Máster para quererte en los rincones

AMANDO GARCÍA NUÑO– Madrid
FINALISTA

Al principio, lo recuerdas sin duda, fue un amor de dormitorio. Una tempestad en el océano ele sábanas convulsas y desnortadas. Una cascada de fluidos despeñándose por el torrente sin fondo del deseo. Fueron años de fragor ele besos, de crepitar ele alcoba, de explosión en los alfombras del conocimiento. Firmaron como testigos ele nuestra unión las cortinas ele diseño surrealista, nos sirvió de cobertizo fugaz el edredón de boda ele aluna prima, rompimos el silente asombro ele vecinos tras el tabique ele la monotonía. Nos buscábamos en el oleaje sin fin del dormitorio, sin interrogar al futuro que dormitaba lejos del cuarto alquilado y frío. Fuimos expertos en los susurros de la piel, especialistas en la danza de cuerpos hacia el infinito, alumnos aventajados en labios y pasiones. Así fue al principio, aún lo recuerdo. Fin de la lección primera.

Querernos en la cocina resultó, por supuesto, gustoso y placentero. Un cariño de cacerolas acuclilladas sobre quemadores de gas, ele llama chispeante y azulada como la que desprendían tus ojos al mirarme. Por los estantes almacenábamos botes tan repletos de palabras como de silencios cómplices. Hervía la ilusión en las cafeteras del consuelo. Se nos llenó de vida la nevera, y no sólo ele la nuestra, sino ele otras vicias, que rebañaban afanosas restos ele espaguetis en la diana sonrojada de los platos. Nuestra historia se fue adobando de aromas a orégano y limón, rebozándole en la harina de las sonrisas satisfechas, aliñándose en el discurrir sin fondo de las vajillas de la dicha.

Hubo escarceos para sentir el amor en lugares que no han dejado apenas marca en mi memoria. Nuestro paso por la terraza, el tendedero, el cuarto de la plancha… Los recuerdos se van desbrozando a lo largo de variados escenarios que, a menudo, no son sino el fondo de una representación en pugna constante con la rutina. No dejan huella. Tampoco el trastero, donde llegamos a almacenar contados resquemores, ni el cuarto de estar, que siempre nos pareció un espacio huérfano de pasión, como un ciclón de mesa camilla. Vivimos, eso sí, una apacible época de amor desde el salón, una etapa majestuosa, serena, transitada con la suficiencia de quienes creen haber vivido todas las etapas del cariño y se amodorran sobre una acomodada felicidad de sofá y televisión de plasma. También aprobamos esta asignatura, aunque tuvimos que repetir examen en septiembre. Y durante los últimos años, hicimos un máster amatorio en cuartos de baño, con su juego de espejos reflejando el baile infinito de miradas, con sus remolinos líquidos de ternura girando rumorosos hacia el conmovido desagüe del cariño. Tesina cum laude.

Y ahora, estamos aquí, en el pasillo. Respirando el gozo suave de encontramos en un punto cualquiera del presente. Confieso que resulta mi lugar favorito para amarle, desde que he aprendido a sentirte en la fugacidad de tu presencia alada, en la brevedad de tus pasos sobre el parqué. Desde un punto cualquiera del corredor, agarrados de la mano, agarrados también de los flecos del alma, vemos distribuirse las imágenes en blanco y negro de la memoria, reparamos en los cuadros suspendidos en burlón desnivel. Desde el pasillo, decimos adiós a los cuajarones de desamor que se fugan a través de las puertas, para no volver Empezamos, tú y yo, a ser doctores en nosotros, perfiles de paso hacia metas más intimas y secretas, hacia la depuración del sentimiento, hacia el exilio definitivo de la soledad.

Soy feliz amándote en el pasillo. Pero intuyo que pronto sonara el timbre de la puerta. Alguien nos invitará a salir al rellano, más allá de la puerta blindada con anclajes de comprensión. Sospecho que aún deberé aprender a quererte en la escalera, a observar la vida desde el exterior de nuestra casa, desde el exterior de nosotros mismos, a despedirme de todo lo que no seas tú. Haremos horas extras sentados en los escalones que nos llevan al ático, nunca al sótano. No me sorprendería que pronto nos doctorásemos en portales y ascensores, en patios Je vecinos y jardines con macetas. Será un máster de querernos por todos los rincones. A tu lado, nunca acaba uno de hacerse más sabio, de ver crecer el alma a pinceladas, de transitar, casi ingrávido, por los pasillos, como éste, donde habitan todas las formas posibles del amor.

Lema: Gimeno Montes.

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