuerdo que se acercaban personas suplicando o agradeciendo algunos favores. Siempre se llenaba a la hora de la función religiosa y muchas personas quedaban fuera. Luego salíamos en procesión por el pueblo con la imagen—como se continúa haciendo hoy en día. Por la noche, seguían los bailes y el teatro, preparado por las chicas del pueblo, en los almacenes de Machín. A día de hoy continuamos con la devoción a Santa Lucía. El próximo día 13 celebraremos la Función Religiosa, donde muchos de nosotros daremos gracias y pediremos luz no solo para nuestros ojos sino también para que siga alumbrándonos en nuestro caminar.
En este Centro Socio Cultural donde hoy nos encontramos, celebramos Ignacio y yo nuestra boda, allá por el año 1975, después de habernos acercado a la iglesia para recibir el Sacramento del Matrimonio bajo la atenta mirada de la virgen de la Peña y de santa Lucía. Estas paredes desnudas —en ese momento— porque estaban sin encalar nos cobijaron a todos, de la misma manera que nos acogen en este momento a los que esta noche nos encontramos aquí.
Muchos son los lugares que nunca olvidaré porque forman parte de lo que soy: Mozaga porque es aquí donde nací, y Montaña Blanca porque es el pueblo donde vivo y formé mi familia. También en este último he sentido el cálido abrazo de toda su gente y en cada uno de sus rincones me he curtido en muchos aspectos y he compartido momentos inolvidables, que llevo encaramados a mi corazón de abuela.
A lo largo de los años, han habido muchas personas que han realizado y realizan una gran labor —algunas de ellas casi en la sombra— formando parte de las distintas directivas del Teleclub —desde el primer presidente, Ramón Martín, hasta quien ocupa ahora la presidencia, Marisa Corujo, con todo su equipo—, colaborando en asociaciones, en grupos de catequesis, preparando la ermita y las distintas celebraciones o participando en grupos folklóricos de donde han salido: grandes tocadores, cantadores y bailadores. Otros han aportado su granito de arena participando en corales, trabajando en la biblioteca para poder abrir sus puertas a todo el que se acerque a ella, preparando los distintos talleres que se imparten en el Centro Socio Cultural, llevando o formando parte de la Escuela de Folklore —que tanto bien ha hecho a nuestro pueblo— desde que se inició hace muchos años con el maestro Florián —nuestro recuerdo para él en este momento—, luego con Tony y ahora con Fefo. Como vemos, estos proyectos culturales los han sabido aprovechar nuestros jóvenes —y otros menos jóvenes—, y estoy segura de que eso los hace sentirse orgullosos de sus raíces y tradiciones.

Sigamos transmitiendo el valor de nuestro pueblo a nuestros hijos y nietos. Poco a poco, descubramos su historia. Conozcamos aquellos elementos, oficios, personajes y situaciones que fueron importantes para construir nuestra identidad. Sintámonos orgullosos de que Mozaga haya sido nombrada por escritores como Agustín Espinosa o Agustín de la Hoz y también por otros historiadores e investigadores como José de León (Pepe el Uruguayo) o Julián Merino (el marido de Mª Dolores Cabrera).
Este año los integrantes de la Comisión de las Fiestas son en su mayoría gente muy joven que —apoyados por el Ayuntamiento de Teguise y la directiva del Teleclub— vienen cargados de savia nueva, de entusiasmo, ganas e ilusión aportando ideas en la organización de cada evento. Así, el programa de actos cuenta con actividades nuevas, como la fiesta juvenil en la carpa, apostando por espectáculos musicales, pero siempre sin olvidar los actos tradicionales.
Las fiestas de Santa Lucía que ya comienzan son de todos y a todos nos toca participar y disfrutarlas. Durante las fiestas se palpa la alegría de los vecinos y de quiénes nos visitan. Y para los que, como yo, un día ya lejano nos fuimos a vivir a otro pueblo de nuestra isla, se convierten en un espacio del encuentro con nuestras raíces, con muchas caras amigas y con un montón de aromas familiares.
Con estas palabras sencillas, que han brotado de mi corazón he querido cantar a mi pueblo natal, animada por un paredón de recuerdos entrañables vividos en cada uno de estos rincones.
Quiero, desde aquí, y como no puedo dejar atrás mi cometido como pregonera, invitarlos a que participen intensamente de las oportunidades que nos brindan estos días, a que disfruten con alegría, ilusión, con ganas de pasarlo bien creando un ambiente de convivencia, de encuentro y de respeto. Porque las fiestas nos unen a todos. Les prometo que yo también me acercaré —desde Montaña Blanca— para estar en algunos de los actos programados.
Que Santa Lucía nos ilumine, que la fuerza de su coraje nos acompañe y que el cariño, la alegría y la intensa emoción de las fiestas nos dure siempre.
Esta noche he experimentado, una vez más, que me siento muy afortunada por haber nacido aquí. Gracias a todos por acompañarme y escucharme con la atención que lo han hecho. Quiero aprovechar para dar las gracias a mis padres, que siguen estando presentes en nosotros. Si no hubiese sido por ellos hoy no podría estar con ustedes y este acto y esta noche serían solo una ficción. Y, como no, también quiero agradecer a mi familia, amigos, vecinos y conocidos que me hayan acompañado en mi crecimiento personal.
Agradezco, de nuevo, que me hayan invitado para pregonar las Fiestas de Santa Lucía. Les prometo que jamás olvidaré este día. Gracias a todos por el afecto, el calor y la cercanía que me han brindado.
¡Felices fiestas a todos!

Teresita Perera Brito

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