Concierto para oboe

MANUELA PADIAL SÁNCHEZ  -Durcal (Granada)
FINALISTA

Adagio del concierto para oboe en re menor de Alessandro Marcello.
Segundo movimiento.

Mi querida Elisa, te aseguro que lo he intentado con todas mis fuerzas.

Al principio no distinguí los síntomas, supongo que había pasado demasiado tiempo desde que dejé aparcados los laberintos románticos. Si te soy sincero, creo que había olvidado las señales más evidentes; tal vez me cogió desprevenido y no fui capaz de esquivar esos lances que casi siempre desembocan en derrotas, y que en tantas ocasiones consiguieron acecharme con el sabor del fracaso.

Y es que hace siglos que decidí que estaba excesivamente cansado para hacer frente a las tretas pasionales, que el amor no era una disciplina justa, ni piadosa, ni imparcial, ni ecuánime, que el amor se abrigaba con espinas demasiadas veces, que era capaz de posarse en la ruina con demasiada frecuencia. No sé si el miedo fue el culpable; quizá, sólo fue la pereza de amanecer otra vez con las manos vacías, lo cierto es que poco a poco logré acumular las coartadas suficientes para no caer nunca más en descalabros amorosos.

Por eso no tuve reparos en aprender a escabullirme de las miradas cómplices, ni abandoné en mi empeño hasta encontrar la forma de escuchar el latido de una sinfonía sin que me golpeara los sentidos. Fue así como ingenié el modo de salir ileso de cada noche taciturna, de cada temblor en las manos, de cada boca templada, de cada tacto con hechizo, de cada palabra seductora.

Francamente pensé que lo había conseguido, que había sido capaz de imponerme a los apasionamientos e imprudencias. Sin embargo, aquí me tienes, reconociendo mi derrota.

Al principio, te repito, no distinguí los síntomas. Cuando el sonido desgarrado de tu oboe, se enredó entre las paredes de mi casa, pensé que era culpa de ese estribillo endiablado. Cuando las notas del segundo movimiento de este adagio me sugirieron tus ojos, pensé que había confundido tu mirada en algún descuido. Sin embargo, cuando descubrí que los acordes de mi instrumento se estaban enlazando con la sintonía de tu risa, no tuve ninguna duda.

Desde ese día debo reconocer que mi compás suena distinto, que no he podido desprenderme de la cadencia de tus caderas, ni del acento de tu voz, ni de la escala de tus labios. Desde ese día tuve conciencia que no lograré escapar, que no sabré evitar este desorden.

Lo he intentado con todo el arrojo del que soy consciente, he utilizado todas las argucias que siempre me funcionaron para huir al menor de los indicios, si n embargo, aquí me tienes, atento a tu mirada, deseado que tus ojos coincidan con los míos y logren entender lo que siento; aunque lo único que he conseguido hasta ahora, es saber que mi ignoras, que posiblemente, tan siquiera has reparado en que existo.

Te prometo que me bahía resignado, que había decidido ocultar mi desliz de la forma más discreta. Sin embargo hoy he descubierto algo demasiado peligroso. Ya hacía tiempo que venía sospechando, pero lo he certificado esta misma tarde sin ningún reguero de dudas, frente a este pentagrama que debería haber llenado de signos musicales, de acordes y arreglos, de bemoles y sostenidos.

Soy incapaz de provocar una humilde nota, sin que en ella se enrede el eco de tu estela, sin que en ella se acople el anhelo ele tu piel, ni la esperanza de conquistarte. Como verás no puedo pasarlo por alto, no tengo más recursos. Por eso he decidido aventurarme y dar el paso de escribirte esta torpe declaración en el anverso de un pentagrama vacío e impaciente, que espera mi disposición para convertirse en melodía.

Mañana dejaré esta carta en tu atril, en mitad de tus papeles, entre las partituras de esta sinfonía que ha sido capaz de desatarme los sentidos, de hacerme comprender que sin tu sonrisa no tendrán valor las amanecidas, que fuera de tus ojos no habrá horizontes, que la música de mis manos, sin tus manos, sonará desierta.

Sin otro motivo que el de hacerle saber mi inexplicable flaqueza, espero tu contestación, si te incomoda hacerlo con palabras, estaré atento al susurro de tu oboe.

El violinista.

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