Muerte en las horas muertas

GINÉS MULERO CAPARRÓS  (Barcelona)
FINALISTA

I

Sabes que soy un hombre de paz templado en la tolerancia, Arnelia. Sabes que soy una persona embadurnada de sublime serenidad, bañado en la luz de la parsimonia, Arnelia. Sabes que soy un hombre tranquilo como una balsa de aceite, Arnelia. Un lago de aguas quedás. Pacífico y magnánimo, sin contrariedades, sin trastabillar en el desasosiego, con la regularidad de un monje cisterciense, de un ceremonioso escribiente medieval. Afable y apacible, con la mansedumbre tediosa de un cordero. Muselina. Vaselina. Sin apenas inquina. Con un barniz de indolencia. La antípoda del vértigo. Capaz de la indulgencia. Capaz de apremiar la calma, de acentuarla. Incapaz de sumirme en la vorágine de la exasperación. Incapaz de saltarme con mi voz atiplada el listón del susurro. Me conoces como a tu piel…

Recuerdo, Arnelia, indagando en el jardín apócrifo de la memoria … la ternura con la que cuidarnos aquel di­ minuto colibrí herido; palpitaba tenuemente su corazón y su cuerpecito caliente temblaba, zozobrando entre mis dedos como una hoja de laurel tomada por el viento.
¿Lo recuerdas, Arnelia? Le restañarnos su dolor y dimos alas a su libertad; batía sus plumas y espolvoreaba en el ambiente purpurina de escamas, brillante, mágica. Nuestros vástagos, pequeños entonces, embelesados, emocionados, enternecidos…, lloraron de alegría.
Te acuerdas, cariño, con los chicos más crecidos … navegando a la deriva sobre un Mediterráneo turquesa en la enorme colchoneta inflada que nos regaló la abuela … Nos quedamos dormidos los cuatro, plácidamente dormidos, bañados por un sol que alargaba sus dedos tibios para acariciarnos suavemente. Nuestra hija, medio adormilada, con los ojitos entrecerrados, todavía somnolienta, susurró: «Esto es la paz. Lo más parecido a la felicidad», y tú, amada mía, le contestaste mirándome fijamente con unos ojos aguamarina: «Sois la luz del mismo día». Siempre he querido trasmitiros esa dulce paz. Cuán­ tas veces me has dicho que la paciencia es mi virtud. Mil. Quizá más.

II

Sin embargo, aquella tarde estival fue diferente. Un sol membrillo colgaba de un límpido cielo azul. Entornando los ojos apenas podía distinguir la bóveda del implacable cielo. Me sentía como un cochinillo segoviano asado por el gran astro, ensartado en mi columna vertebral y dando vueltas a un lugar desconocido. El sofocante calor derretía las piedras. Ocurrió todo entre las doce y las dos de un cruento y soporífero mediodía de fuego y bruma . En aquel pueblecito de paso había sed de lluvia; hambre de sombras. En la Plaza Mayor, entre el Ayuntamiento y la Iglesia románica del siglo XII, la fuente estaba yerma, seca como un rastrojo, anhelando unos labios que suspirasen por un chorrito de agua fría, por un hilillo de diamante. Los niños, morenos y zascandiles, raquíticos y fragorosos, enfrascados en su vocinglería abotargados por la bochornosa climatología, pero desafiantes.. . jugaban bañados en un sudor pegajoso como caramelo semilíquido de leche y miel. El Siroco, un viento caliente, me abofeteó el rostro obligándome a retroceder un paso antes de entrar en la Taberna «El Tablao Flamenco». Fue un cúmulo de circunstancias: el infernal calor, aquellos inocentes viejecitos, el insignificante descuido del barman, el autobús averiado, la tediosa y abstrusa espera… Apenas faltaban ochenta kilómetros para reencontrarnos e iniciar unas dichosas y memorables vacaciones… y tuvimos que parar en un pues lo de mala muerte.
Llevaba dos horas anodinas clavado como una púa en aquel asiento de roída madera y frente a un bebedizo que llamaban malta espumosa. Sudaba copiosamente. Las pesadas perlas taladraban la espuma balanceándose como pececillos en un líquido que tenía el color del oro viejo. El mojado culo del vaso había dejado sobre la mesa unos aros olímpicos, fruto del calamitoso aburrimiento. « i Marchando una de aceitunas negras!», gritó el barman hirsuto, violando el runrún del televisor encendido. La escasa docena de clientes, la mayoría compañeros de viaje, ni siquiera lo miraron. Las aspas de un ventilador giraban en lo alto del techo, parecían las hélices de un helicóptero invertido que luchaba torpemente por penetrar totalmente aquel cielo de piedra. El aire jamás llegaba a su destino.

