La Villa de Teguise

Fuente: Lanzarote y su patrimonio artístico
Juan Sebastián López Garcíateguise

 Al no prosperar Rubicón, Teguise se convierte en el principal núcleo de Lan­zarote. El historiador Viera y Clavijo cree que puede ser la heredera de la prehispánica Acatife, aunque su trayectoria moderna o nueva fundación comenzaría a partir de los esponsales de la princesa Teguise (hija del último rey de la isla, Guadarfía) y Maciot de Bethencourt (sobrino del conquistador normando Jean de Bethencourt), ya que el propio historiador realejero considera que “El primer fruto de esta unión (que después fue legítima) fue la fundación o acrecentamien­to de un pueblo que hoy es la villa capital de aquella isla”. Con estos orígenes, Teguise forma parte de las ciudades superpuestas canarias, con un origen prehispánico (como Gáldar, Telde, Arucas, etc). Para Rumeu de Armas es la tercera ciudad que se funda en Canarias tras de la conquista, después de Rubicón y Betancuria, y va adquirir una gran importancia en el contexto histórico y territorial de las islas de señorío.

En cuanto a las condiciones de su emplazamiento, Díaz Hernández ha enu­merado una serie de factores geográficos positivos para su ubicación, lo que se corresponde con el mantenimiento de la capitalidad durante cuatro siglos, siendo la población más importante durante ese período. Entre los condicionantes ven­tajosos estaban su posición central, su situación en alto que permitía organizar la defensa y las evacuaciones en caso de invasión, el estar resguardada de los ali­sios dominantes, su terreno adecuado para los cultivos y el contar con algunos recursos hídricos. Como centro de la isla, desde allí partían los dos caminos más importantes: el del Puerto de Arrecife que tenía dos accesos uno por Zonzamas para las carretas y el de los moriscos que atravesaba Tahíche y Nazaret, y el del Valle de Haría. El mantener en buen estado estas vías fue una de las preocupa­ciones del cabildo, así el 22 de septiembre de 1670 se manda “la limpiada y ade­rezo del camino del Puerto, que es el principal y más pasajero, y aderezádose y limpiádose el camino que va de esta Villa a Haría”. Para la capital eran impres­cindibles y vitales las comunicaciones con su territorio insular y con el exterior a través de Arrecife.

Teguise será durante varios siglos la capital de Lanzarote. Allí tuvo la sede del cabildo, cuyas sesiones se celebraban en la sala capitular de la casa del mar­qués o la iglesia parroquial, lugares que no eran del todo adecuados. No se contó con una sede cabildicia de la altura de las existentes en las islas de realengo, cu­yos edificios se levantaron en el siglo XVI, de los que todavía se conserva el anti­guo consistorio de Santa Cruz de La Palma. El cabildo era la máxima institución administrativa de la isla, con competencias en penas menores que podían ser apeladas ante la Real Audiencia de Canarias en Las Palmas. La corporación es­taba formada por la Justicia (alcalde mayor) y el Regimiento (regidores), cuyo número fue variable; otro cargo fue el Personero General, con voz de defensa de los vecinos pero sin voto.

Se tiene una vista de la Villa, realizada por Leonardo Torriani a finales del siglo XVI, donde se aprecia su característico emplazamiento en llano junto a una montaña (Guanapay), ampliando el paisaje con las islas de La Graciosa, Alegranza y Montaña Clara. La cartela indica que se trata de “La Villa de Teuguisse dell’isola di Lancarote”, informándose que “La Villa de Teguise es la principal de la isla. Allí mora el marqués con la gente de tráfico y los mercaderes. Tendrá unas casas 60 casas habitadas y otras tantas arruinadas por los moros y dos igle­sia, la parroquial y San Francisco”. En el dibujo, la disposición del caserío pare­ce aleatoria, representando 31 casas, una ermita, un convento y una construcción circular que debe ser la célebre mareta. En realidad, no ofrece garantías como documento y el ingeniero dedica los pormenores a la planta del castillo de Santa Bárbara, que aparece en una viñeta aparte. Este autor, más centrado en la preo­cupación primordial de su obra que era la defensa de la isla, sólo dejó una breve reseña del núcleo teguiseño, repitiendo los datos que ofrece en la cartela: “Tiene dos iglesias y 120 casas, la mitad de ellas arruinadas por los moros.” Con res­pecto a la Villa, el técnico italiano propuso en el informe que incluye en su “Descripción del Reino de las Islas Canarias” que la población fuera abandona­da y se fundara de nuevo en Arrecife, como una ciudad fortificada, propuesta que nunca fue efectiva.

