Lorenzo Betancort Cabrera (II)

Por Francisco Hernández Delgado

Don Lorenzo Betancort Cabrera fue uno de los siete hermanos que tuvo José Betancor (Angel Guerra), y si bien este último fue el que dio fama a la familia, don Lorenzo trabajó siempre por Teguise. Es de destacar su inquieta labor en pro de la cultura y sobre todo en mantener viva nuestra fiesta del Carmen, concreta­ mente en la del año 1946 en la que en su propia casa expone una serie de obras, fotografías y objetos que recordaban las costumbres y virtudes de los primitivos habitantes de Teguise.
Por todo ello, y siendo alcalde de Teguise don Luciano Betancort Lemes, se le nombra hijo predilecto de Teguise.


A él se le debe la copia del valiosísimo documento de la «Representación de la Junta Municipal de Beneficencia a S.M. reclamando el restablecimiento del Hospital y cuna de Niños expósitos)) publicado por S. Jiménez Sánchez, y cuyo original no se encuentra en el Archivo Municipal de Teguise por lo que hemos hecho entrega a la encargada del mismo, María Dolores Rodríguez, copia de la publicación del documento, que ha llegado hasta nosotros a través del Museo Canario.
Todo este preámbulo viene a cuento porque vamos a publicar hoy un documento importante en la historia cultural de Teguise, no conocida hasta hoy, y que debe también a don Lorenzo Betancort Cabrera el que haya llegado a nosotros su copia. El escrito es parte de una documentación en la que Teguise, y en su nombre el Procurador, reclamaba una escuela:
«El Procurador Síndico más antiguo de esta Villa Capital ante V. por el recurso que más convenga en beneficio del pueblo que represento y sin perjuicio de usar de cualquiera otro que nos competa comparezco ante V. y digo: Que una de las principales atenciones que la Nación reunida en Cortes tuvo presentes al sancionar la Ley Fundamental de la Monarquía, fue la instrucción pública, como uno de los más sagrados objetos que en toda sociedad bien organizada deben ocupar el desvelo de los Padres de la Patria, porque conocieron que sin estas primeras bases, jamás adquiriría el español aquel grado de ilustración que le hace brillar entre las naciones cultas, realzando sus virtudes en todos los sentidos. Así es que para estimular en cierto modo a que todos sepan leer
y escribir a lo menos, decretaron que pasando el año de Mil ochocientos treinta, ninguno podía gozar de los derechos de ciudadano sin que tuviera estas cualidades indispensables. Pero por desgracia muchos ciudadanos del pueblo de Lanzarote se van a ver privados del derecho de tales, por falta de instrucción pública y de medios para poderla establecer. Las Cortes tienen decretado que en todos los pueblos de la Monarquía haya escuelas de primeras letras, abriendo las puertas a los recursos que para los Ayuntamientos y autoridades usen de ellos. En los pueblos donde los fondos públicos alcanzaban para llenar estas sagradas atenciones se apresuraron a establecer escuelas dotando a los maestros de tondos. El Personero y el Pueblo están bien persuadidos de que este cuerpo municipal no ha perdonado medio alguno para poner en planta a lo menos una escuela donde los ciudadanos pobres y aun ricos pudiesen con franqueza enviar sus hijos a aprender, o adquirir los primeros sentimientos de la religión de nuestros padres, las máximas de la buena moral y las obligaciones civiles para vi­ franquicias, derechos y libertades. Y también está persuadido el mismo pueblo que denegándole al Ayunta­ miento cuantos recursos ha hecho acerca del particular, apuró los últimos esfuerzos de un verdadero celo y estableció una escuela provisional­ mente, dotando un maestro público con una asignación tan mezquina que dentro de poco no podrá subsistir. El Ayuntamiento sabía muy bien que cuando el Capitán Gaspar Rodríguez Carrasco el cuatro de Julio de mil setecientos once fundó el convento Dominico suprimido de esta Villa le donó veinte y seis fanegas de tierra y cinco celemines labradías situadas en las inmediaciones de este Convento, con obligación de que sus religiosos habla de dar escuela de primeras letras y latinidad, porque la mente de aquel piadoso bienhechor fue que en su patria hubiese un establecimiento de educación de que absolutamente se carecía y efectivamente desde aquellos primeros días hasta estos últimos años hubo una clase a quien muchos lanzaroteños debieron su educación, su felicidad y la de sus hijos. Y dado que los fondos propios del Ayuntamiento se hayan reducidos al arrendamiento de la Vega del pueblo, pues aunque existían los arbitrios de entrada de vinos, estos en el día no se cobran porque los pueblos creyéndose facultados para hacer lo que les acomode, ni permiten dicha cobranza del derecho de entrada de vino y acaso ni lo hacen ni lo dejan hacer y si lo cobran tal vez algunos se queden con él. Y de aquí ha resultado que los fondos propios en estos tres años últimos han perdido más de cuatrocientos pesos, cuya cantidad hubiera servido para muchas atenciones y urgencias de la Isla. Mas en la afortunada época en que nos hayamos a la sombra de un gobierno benéfico y justo y sostenido por unas autoridades amantes de su Patria y del sistema, es el tiempo en que el pueblo respira y reclama sus derechos perdidos y aquellas franquicias que les concede las nuevas instituciones y las leyes y decretos de las Cortes y del Gobierno. Ya dije más arriba que el Capitán Rodríguez Carrasco opinaba de la misma forma en que hoy lo hace el pueblo de Lanzarote.»
Así terminaba parte del escrito y estaba firmado por Carlos Mateos Monfort a diez de mayo de 1822.

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