III

Toda aquella parsimonia era una prolongación secuencial de mi vida serena. Es por eso que quiero que comprendas, amada Amelía. Que deseches toda duda, que la destierres como una proscrita al país del Olvido.
El incidente se precipitó como una lluvia torrencial de verano: en un santiamén. Lucio y Braulio estaban en la Taberna, en la mesa contigua a la mía; eran dos viejecitos entrañables que inspiraban una miscelánea de ternura y alma, simpatía y amabilidad. Se guiñaban el ojo el uno al otro, cómplices. Una sonrisa burlona colgaba de sus labios mientras explicaban a un barman hosco e inmarcesible que un gordo turista alemán con camisa floreada les acababa de preguntar que dónde había pájaros (se suponía para comprar) en el pueblo y ellos le contestaron que en el Ayuntamiento podía encontrar todos lo que quisiera. Sus risas se derramaban por las paredes del local. Luego, tornando a la compostura, contaron las tropelías del pájaro mayor: El Alcalde. Se daban codazos de complicidad burlona. Yo me iba incendiando una vez más al escuchar las vejaciones más horripilantes y descabelladas que una autoridad local podía cometer en la impunidad. Fraudulentamente mordía a los lugareños con las brutales quijadas de los impuestos desmesurados. Los humildes pescadores quedaban ahogados en las aguas estancadas de la miseria. Los sencillos campesinos habían tenido que abandonar sus tierras, ahora baldías, comidos por la iniquidad de unas tasas municipales rayanas en la explotación. Los ganaderos habían defenestrado las piaras sacrificándolas en pro de no sé qué su­ puesto acuerdo del Mercado Común. Era un atropello brutal contra una pequeña población vestida en la indefensión. El Alcalde, de súbito, entró en ese momento en la Taberna, como un huracán. El barman, serio como un pan, lo saludó: «Excelencia …», había descuidado sobre la barra el cuchillo jamonero. El arma pacía sobre la barra con la hoja plateada uncida de grasa y reivindicando a la mujer de la balanza, la Justicia. Parecía tener imán hacia mis dedos lívidos. Y yo, resuelto como un lince, tomé el cuchillo llenándose mi amo de la furia de los infiernos y lo hundí improvisando, con desdén, impío, brutalmente … en la vejiga del Excelentísimo. Entró suave como la mantequilla. Entró hasta la empuñadura. Con sarna, rasgué hacia arriba, hasta un vientre
que escupía el intestino grueso como si fuera una boa teñida de sangre que salta encarnizada estrellándose contra el estucado, contra las copas de cristal alineadas en los anaqueles, contra las botellas de brandy, contra la pantalla en color de 24 pulgadas que quedó caleidoscópica. El estruendo fue brutal. Y tras él… un silencio de cripta. Los viejecitos se quedaron pálidos como un lienzo, lívidos de estupefacción.

IV

Amelia, te escribo desde la Institución Penitenciaria La Modelo. Quisiera que explicaras a nuestros hijos que no soy un homicida. Ese espasmo inopinado me ha quebrado la libertad; no sirvieron como atenuantes ni el asfixiante calor, ni explicar al Tribunal de Justicia que aquellos viejecitos entrañables que inspiraban ternura estaban… ¡bromeando!, de cuchufleta transitoria, de parranda sedentaria, cabalgando sobre los lomos peludos de la burla, matando el tiempo a mi costa, echando pestes ficticias y lagartos artificiales entre los añejos labios labrados por la sequedad, entre sus anacarados dientes postizos. Estaban… ¡oh, Dios mío!, escenificando. Estaban… ¡maldita sea la hora!, jugando, interpretando, ACTUANDO. Me pregunto cómo pude ser tan zangolotino, tan lerdo.

V

Aquella excelencia resultó ser una bellísima persona, como quedó demostrado manifiestamente en el Juicio. Una ingente cantidad de pruebas benefactoras llegaron a su favor por parle de pescadores, campesinos y ganaderos, de todo el pueblo los hubiere, todo un paradigma para los políticos. Todo, fue una invención de aquellos viejecitos entrañables que inspiraban una miscelánea de ternura y alma, de simpatía y amabilidad. Sólo querían matar, las horas, inextricablemente, con el burlesco y satírico puñal de la palabra.
No cabe tanta estupidez en mis pocas carnes. Si hubiera tenido la sangre de hielo… Si hubiera podido acariciar la crin del viento. .. Una enajenación transitoria me abordó, aunque sé que no tengo excusa. Rezo venerando tu imagen, deseando que rompas tu silencio renuente, dubitativo, mineral. Mi voz, atiplada, se torna acentuadamente nasal por la humedad de la celda, se quiebra… Me pregunto por mi sagacidad de antaño, por mi mansa reflexión racional. Por mi severa mente tranquila, de agüita fresca, clara, adormilada…, embelesada en el lago de la Serenidad.

VI

Un sol liviano entra en mi celda como un pájaro de luz y desde aquí demando vuestra bendición, Amelia; más bien vuestra absolución, Amelia. Me tienen prohibidas las visitas, pero no el correo postal. Contestad, por favor, para no colgarme boca abajo artero en la indignidad, aun cuando la tinta roja descienda por mil afluentes violetas, por un candelabro de venillas que estallen en mi sien y me revienten la cabeza en mil fuegos, en mi chispas de sangre luminosa . Quedo a la espera de tu misiva salvadora, Amelia. Quince días me he dado de plazo, Amelia. ¡AMELIA! Mataré el tiempo recitando … cantando y contando hacia atrás como el cangrejo ciego, contando digo, en voz alta, los segundos que me quedan: un millón doscientos noventa y seis mil, un millón doscientos noventa y cinco mil novecientos noventa y nueve …
En el Registro del Centro Penitenciario La Modelo quedó archivado y lleno de polvo hasta que lo descubrí, un sobre sin acuse de recibo con la fecha de entrada del día posterior al suicidio atávico de un recluso; una huelga salvaje de Correos impidió por aquellos tiempos que llegara aquel manuscrito en su momento. En el remite de aquel sobre constaba con letra inglesa perfectamente legible el nombre de Amelia … y en el interior pude leer la Carta de Amor más hermosa jamás contada . (Bloc de Notas de un vigilante de Prisión cuyo nombre quedará anónimo por razone s de Seguridad y que enjugaba las lágrimas al plegar la susodicha misiva).

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