Juan Betancort Machín (Calero)

Fuente: Rostros de un paisaje (Miguel Hernández)

Por María José TabarJuan Betancort Machín
Periodista

Mueca guasona y temperamento curioso para un calero. Lo peor, dice Juan, de trabajar en la calera no era trabajar de sol a sol, ni llevar al cogote pedruscos de hasta 50 kilos (a él, menudo y jovencito, ni se le veía … parecía que el bloque caminaba sólo). Lo peor era «volver a casa y no poder comer mojo», de tanto que le escocían los labios, por el efecto irritante de la cal. Trabajaba con sus hermanos y re­ conoce que era muy duro, pero que no había otra cosa. Y el estómago, además, no consentía a su dueño ser pejiguero con la elección laboral. Había que comer. Y pasarlo lo mejor posible.

Su mujer recuerda que andaban todo el día diciéndose perrerías y riendo, lo que el olor y la solaja permitían. Juan pasó por tres caleras distintas, con dueños distintos. Desde la primera época donde casi todo era manual, hasta el último estertor de esa industria que transformaba la roca calcárea en material para revestir las casas y construirlas. Durante muchos años, dejó importantes beneficios y tiñó de negro el cielo de la isla. Cuando las caleras murieron, Juan se enroló en Transmediterránea como mecánico y conoció bien las gran des ciudades del Mediterráneo. «¿No dicen que en la Graciosa hablan en italiano? Pues en Mahón y en Palma de Mallorca, en polaco», ríe, sentado en el sofá. Él, por si acaso, cuando hablaba con los mallorquines, era previsor y empezaba la frase diciendo «Y tu madre, más». Por si acaso.

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