A lo largo de su trayectoria, Teguise ha pasado por distintos momentos. Tras la etapa de la segunda mitad del siglo XV cuando la casa de Herrera otorga a Lanzarote y avilla-teguise Teguise el protagonismo en el archipiélago canario, en sustitución de San Sebastián de la Gomera, la Villa cede posiciones ante las islas de realen­go, que quedan incorporadas entre 1483 y 1496. De esta familia fue muy célebre D. Agustín de Herrera y Rojas, quien fue Señor de Lanzarote y Fuerteventura desde 1545, aunque disfrutó de otros nombramientos por parte del rey Felipe II: Conde de Lanzarote (1567), Capitán General de las islas de Madeira y Porto Santo (1582) y Marqués de Lanzarote (1584). Este personaje se documenta con los títulos de conde y marqués de Lanzarote, Señor de Lanzarote y Fuerteventu­ra, de Alegranza, Santa Clara, La Graciosa, isla de Lobos, Roque del Este y Mar Pequeña, Criado del Rey, del Consejo de Su Majestad.

  1. Agustín fue uno de los protagonistas de la denominada “guerra de fronte­ra” con el continente africano, con entradas y cabalgadas para la captura de es­clavos. Esta situación provocó una serie de represalias de los berberiscos que asolaron Lanzarote en diferentes ocasiones y marcaron los penosos períodos su­fridos desde mediados del siglo xvi hasta las primeras décadas del xvn con las frecuentes y seguidas incursiones piráticas de 1551, 1552, 1569, 1571, 1586 y 1618, trayendo la ruina y la destrucción a la isla. Entre los edificios afectados por la ofensiva de Morato Arráez de 1586 estaba el castillo de Guanapay, forta­leza que ya se estaba reparando en 1591; tan estratégico para la Villa era tam­bién el castillo de San Gabriel en el puerto principal (Arrecife) que fue recons­truido y ampliado, al padecer los mismos efectos de la invasión.

Como capital de la isla, el cabildo vigilaba con más esmero su núcleo, man­dando albear edificios públicos como la carnicería o corral y dictando normati­vas sobre la limpieza. El 31 de diciembre de 1627 se tomó el siguiente acuerdo: “Asimismo se pregone que todos los vecinos de esta Villa, de cualquier estado y condición sean, hagan barrer y limpiar sus pertenencias, y el estiércol y basura lo echen fuera de dicha Villa y casas de ella, so pena que si fuere persona baja sea presa por seis días y sea sacada a vergüenza pública, y siendo otra persona incurra en pena cada uno de 6 reales, aplicados para obras públicas”.

El agua era un asunto estratégico en Teguise y su presencia era garantía de su propia supervivencia. La gran mareta fue durante siglos una referencia obligada de la villa, convirtiéndose su mantenimiento en una cuestión de vital im­portancia. En este sentido, la limpieza de la misma era asunto que se trataba con frecuencia en el cabildo, ya que se trataba de una tarea comunal. Así, el 3 de ju­nio de 1671 “Acordaron que por cuanto la mareta de esta Villa está sin agua y tiene cantidad de barro, y es necesario que se limpie, el domingo, que se contará 14 del corriente, se pregone que todos los vecinos de esta isla acudan los días que les fueren repartidos, para la limpiada de dicha mareta”. Se contaba con otras albercas que se podían habilitar para el ganado, como las denominadas “blanca” y “prieta”, curiosamente diferenciadas por sus colores.

