Carta para que recuerdes el mar

YOSE ÁLVAREZ-MESA -Arnao (Asturias)

lº PREMIO

Querida Valle:

Hoy te escribo mi “carta para recordar” número 20. Ayer fue sobre el día que nos conocimos, anteayer sobre nuestro perro Otis, hoy será sobre el mar. No voy a atosigarle con muchos recuerdos más. Sólo los principales, los que merece la pena apilar en tu caja verde con la tapa de conchas. Cuando las nebulosas se te instalen en la mente y yo no esté a tu lado, tendrás cerca mis cartas contándote toda nuestra vida, para que jamás deje de ser tuya, para que nunca deje de ser nuestra.

Hoy te recuerdo el mar. En nuestras primeras vacaciones vimos juntos el mar por primera vez. Era tan inmenso… nos quedamos sin habla, cogidos de la mano y contemplando como bobos aquella impresionante imagen que antes solo habíamos visto en postales y que ahora parecía estar allí para nosotros. Nos impresionó el olor, aquel primer olor a algas, a salitre, a rocas mojadas. La visión de la playa con los barcos surcando el agua a lo lejos, y aquel maravilloso azul que se mezclaba en el horizonte con el cielo, amalgamándolos. Tras un buen rato de contemplación silenciosa, corrimos hacia la arena y dejamos la ropa sobre unas piedras. Parecíamos dos chiquillos que descubren un secreto oculto, nerviosos, riendo y chillando sin importarnos más que aquel momento. Nos metimos en el agua, que estaba completamente helada, pero no nos importó porque era nuestro sueño y nada iba a estropearlo. Nos zambullimos, chapoteamos, braceamos apoyando la punta de los pies en el fondo intentando nadar (aún tardaríamos años en aprender), y después nos tiramos al sol para recuperar el calor que el mar nos haba robado. Tú llevabas un bañador rojo con flores blancas, yo uno de rayas azules, que habíamos comprado años antes cuando empezamos a soñar con ver el mar. Eran nuestras primeras vacaciones en doce años de casados y habíamos estado ahorrando todo ese tiempo para poder hacer el viaje de luna de miel que no habíamos tenido. Nos miramos con la ilusión en los ojos, allí sobre la arena, y nos sentimos tan felices de compartir algo tan maravilloso, que acordamos que en un futuro viviríamos junto al mar, que aquel lugar era un paraíso por el que valía la pena luchar. Y luchamos, mi ángel, y logramos alcanzar aquel sueño tras años de esfuerzo, y hoy vivimos aquí, junto a aquella playa de nuestra luna de miel atrasada, y cada día, desde la ventana de nuestro dormitorio, puedes ver el mar y empaparte en su azul como entonces. Y yo noto la serenidad que te transmite ese azul, aunque ya no lo recuerdes, aunque en tu mente se esfumen esos momentos mágicos que vivimos, aunque el mar sea para ti eso inexplicable que ves por la ventana.

Pero aquí estoy yo para recordártelo, para confabular esas nebulosas que te separan de nuestra realidad, para escribirte cartas con las que puedas evocar todo cuanto olvidaste, y que atesoras, sin saber muy bien por qué, en tu caja verde con la tapa de conchas.

Con amor, siempre Tristán.

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