Los leones de la plaza de Teguise

C.D.G.28
En cierta manera, el paso de los siglos no ha cambiado la esencia de la Villa. Sólo hay que ver sus casonas señoriales con grandes ventanales a través de los que se ve pasar la vida. En los años ochenta se inició una fuerte campaña de rehabilitación logrando la declaración de Conjunto Arquitectónico Histórico Artístico.

Entre los monumentos más destacados se encuentra el Palacio Spínola, el Convento de San Francisco, la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, el Convento de Santo Domingo y el Castillo de Guanapay fiel reflejo de la importancia que tuvo Teguise como centro cultural y religioso, además de primera capital de la isla-. Pero la Villa es sobre todas las cosas un enorLeandrome pozo de historia.
Uno de sus vecinos más ilustres, el escritor Leandro Perdomo Spínola, que vivió y falleció en Teguise, contaba en uno de sus libros de crónicas la verdad que se esconde detrás de una de las figuras más fotografiadas de la Villa, los leones que custodian la plaza.
Don Leandro no entendía bien esa querencia de los turistas por sacar la cámara y encuadrar “esa modesta obra escultural de cemento armado que a través de los años sigue inmutable bajo la intemperie de los días y las noches como la roca firme frente a los embates del mar, frente a los embates del tiempo”. El escritor contaba que estos leones fueron hechos por su abuelo Francisco Spínola Gómez, y el único propósito de hacer con sus manos estas figuras fue una simple ocurrencia. Los Spínola de Lanzarote siempre destacaron por su amor al arte. El abuelo de Leandro tenía que interpretar el papel de Otelo en la plaza, y al ver que este lugar se encontraba muy desnudo decidió moldear de forma rudimentaria esos dos leones.
El escritor lo recuerda así: “Y ya ven ustedes cómo son las cosas, las de la vida y el arte: esas dos esculturas moldeadas rudimentariamente allá por los años veinte con fines simples de ornato urbanístico, iban a convertirse con el tiempo en un particular atractivo turístico… Yo no sé qué tienen esos leones de mi abuelo, no sé qué es lo que de ellos emana, que sin ser obra de arte propiamente dicha las gentes a ellos se acercan, les pasan la mano por el lomo, se les quedan mirándolos y, en un impulso espontáneo, descuelgan la máquina del hombro y quedan fotografiándolos”.

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