Si la escasez de agua se prolongaba y se convertía en las temidas sequías, entonces se hacían rogativas a las imágenes de mayor devoción. Entre las más frecuentes están las realizadas en honor de Nuestra Señora del Socorro, cuya imagen fue trasladada en diferentes ocasiones desde la aldea de Tiagua hasta la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, donde se celebraban las misas. En cada traslado se decidía el programa, así podía acordarse por la noche “sacar el santí­simo sacramento alrededor de la iglesia” (3 de marzo de 1657), o que participara también el Cristo de la Vera Cruz, como ocurrió el 13 de marzo de 1634, donde el Acta del cabildo recoge que “se vaya y traiga en procesión a la imagen de Nuestra Señora del Socorro el jueves 16 el presente, a esta Villa a la parroquia de ella y el domingo siguiente se saque en procesión por esta Villa el Santo Cristo de la parroquia y se lleve a la ermita de la Santa Vera Cruz y se deje allí, y el que está en la dicha Santa Vera Cruz se traiga y ponga en la dicha parroquia para que su divina majestad use de misericordia y dé buenos temporales, así de la salud de los frutos, enviando el rocío del cielo”. Este Crucificado, en su ermi­ta de la Villa, también participaba de estos cultos individualmente “por la esteri­lidad de las pocas lluvias para los sembrados”, como ocurrió en 1640, siendo además objeto de celebraciones anuales, como atestiguan los 50 reales gastados en 1652 por “la fiesta de Jueves Santo de este año, que este cabildo paga todos los años a la ermita de la Vera Cruz”.

La Villa era el escenario principal de todo tipo de celebraciones, muchas de las cuales están referidas en las actas capitulares del siglo XVII. La plaza princi­pal era un lugar privilegiado de actos y de los pregones que publicaban los acuerdos del cabildo. En esta centuria se recogen varias y curiosas celebracio­nes, en las cuales está muy presente el arte efímero y el patrimonio intangible. Prácticamente todos los acontecimientos tenían su repercusión en el marco ur­bano de la entonces capital, tatemplo-teguisento los relacionados con la monarquía, como las calamidades públicas o las festividades religiosas en sí. En febrero de 1658 se festejó el nacimiento del príncipe heredero, de tal manera que tras la misa so­lemne en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe se celebró procesión gene­ral por la Villa, celebrando vísperas el día anterior, ordenándose que “todas las personas que viven en esta Villa, pongan en sus ventanas y puertas iluminarias, pena de un ducado; y por el cabildo se haga poner en la plaza algunas pipas, con leña encendida, se hagan fuegos de cohetes y montantes, y lo demás que sea posible a costa de los propios de este cabildo“, también hubo “toros que se trajeron para correr”.

Una de las fiestas que debía contar con mayor solemnidad era la del Corpus Christi, para la cual se mandaba enramar el templo de Nuestra Señora de Guada­lupe y el recorrido procesional que era costeado por la corporación insular que recaudaba parte de los fondos de distintos oficios (vendedoras, mercaderes, ca­melleros, taberneros y zapateros). En su reunión de 5 de junio de 1671 en el ca­bildo “se dio la cuenta y memoria del costo que hizo en la fiesta del día del Cor­pus Christi de este presente año, así de la cera, rama, pólvora, zapatos que se les dieron a los de la danza, tamboril y diablito, con la comida que se les dio en di­cho día y la víspera, limpieza de calles, que son obligación del Cabildo”. Sin embargo, no todos los años fueron buenos y en ocasiones la institución tenía di­ficultades, como ocurrió en 1653 en que se afirma “por haber sido los años muy malos y estériles y haberse despoblado la mayor parte de los vecinos; y además de esto por no haber persona que toque el tambor para hacer alguna danza, por­que los esclavos que los tocaban, por las dichas necesidades, los dueños los mandaron vender a Canaria”. El disfraz del diablo llevaba careta y capa.

