El trazo de la bisectriz

ISABEL GARCÍA VIÑAO – Jaca (Huesca)
FINALISTA

Me pregunto si sentirás tristeza por habernos rendido o si serás feliz porque hayamos abandonado la guerra.

A ti, a quién amé con locura:

Sé que nuestro amor se ha ido quemando con el paso del tiempo. Aquellos que fueron amaneceres luminosos se han ido convirtiendo en ocasos foscos; las miradas tiernas, en ojos distantes y recriminadores; los besos apasionados, en fríos contactos;… Hay que aceptarlo, son la leyes del tiempo las que se imponen si desde el principio vas dejando que se instalen en la relación y no les sabes parar los pies. Lo que en realidad ocurre es que, a veces, el desamor, teniendo la costumbre y la monotonía como aliadas, va venciendo las batallas. Sin apenas darnos cuenta vamos cayendo en el pozo lóbrego del desamor pero no hay que culpar a nadie! Las cosas son como vienen. Debemos ser comprensivos y prácticos, en nuestro caso el amor llevaba la fecha de caducidad marcada en nuestros corazones. Porque ¿acaso un capullo no se transforma en rosa lozana y luego pierde los pétalos? Pues así el amor. Y cuando acaba (¡ay!, cuando acaba): escoba y recogedor. No queda otra.

No es fácil admitir que se vaya perdiendo la parte que mas sentido daba a la vida en el pasado, que algo tan valioso caiga en el caldero de las cenizas, que ya no soplen los vientos que impulsaban las velas y que se desvanezcan en el aire las alas que atravesaban los sueños. ¡No es fácil! Nada fácil, pero hay que reconocer que es una de las realidades de la vida.

Me cuesta entrar en la casa desierta cuando llego del trabajo, pero, si te encontraras dentro, tampoco encenderías mis días. Ya no podrías seguir siendo el ladrón de mis minutos, de mis horas, de mis sueños, de mi vida,…El desamor es una realidad que se ha instalado en nuestras vidas. Sé que no quedan cenizas que con soplos puedan volver a prenderse. Ya no podríamos derramar la alquimia en los huecos de la realidad que se va instalado entre nosotros ni aún poseyendo una varita de hadas. Resucitar nuestro amor es tan imposible como pedir peras al olmo o suplicarle que cubras todo el cielo con una mano.

Te escribo estas palabras confesándote que, aunque me cueste aceptar la bisectriz del ángulo que partió nuestras vidas, debemos ser conscientes de la realidad. Esa línea ha mutilado nuestra identidad en dos mitades imposibles de unir o encolar. Los años nos han dado la experiencia suficiente para aceptar lo que sucede, porque todo se desgasta, se oxida, o se envejece. Hasta las lágrimas derramadas por los sinsabores del desamor se van convirtiendo en fósiles de recuerdos azulados.

Hoy siento soledad. Sí, el vacío -que en realidad no es nada- se me hace inmenso. ¡Qué paradoja! Pero esto no quiere decir que te esté suplicando que vuelvas. Cómo voy a pedirte algo tan ilógico si tu tono de voz ya no llega a mi corazón, si tus miradas no me iluminan el alma, si tus caricias no me estremecen,… Y sé que tanto tus palabras, como tus miradas, como tus caricias estaban urdidas en la costumbre y no en el sentimiento del corazón. O peor aún, en la pena. Por eso decidí plantarle cara a la vida y poner punto final a nuestra relación. Tú eras incapaz de hacerlo, aunque lo estuvieses deseando. ¿Para qué más mentiras de cenas de trabajo si sabía que preferías irte de copas con los amigos que permanecer a mi lado esas noches de sábados que en tiempos pasados tanto deseábamos para encender los minutos con besos y caricias de amor?

¿Sabes, cariño -y esta palabra sí que quiero mantenerla hasta el final de mis días por la hija que tenemos en común­ que nuestra relación matrimonial iba en un mismo barco a la deriva? Claro, cómo no vas a saberlo. Pues ya era hora de mostrar nuestro naufragio sin cofre del tesoro, sin monedas de oro, de recoger las migajas de aquel pan que compartimos, de limpiar la amarga hiel sobre la mesa, …

Miro por la ventana, y la tarde de otoño me deja reconocer que las bojas secas que corren impulsadas por el viento son las que en primavera brotaron con el brío de la savia. .Así fue nuestro amor al principio; sin embargo, ahora, somos bojas caídas y rendidas. Hojas con débiles pecíolos que en el pasado eran presagio de que la batalla la estábamos perdiendo. ¡Ay, Manuel! son varias las veces que he usado el corazón como coraza y siempre he acabado maltrecha o malherida. No podía, o mejor, no debía, seguir haciendo inventarios, ni balances, ni llevar asido al cuello un collar de cuentas de madera para analizar los pros y los contras de nuestra relación. En nuestra convivencia se iba marcando una línea que iba partiendo nuestro mundo en dos mitades; dos mitades que nada tenía que ver la una con la otra. El paso del tiempo iba convirtiendo la suma de los detalles de amor en resta, la multiplicación en división. En nuestra vida en común sólo quedaban miserias, hipocresía y un sin vivir con la rutina.

No podíamos seguir soplando las cenizas de fuegos extinguidos para darnos calor, ni desgastar nuestro ánimo en el sólido infierno de la desesperanza. Los meses y los años de los anaqueles del estoicismo los arrancábamos de las paredes con la pequeña esperanza de que la situación cambiara. Pero, no, los venideros eran peores que los que pasaban.

¿Cómo íbamos a seguir navegando en el mismo barco? Porque ¿verdad que son muchas las luchas interiores desgajadas y rotas sobre alfombras de hielo como para seguir colocándonos en el fragor de la batalla sin tirar la toalla?

Como ves, Manuel, a nosotros nos ha ocurrido lo mismo que a la juventud cuando cede ante la edad. Nuestros corazones se dieron animosos a una acorde atadura hace veinte años, hechizados por el fuego de los comienzos, pero, aún tras varios intentos, no hemos podido eludir la parálisis que produce la costumbre.

Cruje el tiempo y basta los recuerdos se resquebrajan. Todo lo que en nuestros ayeres nos dimos va cayendo en el arcón del olvido. Y, por supuesto, a los cuarenta y pico años todavía no es el alzhéimer el que los borra, es el sentimiento del desamor el que involuntariamente se instala en la cabeza y asola lo que ayer construimos juntos, como si fuese huracán o terremoto.

Lo nuestro, Manuel, tenía marcado el fin, porque, última­ mente, nuestras manos estaban inertes y nuestras horas comunes desgastadas como ruedas de molino, de tanto caminar juntos con las mismas suelas de zapatos. En ti mi corazón no tenía forma ni tampoco el tuyo en mí. En suma éramos dos seres que dormíamos en la misma celda de extravío y de derrota.

Por todo lo que hemos construido juntos en el pasado y ante todo por nuestra hija, aún con nuestra relación acabada, soy y seré tuya siempre.

Limón Azul.

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