Metamorfosis

BELÉN LOZANO SANZ ( Canarias)

Querida Esperanza:

Deseo y espero con todo mi corazón que el dolor que vaya a causarte esta carta no te ciegue la razón, necesitarás mucha firmeza para enfrentarte a lo que se nos avecina.
No sé cómo empezar… no lo sé… bueno… sí… soy un cobarde. Debiera haberme sentado a tu lado en nuestro rincón preferido y decirle lo que por falta de valor aquí te escribo, mirándote a los ojos y de la manera que me has enseñado: «sin pestañear, dime la verdad, sin miedo, ten plena confianza».

¡Dios, cómo lograste abrirme el alma!
Siempre hemos afrontado los problemas codo a codo, los de los niños, los nuestros, las malas rachas, las enfermedades, todo; eso sí, tú pretendías ser más fuerte, nunca soltaste un lamento o una queja antes la ahogabas. Y con tu constancia nos crecíamos y superábamos. Entonces me sentía obligado a seguir ahí.
Hoy que los hijos han crecido y van realizando sus sueños, hoy que te reconozco discretamente feliz en ese suspiro de ¡gracias señor! Cada noche al acostarnos, hoy miserable de mí, me rebelo cual adolescente ingrato para decirle que… sigo siendo un cobarde… y lloro.
Me desgarra el dolor que te estoy causando y daría la vida por cambiar los acontecimientos de mi existencia.
Alguna vez he creído que sabías del secreto de estos turbios anhelos y me llenaba de un desenfrenado coraje ante tanta benevolencia y tanta resignación, entonces te convertía en mi estrella; yo seguía ahogándome en lágrimas cobardes.
Ya no recuerdo el momento en que comenzamos a reemplazar la ternura por guiños de complicidad que eran lo mismo, decíamos.
¡Cómo nos engañábamos!, para mí era una liberación, en ti, vi aflorar un halo de tristeza.
Por los chicos no debes preocuparle, Esperanza, he hablado con los dos, está todo solucionado, ya nunca más quieren saber de mí. Paula se alejó diciéndome cómo me odiaba, recuérdale
por favor que siempre será mi niña y que la quiero con toda mi alma también. Nacho, (Dios, cómo se parece a ti!) me evitó la mirada, con la suya enjuagada en lágrimas y casi sonriendo me deseó que al menos fuese feliz.
Entonces sentí vergüenza y lloré como nunca lo hiciera en esta vida o en las otras que viviese; sentí que mis hijos me querían y también sentí que la muerte hubiera sido menos amarga que esta vida mía que no he sabido vivir.
Hay alfo importante que debes saber, querida Esperanza, y es que nada ni nadie podrá reprocharme una conducta indecorosa, sé lo mucho que esto te preocupa. Si alguna vez he descendido a los infiernos he cuidado de no acompañarme ni de amigos ni de enemigos, he sido un furtivo.
Ahora, tras casi veinte años consigo al fin mantener la pluma firme sin titubeos, y escribir en un triste folio, casi dos, la verdad de mi mentira.
Te suplico, Esperanza el último favor:
Invéntame una muerte absurda o una locura sin retorno. Lo nuestro no fue verdad pero tampoco mentira.
Recuérdame como fui, lo que soy ya no es cosa tuya.
Por siempre te lo agradeceré.

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