También celebraban a San Antonio de Padua como protector contra la lan­gosta. El 12 de septiembre de 1640 el cabildo descarga 12 reales “por el sermón que hizo por la fiesta de San Antonio, que este Cabildo es obligado a hacer to­dos los años por la langosta… por cinco misas rezadas y una cantada, y proce­sión que se hizo en su convento; que se hizo este año a la advocación de San Antonio como abogado de la langosta, para que fuese intercesor con Nuestro Se­ñor librase los sembrados de ella.” La llegada de las bulas de la Santa Cruzada desde Tenerife también era objeto de celebración pública: “Y que para mañana Sábado, 24 del presente (marzo de 1629), se pregone con la solemnidad acos­tumbrada, así de cajas, como de la Santa Bula se ha de recibir y predicar en la parroquia de esta Villa el domingo, 25 del presente. Y se manda al Alguacil Ma­yor y más alguaciles salgan a caballo a acompañar el pendón y tesorero a tiempo que se diere el pregón”.

El proceso de desarrollo de la Villa tuvo altibajos y durante la segunda mitad del siglo XV habría que destacar la importancia que alcanzó en el archipiélago gracias a la familia Herrera, que convirtió a Teguise en el centro de Canarias. La incorporación de las islas de realengo (1483-1496) volvió a provocar un retrai­miento, consumado en la segunda mitad del siglo XVI por la sucesión de incur­siones de piratas franceses y berberiscos, que saquean la localidad. Posiblemen­te, como ocurrió en Fuerteventura (aunque sin éxito), el poder señorial intentó concentrar toda la población en la Villa, tanto para facilitar el control sobre los habitantes como para garantizar una mejor defensa a la hora de los casi conti­nuos ataques. Teguise se manifiesta como una típica villa de isla de señorío, al concentrar todas las funciones importantes de su territorio, especialmente el apa­rato administrativo, circunstancia que se refleja en su urbanismo y arquitectura. Entre los hitos arquitectónicos que la definen en su ámbito insular destacan:

  • Castillo
  • Parroquia
  • Casa del Marqués
  • Cabildo
  • Viviendas más importantes
  • Convento
  • Ermitas
  • Mareta

El castillo de Santa Bárbara es uno de los elementos más destacados de la Villa, especialmente por su ubicación en el interior de la isla, cuando en las islas han predominado los de emplazamiento costero, con un sistema defensivo que siempre se planteó con ese carácter periférico. En relación con esto, las demás capitales que estaban asentadas tierra adentro (San Cristóbal de La Laguna, San­ta María de Betancuria y Santa María de Valverde) no contaron con fortalezas para su defensa directa, caso contrario de las ribereñas. La presencia del Castillo convertía a Teguise en un lugar protegido y su misma posición que domina una buena parte de la isla refleja la situación estratégica que posee la Villa. Esta obra de ingeniería se debe en su origen a Sancho de Herrera, en la primera mitad del siglo XVI, siendo ampliado por Agustín de Herrera y Rojas que rodea con un cuerpo romboidal la antigua torre, obras que ya están culminadas en 1576. A partir de finales de la década de los ochenta del siglo XVI, Leonardo Torriani mejoró la operatividad de la obra y consolidó con sus propuestas la imagen defi­nitiva de la fortaleza, aunque las intervenciones en el Castillo continuarán hasta el mismo siglo XX. Con estas reformas se llegó a convertir en una especie de ciudadela donde se podían refugiar hasta 500 personas, según opinión del propio Torriani o de Pedro Agustín del Castillo.

Una de las construcciones más antiguas es la parroquia de Santa María o Nuestra Señora de Guadalupe, de la que se tiene constancia documental desde mediados del XV, aunque según opinión del que fuera cronista de Teguise, Lorenzo Bethencourt, pudo haber sido erigida en el primer tercio de ese siglo por el obispo de las Casas, que residió en la Villa. El edificio debía ser modesto a fi­nales del siglo XVI, siendo ampliado durante el siglo XVII, centuria en la que se labra su portada principal, labrada en 1680 por el maestro Julián Sánchez de Carmona, abierta hacia la plaza principal. El inmueble ha tenido distintas refor­mas, siendo las más importantes las efectuadas tras su incendio en 1909.

