He perdido tu nombre

MANUELA PADIAL SÁNCHEZ – Durcal (Granada)
FINALISTA

Teguise, a 14 de febrero de 2011

Mi querida …, hubiese debido escribirte esta carta hace tiempo, hace siglos, pero hoy, al pensar que no debía pasar un solo día más, que no debía dejar marchar esta luna, sin ponerme en contacto contigo, hoy he encontrado que he perdido tu nombre. Sí, hoy, cuando el otoño se ha hecho denso, abusivo, y mis manos frías han buscado tu nombre, he descubierto que se había esfumado, que había huido en algún descuido, que había desaparecido, que no se hallaba en el lugar dónde lo dejé hace tiempo, en el cajón de las cosas inútiles.

Te aseguro que no sé cómo ha podido ocurrir, te aseguro, que yo mismo estoy desconcertado. No sé cómo ha sido, pero al comenzar esta carta, he buscado tu nombre y no estaba, no estaba en mi cabeza, ni en las noches cuajadas de astros, ni en la almohada que tantas veces enjuagó mis lágrimas repitiendo tu nombre, ni estaba escondido entre las horas, ni estaba en el silencio de la tarde, ni tan siquiera estaba entre mis libros, atrapado en los poemas más tristes, ni firmaba las cartas del estante de la cocina, simplemente no estaba.

He intentado construirlo, enlazar consonantes y vocales, acoplar las letras del abecedario con sus múltiples combinaciones, pero ha sido imposible, las vocales caprichosas se negaron a formar tu nombre y las consonantes sólo me trajeron sonidos confusos, ajenos, indescifrables… Luego he cogido la agenda de teléfonos, intentando buscar tu nombre entre mis contactos, pero todos eran nombres comunes, nombres corrientes y vulgares, ninguno contenía el sabor de la cuita enredado entre sus sílabas, ninguno parecía tener espinas, ninguno me derrotaba con su pálpito.

Más tarde me he dirigido a la playa, y he buscado tu nombre entre las olas, entre su murmullo incansable, pero el mar ha seguido moviéndose, despeñándose en gemidos repetidos que ignoraban tu nombre y devolvían las olas vacías, calladas.

También he rastreado en el horizonte, entre los cerros cercanos, entre rastrojos amarillos y matorrales verdes, tampoco allí he encontrado tu nombre, tal vez se quedó atrapado entre las rocas más compactas, o entre las tinieblas densas del olvido donde mueren los nombres sin perspectiva.

Y aquí estoy, confuso y rendido, sin ninguna excusa para ofrecerle, sin ninguna coartada.

Te aseguro que no sé cómo ha podido ocurrirme, yo sólo intenté deshacerme de él para poder seguir respirando, sólo intenté huir de sus espinas cuando se presentaba solo, sin que tú lo acompañaras, en las noches más profundas, desvelando mis sueños y acurrucándose en mi respaldo.

También aparecía, de manera repentina, en los días más hermosos, en esos días claros donde la mañana se ofrece tibia, entonces, como un animal casero, tu nombre me seguía y se instalaba en el sillón de la oficina, se derramaba por los folios en blanco, por los recursos de apremio, por los apuntes contables, por las cartas oficiales.

Los días de viento, tu nombre, se envolvía con las sílabas del aire, y se alojaba en mi oído con su melodía cansina, por eso intenté mil veces esquivarlo, sortearlo entre los charcos de la lluvia, evadirlo, sacudirlo de mis ropas, extraviarlo entre los papeles que almacenaba en el archivo.

Un día sucedió de mañana, luché con todas mis armas, con todo el empeño, y conseguí atraparlo para siempre; lo tomé con cautela y lo arrojé al cajón de las cosas inútiles, al cajón ele los bolígrafos sin tinta, de los calendarios antiguos, ele los relojes sin minutos, de las llaves de cerraduras desvencijadas, y allí lo dejé hasta hoy. Desde ese día nunca más me robó el sueño, ni usurpó mi asiento, ni enredó mis escritos, ni asaltó mi cabeza con su susurro sombrío.

Pero hoy, cuando por fin me he decidido a escribirte, a contarte que sin ti los años han pasado vacíos, que nada en el mundo me dolió más que tu ausencia, que la vida sin ti se me volvió esquiva y huraña, hoy he sabido que he perdido tu nombre, y no tengo alegatos para explicarte que lo arrinconé y lo dejé abandonado, atrapado en una soledad insoportable.

Tal vez aún pueda encontrarlo, tal vez no sea demasiado tarde. Quizá tu nombre se escabulló por una rendija y se introdujo en el cajón que no he abierto desde entonces, el cajón dónde guardo tus manos de aire, dónde guardo las dudas que no te llevaste aquella noche, dónde guardo el sabor de tu boca, el tacto de tu espalda de espuma, el aleteo de tu sonrisa y el olor de tu bufanda ¡Tal vez no sea demasiado tarde!

Ahora me despido de ti, sabiendo que aún permaneces, aunque ya no tengas nombre, aunque el mar se haya llevado para siempre tus palabras, aunque ya no pueda recordar tus ojos, aunque haya olvidado el aroma de los besos de entonces, y yo no haya vuelto a llorar por las mañanas. Hasta siempre,

El tipo de la camisa de cuadros.

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