Carta a Pablo Neruda

MARÍA MATILDE CORREDERA MARTÍNEZ –  Arrecife (Lanzarote)
2° PREMIO

Lanzarote 1973

Estimado don Pablo:
Imagino que habrá abierto esta carta sólo por curiosidad ya que ni mi nombre ni mis apellidos pertenecen al círculo de sus amistades. Permítame que me presente: me llamo Matilde Arrocha y soy maestra rural en un pequeño pueblo de Lanzarote llamado Arrieta ¿Qué dónde está esto?, al Sur de España, en unas islas llamadas Canarias, ¿Había oído hablar de ellas?

Llegué aquí en el año 62 procedente de un pequeño pueblo de Castilla para ejercer mi carrera, ilusionada y a la vez asustada porque no sabía muy bien cómo me iría ni cómo me encontraría tan lejos de mi familia. Y ahora bien, que qué tiene que ver esto con usted, que por qué le escribo: su poesía ha estado siempre a mi lado.

Al poco tiempo de estar aquí conocí a un joven, se llamaba Juan Martín y era marinero, me impresionó su mirada, su forma de hablar, en una palabra, nos enamoramos. El primer día que me invitó a salir a una verbena que había en el pueblo vino con un regalo, no era una alianza, tampoco un perfume, era un libro suyo don Pablo, sí, un libro suyo: Veinte poemas de amor una canción desesperada. Lo leí y lo leí hasta casi aprenderlo de memoria; recitaba sus poemas a mis a alumnos e incluso les mandaba aprender algunos de ellos en actividades de ejercitación de memoria ¿Sabe? Todos los jóvenes de Arrieta conocen quién es usted. Al poco tiempo, este joven me pidió en matrimonio y aquí volvió a aparecer usted nuevamente. Por la mañana, antes de comenzar mis clases, se acercó a la escuela, cogió mi mano, y en ella pum un papel que decía: “Oh tú, la que yo amo/ pequeña, grano rojo/ de trigo/será dura la lucha,/ la vida será dura,/ pero vendrás conmigo”.
Mi marido hacía largos viajes, recorría el mundo, ahora China, después Senegal, ahora Australia, y en uno de ellos recibí una carta, me emocioné cuando en el matasellos vi su procedencia: Isla Negra (Chile). Me contaba que había visto su casa y que incluso casi llama a su puerta, pero que alguien que pasaba por allí le había dicho que don Pablo no se encontraba, que ahora estaba en Santiago en reuniones con el Presidente Allende. También me decía que había visto el café donde su mujer, Matilde, se reunía con sus amigas a primera hora de la mañana para comentar la prensa, estaba emocionado, lo sentía, me lo hacía notar a través de sus palabras.
El año 1971 lo pasó en casa, brindamos, reímos, nos abrazamos al escuchar en un pequeño aparato de radio, en el que no cogíamos muy bien la frecuencia, que le habían concedido el Premio Nobel de Literatura. Ese día también salimos a celebrarlo y bailamos hasta el amanecer en el Club Náutico de Arrecife, de vez en cuando nos recitábamos sus versos al oído y reíamos y reíamos.
Y ahora, don Pablo, estoy triste, muy triste. El mar, el sol, la humedad, quebraron sus huesos, los hicieron débiles; volvió a casa y ya no pudo marcharse, estaba muy enfermo y me dejó para siempre. Cómo le diría, ahora sí entiendo algunas de sus palabras mejor que nunca, ahora sí Puedo escribir los versos más tristes esta noche./ Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,/ y tiritan, azules, los astros, a lo lejos” (Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido./- Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella …/
Ha llegado a mis oídos que está enfermo, que ya no sale de su casa, que su mujer le cuida y que ya ni recibe visitas. Por favor, don Pablo, no me deje, luche, luche. Necesito su poesía.

Hasta siempre y perdone mi osadía. Matilde Arrocha.

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