José Clavijo y Fajardo (1726-1806)

Fuente: Archivo Histórico de TeguiseJose Clavijo y Fajardo

En este pueblo —Teguise— jovial y esperanzado, nació José Clavijo y Fajardo. El ilustrado canario vino al mundo el 18 de marzo de 1726 y fue bautizado, seis días más tarde, en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, como hijo legítimo de don Nicolás Clavijo Álvarez y Valladares y doña Catalina Martín Fajardo y Clavijo, su prima y primera mujer, quienes obtuvieron dispensa del tercer grado de consanguinidad para contraer matrimonio en la citada iglesia el 24 de mayo de 1717.

De los cuatro hijos que tuvo la pareja, José fue el menor y su educación le fue encomendada a un tío paterno, fray José Antonio de Clavijo, a cuyo cargo se encontraba la dirección del convento de San Juan de Dios y San Francisco de la villa de San Miguel Arcángel. Trasladado éste al monasterio de San Pedro Mártir de Canaria, llevó consigo al sobrino predilecto.
La infancia de Clavijo y Fajardo se desarrolló entre la Real Villa de San Miguel Arcángel de Teguise, las propiedades familiares en San Bartolomé y la aldea de Testeina. Su familia pertenecía a la clase dominante y la mayor parte de sus ancestros habían desempeñado empleos y cargos en la milicia, el regimiento y la iglesia. No eran ricos, como no lo era apenas nadie en el Lanzarote de la época, pero tuvieron un mediano pasar, siempre dependiente de la bondad de las cosechas. En Las Palmas, aparte del estudio de las Humanidades con tío, adquirió conocimientos de Derecho merced a las enseñanzas particulares del regente de la Real Audiencia don Tomás Pinto Miguel.
A los diecinueve años marchó a Ceuta como oficial primero de la secretaría del Ministerio de Marina y, luego, al Campo de San Roque en calidad de secretario de la Comandancia General. Nombrado secretario particular del comandante don José Vázquez Priego se estableció en Madrid en 1749, donde, gracias a la protección del marqués de Grimaldi, obtuvo una plaza de oficial de la secretaría del Despacho Universal de la Guerra.
Publicó en esta ciudad, en 1755, con el seudónimo don Joseph Faxardo, El Tribunal de las Damas, copia auténtica de la Executoria que ganó la Modestia en el Tribunal de la Razón, representado por las Damas juiciosas de España, obra que fue reimpresa, aumentada, el mismo año en Valencia, por el Santo Hospital General, para socorrer la necessidad de sus pobres enfermos, y en Córdoba. Volvió a imprimirse en Madrid, en la imprenta de A. Ulloa, en 1792.
En 1755 y 1756, y en Madrid y Sevilla respectivamente, se estamparon dos ediciones de Pragmática del Zelo y Desagravio de las Damas que saca a luz don Joseph Gabriel Clavijo y Faxardo.
Posteriormente fue ayudante de guardia almacén de Artillería, y se trasladó de nuevo a Ceuta. Escribió su Estado general, histórico y cronológico del Exército, y ramos militares de la Monarquía, con distinción del pié que antes tenía y gastos que causaban al tiempo de su reducción en 1749. Incluye la creación de los Regimientos y demás Cuerpos, con los colores y divisas de sus uniformes, vanderas y estandartes: los planos de todas las plazas y fortalezas del Reyno: las tarazanas, arsenales y cañones de todos los calibres, los instrumentos y utensilios de artillería e ingenieros; los sueldos y valor de todas las Encomiendas de las órdenes militares; el vecindario de España, &c., que lleva fecha de 1761 en Madrid.
Comenzó a publicar El Pensador, siguiendo el modelo de The Spectator de Addison y Steele y firmado con otro de sus heterónimos, don Joseph Álvarez y Valladares, en 1762, en los talleres que Ibarra regentaba en la Villa y Corte. Dos tomos más de esta obra vieron la luz al año siguiente y el resto, a partir de su vuelta a Madrid, después de 1767. El propio Clavijo había definido este semanario como Sátira de la Nación, que se esforzaba en realizar con elegancia, de forma lícita y laudable, animado por el afán de contribuir a la moralización de la sociedad de su tiempo.
Viajó por España y Francia, país este último donde conoció a Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y a otros célebres pensadores de la época.
El día primero de febrero de 1763, Clavijo fue nombrado para ocupar la plaza de oficial del archivo de la primera secretaría de Estado, en sustitución de don Joseph Marcos Benito.
Retornó a Madrid, probablemente en 1767, año en que volvió a publicar El Pensador.
Poco después fue designado por Campomanes oficial mayor para la correspondencia de los asuntos relativos a la ocupación de las temporalidades de los jesuiJose Clavijo y Fajardo-1tas expulsos.
En 1770, le designó Carlos III director de los teatros de los Reales Sitios, y sucedió a don Tomas de Iriarte en la dirección del Mercurio Histórico y Político, labor que realizó hasta 1779.
Al crearse en el Real Gabinete de Historia Natural la plaza de formador de índices, pasó a ocuparla en 1777 y, nueve años más tarde, fue ascendido a segundo director del mismo Centro y a director en abril de 1798, cargo en que fue jubilado en 1802.
En 1800 Carlos IV lo nombró miembro del Tribunal de la Contaduría Mayor del Consejo de Hacienda. Ese mismo año también fue admitido como individuo de mérito en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria e ingresó en las academias de Historia Natural de Berlín y de Copenhague.
Otras obras suyas que permanecen inéditas o se hallan en paradero desconocido son Diccionario castellano de Historia Natural, con sus acepciones en castellano, latín y francés; Catálogo científico de las producciones y curiosidades del Real Gabinete de Historia Natural y Medios para hacer útil para la prosperidad de la Nación española el Real Gabinete de Historia Natural.
De entre las traducciones que llevó a cabo habría que citar antes que otras la Historia natural, general y particular, escrita en francés por el Conde de Buffon, Intendente del Real Gabinete, y del Jardín Botánico del Rey Christianísimo, y Miembro de las Academias Francesa, y de las Ciencias, que pasa por ser una de las más bellas producciones de las prensas del príncipe de los impresores españoles, don Joaquín Ibarra y, posteriormente, de su viuda.
También son suyas La Feria de Valdemoro, zarzuela, impresa por el citado Ibarra en 1764, inspirada, según Leandro Fernández de Moratín en Il mercato di Monfregoso de Goldoni; El Vanaglorioso, comedia en prosa; Saynete nuevo. Beltrán en el Serrallo; El Heredero Universal; La Andrómaca de J. Racine; El barbero de Sevilla, de Beaumarchais; Diccionario histórico de las herejías, errores y cismas… del abate Pluquet, publicado en 1792; Los jesuitas reos de lesa majestad divina y humana y Conferencias y discursos synodales sobre las principales obligaciones de los eclesiásticos, con una colección de cartas pastorales sobre diferentes asuntos, del obispo de Clermont, Juan Bautista Masillon.

