Amarga distancia

ALFONSO SERGIO BARRAGÁN RINCÓN – Los Barrios (Cádiz)

2° PREMIO

Otro día, amor mío, otra nueva carta -la segunda de hoy­ destinada a que la acoja la mar:

Escribirte cuánto siento es mi mayor consuelo. Mientras lo hago, alzo la vista de vez en cuando para seguir el rumbo de la botella que acabo de lanzar. Aún destaca como una feble huella de amor en la cresta de las olas. Me gusta verlas alejarse mecidas por el vaivén del mar. A veces, me encuentro alguna en los días siguientes varada en cualquier rincón de estas arenas que suelo recorrer con la vista fija en ese delicuescente horizonte tras el cual pienso que tu habitas. No me importa encontrármelas. Me alegra pensar que igual que ellas vuelven, tú también volverás algún día. Que tus huellas acompañarán a las mías mientras paseamos cogidos de la mano, los niños traveseando a nuestro alrededor… Llevo tantos meses bajando a la playa, tantas botellas con mis palabras depositadas en la mar, que ya he perdido la cuenta. Tan solo me tranquiliza pensar en ti mirando hacia esa otra orilla. Tan cercana, tan distante…

En el pueblo me miran raro. Sé que muchos piensan que me estoy volviendo loca. No entienden que la esperanza es mi único consuelo. Antes me animaban diciéndome que en cualquier momento recibiría noticias tuyas, pero hace ya tiempo que no dicen nada. Solo me miran con ojos lodosos de lástima y con­ miseración. Sobre todo mis padres.

Los niños preguntaban por ti todos los días. Aboca solo de vez en cuando. Pero no se han olvidado de ti. Intento que no me vean llorar, pero a menudo me sorprenden o no puedo aguantar las lágrimas delante de ellos. Karima ha crecido mucho, te asombrarlas si la vieras. Saleb no tanto. Él entiende todo lo que pasa. Nada más me ve triste me abraza y me llena de besos. Me mira con esos ojos grandes y negros como los tuyos y se me revuelve el alma. Pienso que ha sido él el que ha convencido a Karima para que no pregunte tanto por ti. Yo siempre les digo que has emprendido un largo viaje pero que regresarás, veréis como si. Pero no sé cuándo…

Lo que más me duele es no haber podido convencerte de lo mucho que teníamos, de que no necesitábamos más. Nos teníamos el uno al otro. Teníamos a Karima con una media lengüecita y su sonrisita de plata. Y a Saleh, con sus aires de hombretón. Teníamos sus risas, sus besos… Sé que pensabas en ellos cuando partiste, pero te estás perdiendo su infancia, compartir conmigo esos momentos que me saben amargos por tu ausencia. Me siento terriblemente sola, desamparada. A este lado del mar nadie me escucha, parece que todo el mundo se ha resignado a creer lo peor. Al otro lado del mar no se oirán mis llantos ni mis voces desesperadas cuando grito tu nombre al viento.

Todas las semanas voy al pueblo de mis tíos. Ellos tienen televisión y radio, y consiguen periódicos de España. Mi tío nada más me ver entrar se limita a mover la cabeza de lado a lado apesadumbrado. Ninguna noticia tuya o de los que contigo emprendieron viaje.

Ahora el sueño escapa de mis párpados con más frecuencia. Mi cuerpo arde bajo las sábanas buscando el tuyo en la oscuridad. Nuestra habitación es un mundo vacío, desangelado. Cuando siento que me asfixio por tu ausencia me voy al cuarto de los niños. El aliento de sus boquitas me da fuerzas y me quedo un rato junto a ellos viendo como duermen. Otras veces tengo que correr hasta la playa para que el frío de la noche calme la sed de mi cuerpo, y me sumerjo en la negritud de las aguas sintiendo el fragor del mar romper contra la arena como mi alma rompe contra tus recuerdos.

No me gusta tener que confesarle esto. Pero a menudo me puede el desaliento y te veo en el fondo del mar. Veo un túmulo de sal y algas donde tu cuerpo descansa con los ojos abierto” y los brazos extendidos como si pretendieras abrazarme. Entonces las lágrimas me queman la piel con si fuesen de cera ardiente y me dan ganas de encaminarme hacia la mar y adentrarme, adentrarme hasta que las aguas me cubran y aneguen mi cuerpo para volverme salitre y linfa y así reunirme contigo.

Pero no temas, nunca lo haré. No, por tu recuerdo. No, por Karima y Saleh …

Ahora estoy escribiéndote estas últimas líneas arrodillada en la arena. Karima y Saleh corren hacia aquí junto con mi padre. Y gritan. Gritan algo no entiendo, pero que ha hecho que mi corazón arda con fuerza al crepitar de sus voces. Tengo la botella preparada para lanzarla a este viejo mar donde en lontananza vislumbro unas velas blancas que correo veloces como la rúbrica indeleble de un esperanzador reencuentro. Los gritos de los niños y de mi padre se escarchan en sus oídos donde solo resuena tu nombre. Tu nombre embutido en mi alma como la piel a la carne…

Quiera Allah que esta sea la última carta que tenga que arrojar al mar por tu ausencia…

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