Asomos de primavera

GEMMA Mª ORTIZ LÓPEZ- Gijón (Asturias)

3° PREMIO

Tenerife, 11-3-2010

Querido Sergio;

Ya sé que nunca te han gustado las cartas. Tú perteneces a esa generación que se comunica con breves mensajes a través del móvil o del correo electrónico, pero hoy tenía que escribirte y dejar que mis sentimientos invadieran el papel.
Hoy hace seis años que me dejaste y a pesar de que han pasado exactamente dos mil ciento treinta y dos días, ni un solo instante puedo borrarle de mi mente.
Cada día, desde el mismo instante en que me levanto, me pregunto por qué te dejé marchar. Me pregunto en silencio y apretando los puños en un vano intento de retener el dolor por qué permití que cambiaras nuestros largos días de sol y mar por una gran ciudad llena de ruidos y de soledad.

Y en silencio y sin obtener una respuesta que me ayude a superarlo, me respondo que seguramente te dejé marchar porque te quiero.
Hoy el sol brilla en todo lo alto, como brillaba aquí el día que te fuiste. Pero en esa gran urbe que te separó de mí el invierno aún se dejaba sentir, y el sol luchaba tímidamente para dejarse ver, y calentar, aunque solo fuese un poco, los fríos rostros de aquellos que viajaban contigo en el tren. Era uno de esos días que tú llamabas asomo de primavera, un día frío con el sol brillando en todo lo alto.
Debo confesarle que cada noche, antes de dormir, me tumbo en la cama en la que durante tantos años tú dormías y soñabas con un futuro lleno de esperanza. Y lo hago con un jersey tuyo en mis manos. Y ese jersey, cuando te fuiste, todavía olía a ti. Olía a vida y a frescura, a inocencia y juventud. Pero ahora, después de pasar tantas noches en mis manos, apretándolo contra mi rostro en un absurdo intento de captar tu olor, ya no huele a nada.
Sé que nuestra isla se te había quedado pequeña, y comprendo que tantos años de estudio y sacrificio no deben dejarse en el olvido, por eso no quise ponerle freno y permití que te fuera a esa enorme ciudad donde no se oye el mar y no huele a verano. Pero en lo más recóndito de mi alma siempre tuve la esperanza de que volverías.
Lo pensaba cada vez que recibía uno de esos escuetos mensajes tuyos donde me decías que me echabas de menos y que añorabas el silencio y el mar. Y día a día le pedía al destino que te trajera, que juntos podríamos ser felices.

Y seguí creyendo que volverías hasta aquella mañana de hace seis años.
Recuerdo que cuando oí la noticia por la radio inmediata­ mente pensé en ti, y empecé a llamarle una y otra vez. Y cuando no pude localizarle, sin pensarlo, cogí el primer avión que pude y me planté en el IFEMA, dispuesta a encontrar los despojos de mi ser más querido.
Y por desgracia, le encontré.
Supongo que aquel once de marzo todos perdimos a alguien, y todos pensamos que nuestro dolor es el más profundo, pero es que yo sé que es así. Y aquella mañana, mientras caminaba arrastrando los pies por las calles de la gran ciudad donde te había perdido, no podía evitar pensar que te habías ido en uno de esos días de asomo de primavera.
Han pasado seis años y sigo añorándote cada día. Jamás volveré a sentir mi corazón tan lleno de vida como cuando te tenía a ti, aunque estuvieses lejos. Y jamás podré volver a mirar al cielo sin pensar que tú me dejaste un día en que el sol brillaba, disfrazando el dolor.
Por eso y por tantas razones que no podría explicar te escribo esta carta que lanzaré a las azules aguas donde reposan tus cenizas, esperando que lo leas y sepas cuanto te quiero.

Con todo mi amor; Mamá.

Bennet.

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