El caso Clavijo
Dentro de su vida hay un incidente que motivó que el apellido Clavijo fuera conocido en toda la cultura occidental.
Con treinta y ocho años conoce a una hermana de Pedro Agustín Carón de Beaumarchais, Lissette. Esta intenta atrapar a Clavijo en los líquidos lazos indisolubles de un matrimonio que el archivero no desea, éste, o no sabe negarse o deja de actuar como el caballero que es, olvidando sus supuestos compromisos y la palabra empeñada.
Lisette escribe a su padre contándole su desgracia y éste transmite el mensaje a su hijo Pedro Agustín, que «a por atún y a ver al duque», organiza un viaje de negocios a Madrid como apoderado del rico financiero Paris-Duvernay. Entre sus muchos negocios se encontraba resolver el precio del dudoso honor de su hermana.
Con el paso de los días y las adecuadas gestiones ante el embajador francés del intrigante Carón, Clavijo es depuesto de su cargo y comienza a sufrir un extrañamiento que le apartará de la Corte durante dos años, periodo de tiempo en que deja de publicarse El Pensador.
Hasta aquí un boceto sucinto de la aparente realidad. Lo que sigue es literatura. Beaumarchais, no contento con el daño que había ocasionado a Clavijo, recreó en su «Cuarta Memoria» el asunto, disponiendo los personajes a su favor, como si de una obra dramática se tratase. Las hermanas son engañadas por el ambicioso pretendiente quien alcanza empleo, popularidad y prestigio ante la Corte y el Rey, gracias a ellas. Ellas son las que hacen posible el éxito inmediato de El Pensador. Ellas también, las que buscan casa capaz para cobijar dos familias y ellas en fin, las que están dispuestas a esperar pacientemente que Clavijo alcance el ansiado empleo que le permita estar en disposición de casarse. Clavijo incumple todas sus promesas y abandona a sus protectoras. Beaumarchais deja todo, su patria, obligaciones familiares, y laborales para intentar obtener una restitución del honor de su dulce hermana.
Son estas memorias, cuajadas de falsedades, las que cayeron en manos de Wolfgang Goethe y a partir de ellas se fraguó el mito que, a la larga, más que perjudicar, ha servido a la interesantísima figura de don José Clavijo y Fajardo para salir del cerrado y desconocido círculo en el que aún permanecen muchos intelectuales de su talla y época.
Beaumarchais, aquel monstruo, que diría Viera, había escrito en 1767 un drama en cinco actos con idéntico argumento, titulado Eugenio. En él, Clavijo vuelve a ser el hidalgo donjuán, frío y calculador, que seduce a la dulce Lisette.
A partir de esa obra, y haciendo excepción del Clavijo de Goethe que comentaremos seguidamente, surgieron una serie de secuelas, la primera de ellas Norac y Jovalci, de Marsollier, estrenada en el Teatro del Temple el tres de marzo de 1785, y más tarde en Lión ante el propio Beaumarchais. En 1806 se publica Clavijo ou la Jeunesse de Beaumarchais, obra de Michel de Cubiéres Palmezeau y, en 1831, tuvo lugar el estreno de Beaumarchais á Madrid, drama de León Halévy.

