Leandro Perdomo, cronista de su tiempo

Por Aquilino Saavedra
La Provincia 1 de Marzo de 2017

Por el periódico LA PROVINCIA/DIARIO DE LAS PALMAS me he enterado de que en Bruselas, en el Instituto Cervantes, se ha celebrado un homenaje recordatorio al escritor lanzaroteño de la Villa de Teguise, Leandro Perdomo Spínola, lo que me ha llenado de satisfacción y me ha venido a la memoria los muchos recuerdos que guardo de su amistad.

Conocí a Leandro Perdomo en París, en la Plaza Du Tertre en Montmartre, él vivía en Bélgica y yo en Holanda, solía ir con alguna frecuencia a visitar a sus amigos, Julio Viera y Juan Ramírez y de paso, a los pintores canarios que pintábamos allí, como Corujo, Oramas, Domínguez y, en cierta ocasión el escultor Perrera al que Julio Viera, con su característico humor, al verlo un poco intranquilo le dijo: “Perrera, no te preocupes que en París, el hambre es saludable” El hombre duró allí poco tiempo porque no podía con el frío y el hambre no era saludable.

Leandro había ido a trabajar a Bélgica con Julio Viera y Juan Ramírez. Y otros muchos compatriotas. Esto ocurría en 1957 Julio Viera y Juan Ramírez estuvieron poco tiempo trabajando en las minas de Charleroi. Leandro Perdomo estuvo varios años hasta que lo dejó por otros menesteres. Y fue cuando en el año 1963 funda y dirige el semanario, Volcán, dirigido a los inmigrantes llegando en ocasiones a venderse en Holanda, Alemania y Francia. En los quioscos de las estaciones.
El encuentro en Montmatre fue muy ameno, tomamos unas copas y él se fue a Bélgica y yo me quedé en París.
Pasaron algunos años al regreso de Holanda, mi mujer que es holandesa y también pintora, y yo, nos hospedamos en el hotel Madrid, siempre lo hacíamos.
Una mañana, al bajar al bar me encuentro a Leandro en la terraza leyendo el periódico. Le dije a Antonio Tejera, el barman: “Este señor, ¿quién es? Y me dijo “Leandro Perdomo” Me lo dijo con énfasis. Me acerqué a la mesa y le dije: “¡París bien vale una copa!” Se me quedó mirando, se quitó las gafas y me dijo: “¡Aquilino, qué chico es el mundo!” ¡Qué alegría!”
Me contó todas las peripecias de Bélgica hasta que decidió venirse a Canarias. Durante algunos años fuimos vecinos de habitación en el hotel y en la misma planta. Y comencé a conocer al escritor Leandro Perdomo.
Era la pachorra personificada, todo lo realizaba al golpito, sin prisas, tenía tiempo para todo, excelente conversador y oyente. Tenía un gesto característico al conversar, la mano derecha siempre alzada y gesticulante, saludaba haciendo casi siempre una parada, dispuesto para una breve “conversa”
Ya no bebía ni fumaba, con una boquilla en la mano. Un atípico bohemio y también soñador, siempre con traje-chaqueta y hasta sombrero, no perdía la compostura, y eso que, casi toda su vida la pasó, económicamente en precario. Fue un ejemplo del luchador nato, en diferentes y variados quehaceres y siempre, al aire del momento. Sin prisas y con pausas. Como si detrás del último tranvía, siempre viniera otro y otro y otro.
No fue un escritor grandilocuente de cataratas de palabras rebuscadas, en términos futbolísticos yo diría que “de juego raso, al primer toque y al pie. Predigistador del área, preciso rematador de limpia y seria mirada”
Ejerció de abogado de tumo de los “sin todo” de los “náufragos en tierra firme” de la muchachada peatonal, del pueblo llano y soberano -cada vez menos soberano y más veterano.
Fue amigo de casi todos los pintores y escultores de su época. Cirilo Suárez, Manolo Millares, de José María Millares, de Totoyo de “Cho Jua” de Jane, de Plácido Fleitas, Pereda, Felo Monzón, Corujo, José Luis Vega Montull, Santiago Santana, Miró Maino, Saulo Torón, Víctor Doreste, Roque Morera, Juan Ismal…
