Dolores Herrera Pérez (Pasión por deshilar)

Fuente: Rostros de un paisaje (Miguel Hernández)

Por Paula DelgadoDolores Herrera Pérez
Periodista

Natural de Fuerteventura pero afincada en Lanzarote desde hace cuarenta años, Dolores…, Lola, lleva el arte del calado en la sangre. Su abuela se lo enseñó a su madre y ésta a ella. Recuerda con nostalgia como «nuevas y ancianas», sentadas en corro, compartían vivencias al compás que marcaban las agujas y los hilos. Junto a ellas, nuestra protagonista confeccionó parte de su ajuar. Aquellas prendas hechas a mano que a día de hoy todavía conserva y que trasladó a su nuevo hogar cuando formó su propia familia.

No ha tenido hijas mujeres pero a lo largo de su vida ha contribuido como la que más en la labor de guardar, mejorar y difundir esta costumbre tan canaria y tan propia de su tierra natal. No en vano los calados bordados a mano han caracterizado desde siempre a la Isla majorera. En épocas de vacas flacas aportó su granito de arena a la economía del hogar precisa­ mente confeccionando calados para las familias más pudientes de aquella sociedad isleña. Mantelerías, juegos de cuna, bandejas, no había nada que resistiera a la destreza de esta mujer enamorada del calado.
Dolores guarda sus manualidades como si de oro se tratara. Atesora manteles, sábanas, tapetes, vestiditos infantiles y toallas, entre otros muchos re­ cuerdos, y cuenta que se los dejará a sus hijos y nueras a modo de herencia para que los mimen como hasta ahora viene haciendo ella misma y «luego así pasen a ser de mis nietas», sostiene. No quiere que se desvanezca esta tradición artesana que se ha pasado en las Islas de generación en generación transmitiéndose de madres a hijas. Por eso lamenta la pérdida de interés que constata en la juventud actual respecto a este arte. Le pesa tanto que hasta se le llenan los ojos de lágrimas al meditar tal posibilidad. Como intentado no pensar en ello y buscando otra distracción consigue que sus manos arrugaditas por los años acaricien melancólicas el vestidito que bordó especialmente para el bautizo de sus hijos. La prenda tiene la edad de su hijo mayor, más de cuatro décadas, sin embargo, conserva intacta el diseño que Lola creó para adornar la tela. Geometrías diversas y llamativas que aplicó deshilando fibra a fibra minuciosamente. Y es que esta conejera de adopción maneja a la perfección la técnica. Los calados de Lola destacan por su gran dificultad. No presume de ello pero tampoco lo oculta y hasta se atreve a asegurar que los calados y encajes son una de las manifestaciones más bellas de la artesanía regional: «la roseta es muy bonita pero es muy falsa».
En Fuerteventura vive una de sus hermanas y Lola sonríe feliz de saber que ella se los trasmitirá a sus hijas. De este modo, la familia asegura la tradición. Dolores sobe que las mujeres de su familia sienten la misma pasión que ella cuando de calados se trata.

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