Juventud, relaciones y sociedad

Francisco Hernández Delgado -1998

Vivimos en una sociedad, en la que no sabemos si los jóvenes caminan demasiado deprisa o los padres estamos anclados en los viejos valores que nos impiden caminar a su ritmo. ,
La realidad es que nuestros pueblos han transformado los valores de sus habitantes de tal forma que las costumbres y tradiciones familiares nos confunden.
No queremos decir que sean mejores o peores que antes, pero desde luego son distintas.

Como afrontar la nueva moda de las relaciones entre jóvenes es una tarea que nos obliga a todos, a los padres y también a los jóvenes.
Se dice que nuestros jóvenes, en estos últimos años, han abandonado los sistemas tradicionales de valores por una mayor apertura a las nuevas modas.
El juicio crítico, pesimista, añorante, de cierta clase conservadora que se lamenta de esa forma de ser de la juventud, choca con nuestra manera de pensar, porque yo creo, que la juventud es muy responsable. Es como un diamante en bruto, fabricado por nosotros, que lo ponemos en el mercado por costumbre Queriendo que cada día alcance mayor valor sin preocuparnos sus sentimientos, sus amigos sus penas y alegrías.
En verdad son los hijos los que se apartan de sus padres o somos los padres los que nos alejamos de nuestros hijos.
Porque se rompen las amistades, los matrimonios, la relación entre padres e hijos.
A muchos padres les es difícil entender como una cosa normal o natural, las relaciones prematrimoniales, yo soy partidario de las mismas, siempre que se hagan con conocimiento de los padres.
Y sobre todo de que los jóvenes que lo practican sean conscientes de lo que hacen.
Muchas veces confunden el derecho que les asiste para realizar tales actos.
Es para conocerse mejor, o como dicen algunos lo hacen porque se quieren, no hay duda de que se quieren, ¿Pero en realidad se aman?
Se quiere lo que se ama, pero también se quiere lo que simplemente se desea.
Es una profunda emoción lo que sienten los jóvenes enamorados lo que para ellos es una prueba inconfundible de que se aman; y sin embargo no es mucho menos decisiva e incluso puede resultar sospechosa porque puede ser que estén confundiendo el amor con el deseo; pueden que crean que están amando cuando en realidad sólo están deseando. Porque el deseo, sí produce emoción, muchas veces una intensa emoción, pero el amor no precisamente produce emoción.
El amor radica en la voluntad libre, el amor se funda en una valoración, es lo que una persona vale para mí, por lo que ella es en sí Eso hace que me identifique con ella, que mire su felicidad como la mía propia, que quiera servirla a ella y no servirme de ella.
Ese es el concepto de tengo de las relaciones no solo entre parejas sino también entre mis amigos.
Ese amor está más allá de y por encima del deseo, de las ganas o desganas, de la emoción o no emoción.
Es decir que sentir una intensa emoción por una persona no es sinónimo de que se le ame. Sin embargo muchos jóvenes piensan que esta emoción es el convencimiento más alto de que se aman. Y de ahí el gran número de divorcios de jóvenes que se casaron antes de los veinte años.
No quiere decir esto que después de los veinte años los jóvenes quedan iluminados para toda clase de conocimientos y actuaciones.
Significa simplemente que es la experiencia y la madurez la que nos dan cierta inmunidad ante los fracasos y sobresaltos que nos presenta la vida cotidiana de cada una de las personas.
No hay edad que valore el límite de nuestras actuaciones, la edad en ese sentido la fija, la educación, la forma de ser de cada uno.
Siempre he dicho y por ello he sido criticado algunas veces que para mí, la libertad de los jóvenes empieza cuando son conscientes de sus actos.
Este pensamiento, como no podía ser menos, me ha llevado a tragarme algunas desilusiones, pero ellas han significado un grano de arena ante la satisfacción de haber ayudado a varios cientos de jóvenes en alguna actividad de sus vidas, me he volcado tanto en este empeño que a veces me he olvidado de que soy, hombre, esposo y padre.
Pero la fidelidad y el convencimiento de que la unión entre lo que uno quiere hacer y hace, entre los amigos, entre las parejas o entre los matrimonios no la rompen los sentimientos, sino la sociedad .
Se rompen esos lazos, porque las uniones se hacen por los sentimientos momentáneos, nada hay más grande que la verdadera amistad, aquella que nace desde el corazón, desnuda de papanatismos y floreos que unas veces se los lleva el viento y otras nos ciegan ante la realidad del mundo en que vivimos y es el fruto de tantos fracasos.
Lo que hace la amistad es el amor, si es así para que sirvan unos papales y unas firmas, los papeles no hacen el amor entre amigos o entre parejas.
Cuándo se ama de una manera total, cuando por los métodos de la amistad o relaciones nos hemos convencido de que hay amistad verdadera de que hay amor verdadero, porque nos conocemos, porque hemos convivido en las penas y en las alegrías, conscientes de las consecuencias de esas relaciones ¿Por qué tiene que plasmar ese compromiso en unos papeles? ¿Será porque tenemos miedo a comprometernos definitivamente? O se aman y se quieren como se quiere un juguete, que saben que un día los aburrirá y quieren tener las manos libres para tirarlo sin compromiso.
Durante muchos años he trabajado con jóvenes, desde las asociaciones, sociedades , el teatro y actividades culturales en general.
El diálogo, los pequeños detalles y la fidelidad son las armas que antes, ahora y siempre tenemos en nuestras manos para solucionar muchos de los problemas que surgen en estas relaciones.
No existe un método para aplicar estas armas a todos los jóvenes, amigos y matrimonio por igual.
Tenemos que adaptarlas a la edad, a la situación familiar, a la educación de cada persona, al medio en que vivimos.
Es la familia el núcleo de la sociedad donde nace y mueren los valores más profundos de nuestros jóvenes.
Cada familia de esta tierra conejera es un laboratorio de situaciones, la droga, los estudios, los amigos, el trabajo, las relaciones entre parejas, son las bolas que nos golpean una y otra vez en nuestras conciencias para buscar las soluciones de las mismas.
No podemos hacer frente a estos problemas si nos agarramos a los viejos prejuicios heredados de nuestros padres.
Cerrar los ojos a la realidad no nos ayuda en nada. A los hijos hay que hablarles con la mayor claridad posible no nos podemos inventar cuentos para explicarles lo que muchas veces saben mejor que uno.
Lanzarote para bien o para mal es una isla que ha llegado a un nivel de vida en la que no solo es el dinero quien marca pautas o modelos, son las costumbres las que tenemos que amoldar para que sin olvidar nuestra propia identidad, hagamos más fácil el camino de nuestros hijos, sin que por ello tengamos que aceptar el libertinaje por la libertad.

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