Estuvo enraizado en el mundillo cultural de la ciudad pero siempre desde la otra orilla. Hombre serio, honesto y de palabra. Lo que decía iba a misa. Sin vuelta de hoja.
Leandro solía asistir a las exposiciones, conferencias, al teatro y también algunas tardes, cogía la guagua y se iba al Puerto, zona que conocía bien y le conocían, tenía muchos amigos del cambullón, en alguna ocasión le acompañé.
Todas las noches solía haber tertulia en el Hotel Madrid con la muchachada bohemia de la época, en la que siempre participaba Leandro y su inseparable amigo, Federico Sarmiento.
Mi mujer y yo solíamos ir a Holanda por navidad y Leandro me hizo un encargo: que fuera a Bruselas y le consiguiera el semanario, Volcán, me dio una dirección y antes del regreso fuimos a Bruselas y lo conseguí.
Cuando llegamos al hotel estaba esperándonos en la puerta y al vernos me dijo: “Seguro que lo traes, a que sí” “claro que sí Leandro” le dije. Y nos dio un abrazo.
Muchas tardes-noche solíamos ir a la “Cacharrería” de Antonio Izquierdo – ¡Qué gran persona!- pues al cerrar el negocio, primero en la calle Pelota y más tarde detrás del teatro. Lo abría para los invitados de siempre: Mario Pons, Perera, Paco Kraus, Orlando Hernández, Juan Ortega, Agustín Quevedo, Federico Sarmiento y algunos más. Y todos a beber y tapear, gratuitamente así era y más, Antonio Izquierdo baños, mecena de pintores bohemios, músicos sin partituras y derivados.
Permítaseme con respecto a Perera, poner algunos párrafos que dice Leandro Perdomo en su libro, Crónicas Isleñas:
“En una habitación alta de hotel está Perera con la informe bola de barro entre sus manos. Frente a él Aquilino Saavedra el pintor de “Triana alta”. Pintor y escultor se miran como si fueran dos gallos de pelea en desafío. De repente el escultor dice: “No te muevas que ya te trinque el gesto”. Y la cabeza Beethoviana de Aquilino va tomando forma en la masa compacta del barro entre los dedos del escultor”
Había dejado el hotel y se fue con su hijo Manolo -hoy excelente pintor- a un piso en la calle San Pedro, casi en Triana y cerca del Hotel.
Algunas noches íbamos, Orlando Hernández y Óscar Falcón Ceballos a escuchar a Antonio Cubillo en Argelia. Tema una radio enorme en el piso.
Durante un tiempo estuvo trabajando en la biblioteca del Museo Canario por las tardes. Una mañana vino a verme y me dijo que se iba para Teguise. Al día siguiente le recogí en mi coche con su hijo, y un enorme y bello pastor alemán. Les llevé al muelle Santa Catalina y embarcó en correíllo.
Así fue su salida de Las Palmas y ya no volvió.
Al año siguiente hice una exposición en el Casino de Arrecife, le invité y allí se presentó “empaquetao” con su sombrero intentando vender algún cuadro a sus amigos lanzaroteños y vaya que logró y no uno.
Hice más tarde otra visita a Lanzarote, esta vez con Antonio Gala y Orlando Hernández a visitar a César Manrique, amigo de gala y tuve tiempo para visitarle en su casa. Estuvimos charlando algún tiempo y nos despedimos con un abrazo, fue la última vez que le vi.
Quien le iba a decir a su abuelo, don Francisco Spínola, que aquellos dos leones que realizó y que continúan estando en la pequeña plaza frente al palacio de los Spínolas, iban a tener muy cerca de ellos, el busto en bronce su nieto, Leandro.
El tiempo pasado se hace presente cuando se le recuerda y hoy he recordado al amigo, sirvan estas líneas como homenaje a la memoria de Leandro Perdomo Spínola.
Fue sin lugar a dudas un escritor solidario y fiel cronista de su tiempo.

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