Cara y Cruz

Juana Teresa González Pérez -(Santa Cruz de Tenerife)
FINALISTA

Cualquier lugar de España, 14 de febrero de 2011

Mi querida, añorada e inolvidable Peseta:

Mucha gente se preguntará, cómo se puede escribir una carta de amor a una moneda; pero pasados nueve años de tu ida, no puedo menos que recordar aquellos emotivos momentos en que, la rubia más deseada y admirada por chicos y grandes, por hombres y mujeres, pasaba, de un manotazo, a ser suplantada y abandonada.

Cuando al sonar las doce campanadas, las copas de champán se llenaban al mismo tiempo y en casi todo el país, los cajeros se pusieron a rebosar de personas que, enfundadas en el esmoquin o en atractivos trajes de lentejuelas, pretendían sacar sus primeros euros. Había empezado, realmente, tu Nochevieja.

Entonces recordé, ya con cierta nostalgia, aquellas monedas con la cara de Franco, siempre joven, por la que no parecía pasar el tiempo. Y las del Rey, las de la Expo ’92…y las siguientes…Empecé a guardar una de cada, hasta llenar una hucha que hoy se me antoja un tesoro. ¿Quién tiene aquellas de 2.000, enormes, que desaparecieron como por encanto?

Hoy, se me viene a la cabeza una hucha pequeña, pero hucha al fin y al cabo. Contiene uno de los signos de identidad de España, junto con la bandera y el escudo. Y en un acto de amor, he cogido mi horrible hucha de cerdito que se ha hecho pedazos al primer golpe. Evidentemente, no llega al nivel de dinero negro, no. No tengo blanco, cuanto más negro. Es sólo el resultado de un capricho, que ni siquiera fue constante.

¡Aquí estás de nuevo, mi amada Peseta, en medio de la hucha que se ha hecho añicos! Triunfante entre los trozos de escayola:
¡Mis duros, mis cinco duros… mis veinte duros…!¡Cómo explicar a los niños de hoy todo lo que significabas en nuestras vidas…!
¡Mi rubia de peineta y mantilla! La que habló de jamón y manzanilla al resto del mundo. La dama del flamenco y la guitarra. Contigo, peseta a peseta, construimos nuestros pequeños ahorros. Te fuiste, querida Peseta, y casi sin darnos cuenta, nos cambiaron tu moneda de veinte duros por un Euro, con lo cual salimos perdiendo. El dólar, que siempre te miró por encima del hombro, como si de una Cenicienta se tratara, se midió la fuerza con el Euro desde el principio. Y ahora ya, con la mirada que da la perspectiva histórica, e inmersos en una crisis sin precedentes, te arrullo en la ternura de mi memoria.

Aún no se ha encontrado traducción a “nadie da duros a cuatro pesetas”, ni se ha encontrado en el euro lenguaje, un nombre para los peseteros. Pronto me negué a usar aquella calculadora azul Europa que te transformaba en euro y viceversa.

Quiero que sepas, querida Peseta, que ya has sido las arras de boda de muchos novios; somos muchos los que guardamos juegos de diez pesetas, o de cinco duros a tal fin. Y muchos, también, los que nos resistimos a enviar tus restos a una O.N.G., ni siquiera a la dedicada al control de especies invasoras.

No sé si fue acertada la decisión histórica que te hizo desaparecer de nuestro monedero. Pero si debes saber que nos seguimos acordando de ti cuando el sueldo no nos llega a fin de mes.
Me entristece saber que nunca más te veré como patrimonio único de los españoles y me apena la idea de que el billete verde se haya perdido para siempre.

Espero que algún día se te haga el homenaje que mereces con placa conmemorativa como premio de jubilación. Aunque hablar de jubilación, con la que está cayendo, es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Has de saber, amada Peseta, que estás en el alma de todos los españoles que nacimos y crecimos contigo, con más fuerza que en los libros de Historia.

No sabemos dónde habrán ido a parar los fajos de billetes de mil, dos mil y cinco mil pesetas, pero sí sabemos dónde fueron a parar las últimas monedas que llegaron a nuestras manos: a una hucha similar a la mía de cerdito, que la nostalgia ha conseguido que se haga añicos ante mis ojos, y así poder acariciar tu rostro entre mis manos.

Tuya incondicional: Cara y Cruz.

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