Silencio elocuente

MARÍA JOSÉ LOZANO GÓMEZ– Cádiz
FINALISTA

Querido amor:

Cuarenta y ocho euros. Ese el precio del lavado de mi conciencia, del quitamanchas de mi alma. Esas nubes negras me acechan en el camino hasta tu casa y este suelo adoquinado no congenia con mis zapatos negros de tacón … Será que el dolor de mis pies se quiere sumar al de mi alma.

No puedo cambiar el pasado. Te traicioné por una fruta prohibida y podrida a la que hice partícipe de nuestros problemas de convivencia y del hastío emocional de mi alma. Enjugué mis lágrimas en el pañuelo de la infidelidad y alegué en mi defensa que el primer amor no se olvida, pero no supe darme cuenta que yo era la fuente de la que bebieron tus besos primeros. Como dijo Oscar Wilde, la compasión nunca puede sustituir al amor, ni hay disfraz que pueda ocultar el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no existe; pero creo también que el amor vuelve a renacer cuando los seres humanos, tan necios, no damos cuenta de haberlo perdido.

Te comportaste como el señor que siempre habías sido. Nunca tu silencio había dado un discurso más elocuente: hay quien merece ser amado y muere sin paladear las mieles de la pasión, y hay quien es amado más de lo que merece. Esa soy yo.

El amor es un largo camino que va desde la excitación a la serenidad. Las piedras de la convivencia se van colocando caprichosamente dando lugar a diversos senderos, que a veces van cerrando el camino, no dejando pasar a la ternura, ni a la ilusión ni a las caricias. Perdóname, querido Pablo, porque no supe entender que me amabas como yo aún no había aprendido a amarte.

Cuatro euros cuestan cada una de las doce enormes rosas rojas que ahora coloco, junto a mi carta, sobre tu portal perfumado de albahaca y romero. Nunca me bahía atrevido a venir, por miedo o vergüenza. Siento pánico a cruzarme con tus ojos, tus azules ojos tal vez teñidos de odio y olvido. Perdóname, te lo suplico; te juro que desde el día que te fuiste, la culpa es la única que se acuesta en mi alcoba. Tengo repletos los bolsillos de los pedazos de nuestra relación; permite que recomponga los bellos recuerdos y rehúse de los trozos de la traición, del dolor y las mentiras; la vida es sólo un parpadeo en una noche de desvelo y el diablo pinta canas con un chasquido de sus dedos.

Nunca he sido demasiado creyente pero, créeme, estoy rezando con los ojos fijos en la pequeña Virgencita de tu puerta con una fe para mí desconocida, implorando una nueva oportunidad. Déjame decirte que lloro cada noche, con tu foto bajo mi almohada, y me acuesto temprano, con la esperanza de acariciarle en mis sueños. La melancolía es el refugio de los amores perdidos, y el sueño la morada de los cobardes. Me sacio en los manantiales del recuerdo; mi espíritu se alimenta del pasado mientras mis manos vacías recogen los pedazos de un corazón maltrecho.

He tirado las cortinas verdes que tanto odiabas, y el sofá donde mancillé tu nombre. He pintado la casa del color que siempre quisiste y he rociado cada rincón con tu perfume. He vuelto a alquilar «La fuerza del cariño” para llorar, como lloré contigo, y he aprendido en inglés la canción “Every breatb you take”, para cantártela al oído. Tienes derecho a repudiarme… si ya no me amas. Pero, por favor, que el despecho no venza a la cordura, que no sea el orgullo quien me condene al destierro de la soledad eterna. Que sin ti, para mí no hay mañana.

Creo que Dios me sonríe desde el cielo cuando un rayo de sol acaricia mi rostro colándose entre las negras nubes. Guardo un secreto: estoy embarazada. Disculpa mi temeridad, pero eso me hace inmensamente feliz. No creas que pretendo jugar contigo, no es una moneda de cambio, pero mi dignidad me empuja a no mentirte nunca más. Si no deseas conocerlo, in­ tentaré mirar hacia el frente soñando cada noche con su primer amanecer de plata, aunque tenga que recordar a cada paso que en mi vientre duerme, al compás de una nana amarga, lo único que me queda en la vida. Mientras, en la cama vacía, mi alma sentirá el consuelo de saber que no hay amor más grande, más ciego y más loco que el de una madre que acuna en las rendijas de su alma, lo que me quedó de tu inmenso amor.

Está anocheciendo. Espero que hayas leído esta carta hasta el final. Volveré a enfrentarme con mis miedos, en mi vacía casa. Hace frío y las hojas crepitan bajo mis pies, en la calle desierta. El murmullo de viejas charlatanas ha dado paso al silencio aterrador. Hasta pronto, amor. Llámame, por favor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s