Leyenda de la Princesa Ico

ICO, Princesa de Lanzarote (Leyenda)
Luis Diego Cuscoy

Alguien contó la leyenda con sabor y estilo de antigüedad.
Lanzarote es la primera isla que se interpone en las rutas que vienen de Europa. La encuentran los navegantes como una rosa tostada de soles, abierta al cielo del Sur. Ha oído voces múltiples y sorprendidas. De tanto ser soñada por navegantes, ella misma es también como un sueño.
Y como un sueño, estas cosas que ahora—finaliza el siglo XIV—se dicen a los aires que ruedan por el mundo.


Reina en esta isla—rosa y sueño— un rey llamado Zonzamas. Comparte con él los trabajos de reinar su esposa Fayna. En los episodios legendarios de la isla se encuentran escritas estas cosas:
Zonzamas= Rey,  Fayna=    Reina
Llega un caballero vizcaíno en nave de nubes y espuma. Se llama Martín Ruiz de Avendaño. Se dice en Lanzarote que aquel caballero vizcaíno y la reina Fayna se aman. Se dice en Lanzarote que de aquellos amores nació otra rosa y otro sueño. Ico
A Zonzamas sucede en el trono su hijo Timanfaya.
Tropel de piratería alborota la isla donde una leyenda se fragua. Y una armada de sevillanos y vizcaínos arrasa la costa. Entre las 170 personas apresadas, que se llevan a Europa, van Timanfaya y la reina.
Isla sin reyes no la vieron los siglos ni la historia.
Sucede a Timanfaya su hermano Guanareme.
Guanareme= Rey,  Ico= Reina
Muerto Guanareme, la sombra de Martín Ruiz de Avendaño—la sombra de su nave y de su lejano amor—, vaga agitada sobre Lanzarote.
Ico… Ico… Ico…
Ico tiene la mirada azul., Es blanca y rubia. En torno a ella hay como un torbellino de nubes y espuma. Las mismas nubes y la misma espuma que nimbaron de cosa de maravilla la nave en que arribó a Lanzarote Martín Ruiz de Avendaño.
Ico tiene la mirada azul. No salta en sus ojos la chispa ardiente de los ojos negros de las mujeres de la isla. Ico es blanca y rubia; no como sus hermanas de isla, morenas de soles y brisas.
Cuando a la muerte de Guanareme ha de subir al trono Guadarfia—hijo de Ico y Guanareme—, a los vientos de Lanzarote se lanza la voz de que el príncipe no lleva en sus venas pura sangre de reyes, ya que el nacimiento de Ico sigue teniéndose por cosa de nubes y espuma. Por lo tanto, para admitir en el trono a Guadarfia, debe probar antes la madre su pureza dejórigen. Y se le dice a Ico que debe someterse a la prueba del humo.
He aquí a Ico—blanca y rubia— que va a probar ante su pueblo cosas de sangre y estirpe.
Consiste la prueba en encerrar a Ico, «en compañía de tres villanas», en una pequeña cámara «donde se haría un humo continuo capaz de sofocarlas, de manera que, si moría la reina al mismo tiempo que las villanas, sería una demostración concluyente de su poca nobleza; y si vivía, sería respetada por noble.»
Una mujeruca que vive en embruadas peñas y que con aire de sibila se acerca a Ico, aconséjala—cuando la hora de la prueba se acerca—que lleve oculta una gran esponja empapada en agua, y que cuando se vea envuelta en humo, respire a través de la esponja húmeda.
Llega la hora y, reina y villanas— como en las clásicas escenas de martirio—entran en el aposento destinado a la prueba.
Se pierde aquel torbellino de nubes y espuma en este sofocante humo que ha de dictar sentencia. La rosa y el sueño en humo de muerte.
Pero—esponja o milagro de la leyenda—Ico sale a la luz, rubia y blanca, vencedora de la prueba terrible. En la cámara yacen—pardos y tristes ovillos enredados—las tres mujeres villanas.
Ico… Ico… Ico-
Sobre su pueblo otra vez. Que la prueba dejó su verdad y ya Guadarfía puede ser rey de su isla.
Pero siguen vagando sobre la isla sombras de piratas. Estallan sobre Lanzarote rebeldías incontenibles, animadas por vasallos descontentos. Guadarfía reina, pero no halla so voluluntad la paz que quiere.
Ico se pierde en el torbellino se arremonta sobre Lanzarote. Como los delicados personajes de las leyendas, se pierde en el momento culminante.
La primera isla que como una rosa tostada encuentran los navegantes que vienen de Europa, va a asistir a la desaparición de su última dinastía de reyes.
Llega un caballero normando y se adueña de la isla. Después de Guadarfía, Juan de Bethencourt. Aquí acaba todo.
Acaso la nave de Martín Ruiz de Avendaño siga haciendo misteriosas recaladas en el dorado litoral. Y acaso también—la sombra de Ico surja como una rosa o como sueño por encima del humo de las hogueras en cualquier noche con milagro de estrellas en el profundo cielo de la isla. .

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