La casa del marqués es el ejemplo arquitectónico más directamente relacio­nado con el sistema señorial al que estuvo sujeto la isla durante varios siglos. La vivienda aparece reflejada en los distintos dibujos que de la Villa se hicieron, como uno de sus hitos más importantes. El edificio que se conserva actualmente se corresponde con una casa terrera, con muy pocos elementos sobresalientes, más allá de las características populares que predominan en la construcción.

El cabildo de la isla, como quedó dicho tenía su sede lógicamente en Teguise, aunque en la Villa no se llegó a construir un edificio como los que se levantaron en las islas de realengo. Las reuniones cabildicias tenían lugar en la casa marquesal o en la parroquia, con lo que Lanzarote careció de la tipología concejil especí­fica. Con respecto a las viviendas, en la Villa se concentrarían las de carácter más urbano de la isla y constituirían el mayor número de Lanzarote. Teguise no sólo destaca por su número, sino por la calidad de muchos de sus ejemplos, entre los que se encuentran algunos de los edificios de arquitectura doméstica más impor­tantes de la isla, como se verá en los representativos de las diferentes centurias. Posiblemente la más conocida sea la Casa Spínola, construida en el siglo XVII (1730-1780) por Tomás Feo Peraza. A pesar de ser una vivienda terrera su propia estructura en planta revela su importancia sobre las demás construcciones de la Villa. La fachada recae hacia la plaza principal y a cada lado de la puerta con marcos y graderío de acceso en cantería, se abren tres ventanas. En planta está or­denada por varios patios, siendo el principal el situado frente al zaguán, a cuyo lado se levanta el oratorio, como otro rasgo más de distinción.

Los franciscanos fueron los primeros frailes que se instalaron en Lanzarote. Su convento de la Madre de Dios de Miraflores se fundó en virtud de lo dispues­to en su testamento por Sancho de Herrera el Viejo en 1534. No se construyó hasta 1558 y se levantó en la propia Villa, modificando la voluntad de D. San­cho que había escogido sus huertas de Famara para la edificación, pero la poca seguridad del alejado y solitario paraje aconsejaron el cambio. La orden de los mendicantes adquieran una gran importancia en la Villa, participando especial­mente en los cultos religiosos. Entre las vicisitudes del convento está el incendio que le afectó en 1658. Un acuerdo del cabildo lo recoge como “lamentable caso que ha sucedido en esta isla de la quema del convento seráfico de San Francisco, cosa que ha causado tanto desconsuelo a los habitadores de esta isla”. A partir de ese momento se inician las gestiones para la reedificación. En el siglo XVIII se le suma el convento de la orden de Santo Domingo.

Las ermitas eran los edificios más importantes de las localidades lanzaroteñas, hasta que algunas comenzaron a tener curatos. En el caso de Teguise, con­taba con la parroquia mayor de la isla, conventos y además con algunas ermitas, tales como las de Nuestra Señora de la Concepción y Santa Catalina, que estu­vieron situadas en las afueras de la Villa. Más tarde desaparecerán y como nove­dades estarán las del arcángel San Rafael y la del Cristo de la Vera Cruz. Las er­mitas teguiseñas reforzaban el carácter religioso de la capital de la isla, donde también culminaban procesiones de otros lugares, como el conocido caso de la imagen de Nuestra Señora del Socorro que procedía de la ermita de Tiagua.

La gran mareta era el elemento utilitario más destacado y como se ha visto constituía uno de los referentes más representativos de la localidad, ya que siempre aparece en las representaciones gráficas de la Villa y queda referida en las descrip­ciones que se hacen en diferentes siglos. En algunas muestras la mareta aparece di­bujada en el mismo centro de la Villa, como si fuera un elemento urbano más.

Durante los siglos XVII y XVIII Teguise mantiene su plena hegemonía en el te­rritorio insular, a pesar de que durante este período asiste a segregaciones en su demarcación eclesiástica. Las novedades dieciochescas están representadas es­pecialmente en la fundación de instituciones piadosas.