El Clavijo de Goethe
José María Valverde cree que Goethe consideraba su Clavijo como una obra de poco empeño. Sin embargo, prosigue, en esa modesta línea, Clavijo ofrece una perfecta solidez de construcción, y queda como uno de los mejores ejemplos, en absoluto, del género tragedia burguesa de fines del siglo xviii. La reseña del argumento, en versión de María Rosa Alonso, es como sigue:
En el acto primero, Clavijo y su amigo Carlos dialogan. La familia Beaumarchais, con el español Buenco (que ama en secreto a María, la novia de Clavijo) esperan al hermano que ha de vengar y hacer cumplir al novio su promesa. Una promesa de matrimonio en unas relaciones en las que la joven no ha perdido más que el corazón. Llega el hermano y termina el primer acto.
En el segundo, Clavijo en su casa. Beaumarchais y un amigo entran a visitarle; aquél se presenta como un francés y le habla de sus méritos como director de El Pensador. Luego le cuenta sin referirse concretamente, la historia de su hermana. Clavijo va agitándose por momentos. Un joven de las islas Canarias dice el francés, frío, tranquilo. Al fin, el hermano se descubre y obliga a Clavijo, ante los criados, a firmar su condenación y promesa. Éste lo hace y arrepentido de su conducta anterior pide a Beaumarchais que interceda con su hermana para que le perdone. Al cambiar la escena, el amigo Carlos le amonesta por la determinación, pero Clavijo está decidido a casarse con María.
En el acto tercero, se arroja a los pies de su novia, suplica y obtiene el perdón. Buenco no cree en su protesta de amor. Beaumarchais llega y al ver tanta nobleza rompe el documento que le firmara de antemano y se lo entrega.
En el acto cuarto, Clavijo y Carlos hablan. Carlos insiste en reprocharle su conducta y en haber estropeado su carrera de Archivero del Rey. Le señala que su novia está enferma, tuberculosa. Le pinta el cuadro de un matrimonio desdichado. Clavijo le contesta que ella está así por su culpa; luego añade que en efecto está muy distinta. Al fin cede. La persuasión ha sido puntilla azuzadora, perforante y el carácter débil, tornadizo, fatuo y mujeriego, más por presumir de mujer que por la mujer misma, se inclina. Acuerdan la trama aun cuando no quiere hacerle daño a Beaumarchais. Éste llega a su casa y dice a las mujeres que Clavijo no está en la suya. Una carta de aquél (dictada por Carlos) le dice que le acusa de suplantación de nombre, de haberle forzado en su declaración, etc. María se desmaya y muere. La escena es de ira y de dolor.
En el acto quinto, Clavijo y un criado ven el entierro de María. Se angustia el galán y se arroja sobre el cadáver. Beaumarchais le atraviesa el pecho. Antes de morir le cuentan la muerte de ella, con el nombre suyo en los labios. Pidiendo perdón y encargando a Carlos que no intente salvarle a él y sí a Beaumarchais, muere.

Matrimonio y muerte
Como hemos visto, pasado el huracán transpirenaico, Clavijo recuperó su posición y prestigio. En fecha que desconocemos contrajo matrimonio don José Clavijo con doña María Teresa Martín-Valmojados y Agua, natural de Fuente la Encina, en el arzobispado de Madrid, hija legítima de don Francisco Martín Valmojados y doña María Agua, que lo eran de Casarrubios del Monte y Peñalver, respectivamente.
Don José Clavijo murió en Madrid, de avanzada edad, después de una productiva existencia. La Gaceta de Madrid, del viernes primero de mayo de 1807 publicó la siguiente necrológica:
El día 3 de noviembre pasado, falleció a la edad de 80 años, 7 meses y 8 días, el Sr. D. Josef Clavijo y Faxardo, director jubilado del Real Gabinete de Historia Natural, con honores del Consejo de Hacienda, individuo de las Academias de Historia Natural de Berlín y de Copenhague, y de la Sociedad de Amigos del País de la isla Canaria. Sirvió a S. M. desde el año 1745 en distintos empleos y comisiones de la mayor importancia, hasta que en 1802 se dignó S. M. jubilarlo con su sueldo y honores en atención a su avanzada edad, y a sus muchos y buenos servicios. En su juventud publicó la obra intitulada El Pensador, y otras varias, merecieron aprecio entre nacionales y extranjeros; hizo varias traducciones del francés y finalmente la de la Historia Natural del Conde de Bufón, tan estimado de los sabios, y dejó escrito en latín, francés y castellano un diccionario de Historia Natural, que sería muy útil que se diese a la luz. En el discurso de su vida no cesó de dar pruebas de su gran mérito literario, y del más ardiente celo por el servicio de S. M., ejercitando en el retiro en que vivió las virtudes cristianas, entre las cuales sobresalió especialmente su caridad con los pobres.

Carlos Gaviño de Franchy
Editor e investigador

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