Agustina Páez Guadalupe (Gracioseras)

Fuente: Rostros de un paisaje (Miguel Hernández)

Por Ruth CorujoAgustina Paez.jpg
Periodista

Agustina Páez lleva gracioseras desde hace más de cincuenta años entre sus manos y su corazón. Para trabajar en la casa, alrededor de la cocina, de sus empleitas y su costura, le resulta más cómodo vestir dos trajes superpuestos y ligeros, un doble vestido que recibe a la recién llegada con un grato acogimiento y le ofrece una tacita de café. Su voz suena a matriarcado, a dulzura y firmeza, a transparencia. «Inocencia [Páez] fue la primera que hizo gracioseras.

Con ella aprendí yo. Iba a coser a su casa porque yo no tenía máquina. Luego, recién casada, tuve máquina y continué aquí». «Hace ya 51 años», indica su marido, que sigue atentamente la conversación y saborea el café recién hecho. La cocina, centro de reunión de la casa, huele a café y a ritmos sosegados, a esos momentos en que se encara la vida de frente, se escucha al otro y se mira sin prisas a los ojos. Hace años, el tiempo no le daba para aceptar encargos porque el trabajo abundaba. «Ahora hago menos gracioseras. Me han operado varias veces. Y mira las piernas…». Habla de sus dolencias con naturalidad y aceptación, y vuelve a animarse al facilitar datos sobre los encargos: «Ya no quiero hacerlas sin medida, porque así estamos todos contentos. Vienen aquí, tomo las medidas y luego se las mando por correo a la Península y hasta al extranjero. Azul marinas, blancas, rojas, amarillas y también de trocitos».
Agustina, su marido y su hermano se remontan décadas atrás a la distribución de tela de mahón entre los trabajadores del pescado que acudían cada día a la fábrica de salazón. «Don Andrés trajo el mahón de fuera y les dio una muda, una camiseta y un pan­ talón. Era una tela buena y fresca, los italianos la usaban mucho y de ahí tenemos las gracioseras que usan los pescadores». El mahón se sustituyó por la franela, que se compraba en Haría, «en casa de los López», y el camino que une Caleta del Sebo con Haría forma parte de otra historia -merecedora de elogio y reconocimiento– que protagonizan generaciones de gracioseras cruzando ‘El Río’ de madrugada, cargando leña y pescado sobre sus cabezas, subiendo el Risco de Famara y caminando hasta Haría para vender los frutos del mar, comprar millo, tostar y regresar cargadas a Lo Graciosa para poder abrazar a aquel
que vestía camiseta y pantalón de mahón azul marino, pañuelo amarillo al cuello y sombrero graciosero.

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