Si bien el siglo XVII no aporta demasidas novedades, el siglo XVIII ofrece otro panorama y se detecta un dinamismo que se pone de manifiesto en el arte y la arquitectura. En el último tercio de esa centuria están en el urbanismo de Tegui­se los que serán sus hitos arquitectónicos más importantes: iglesia Mayor de Nuestra Señora de Guadalupe, conventos de los franciscanos (1588) y de los do­minicos (1726), hospital del Espíritu Santo (1774) y las ermitas de la Vera Cruz, San Rafael y San José (las dos últimas, en las afueras). La Villa es a finales del siglo xvm la capital de isla de señorío más importante de Canarias, eso sí, supe­rada por las capitales y otras poblaciones de islas realengas. Como se ha visto, Teguise contaba con un notable número de instituciones, algunas de las cuales se habían creado en esa centuria. Las iniciativas constructivas también parecen indicar un cambio de actitud y mentalidad, ya que si en el siglo XVI los marque­ses fundaron el convento franciscano, en el siglo XVIII el de los dominicos es por voluntad de otras personas que por su posición económica pueden actuar de pro­motores de empresas religiosas, emulando el papel de los señores territoriales, así ocurrió con el capitán Gaspar Rodríguez de Carrasco con Santo Domingo o el presbítero Agustín Rodríguez Ferrer para el Hospital.

Viera y Clavijo afirma que la población está compuesta por más de doscien­tas casas y, como es habitual en el autor realejero, detalla los edificios más im­portantes de la Villa, valorando a Nuestra Señora de Guadalupe como el templo “más hermoso de las Canarias”. En este momento es posiblemente cuando se empiece a ver la recuperación de la Villa, con una importante renovación arqui­tectónica y ampliación de su tejido urbano. Desde el siglo XVII era frecuente que se hable de “Villa arriba” y “Villa abajo”, en una división que era muy frecuente en Canarias, en algunos casos como una división funcional para organizar co­bros u otras actuaciones que, en el caso de Teguise, eran para las cédulas de la Santa Cruzada o el servicio del agua.

En la trama de la Villa se aprecian dos zonas, una que comprendería desde la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, con su plaza, el convento de San Fran­cisco y su explanada, hasta el convento de Santo Domingo y su terreno, con una cierta tendencia a la regularidad, mientras el entorno de la Vera Cruz se caracte­riza como un barrio de tejido irregular. De los espacios públicos destaca la plaza principal con la iglesia matriz de Nuestra Señora de Guadalupe, la Cilla de los diezmos y la casa de los Feo. Sin embargo, estos vacíos son abundantes en la Villa, formando explanadas delante de los dos conventos o abriéndose en encru­cijadas de calles. De las construcciones del siglo XVIII destaca la citada casa le­vantada por D. Tomás Feo y Peraza, más conocida por “Palacio Spínola”, la Casa Torres, entre otros muchos ejemplos.

El siglo XIX supone para Teguise la pérdida de la capitalidad. Aunque su mu­nicipio continuaba siendo el más poblado de la isla, su núcleo cabecera había cedido ante el gran aumento que había experimentado Arrecife, de tal manera que en el padrón de 1888 de los 3.484 habitantes del municipio, sólo 800 se co­rresponderían con el casco urbano. En 1865 la Villa estaba constituida por 28 calles y 6 plazas, siendo las de Norte, Santo Domingo y Principal, las que conta­ban con mayor número de viviendas. El callejero está en relación con los nom­bres de las instituciones civiles y religiosas, plantas, etc. (Espíritu Santo, Flores, Higuera, Juego de Pelota, Rayo, San Francisco, Cilla, Vera Cruz, etc.).

Teguise estuvo prácticamente paralizado hasta comienzos del tercer tercio del siglo XX, cuando el municipio asiste a un notable crecimiento en virtud de la industria turística. Esta circunstancia coincide con la plena valoración cultural del Conjunto Histórico, reconocido como tal desde 1980.

 

 

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