Mar Rojo

MARIA ISABEL MIRANDA ZUPPO  (Tenerife)

Desde el Mar Rojo, 15 de diciembre de 2004.

Querida Yaiza:

Ahora que es medianoche y cuando las luces de Suez brillan levemente por la popa, aprovecho para escribirte desde mi camarote instalado cerca del puente de mando. Después de un día complicado de navegación por el Canal, no dejo de mortificar mi cerebro pensando en que el anhelo de tu presencia va creciendo en la medida en que el barco aumenta la distancia física que nos separa. Pero como la providencia nos ha dotado de una mente capaz, incluso, de soñar despierta, te imagino arrebujada bajo la suavidad estéril de las sábanas que cubren tu hermoso cuerpo. Diría que percibo hasta el aroma natural de tu piel, bronceada por ese regalo solar de nuestro clima canario. También puedo ver cómo, de manera inconsciente, dejas escapar mi cuerpo ya curtido por la sal de muchos mares.

Sí, cariño, entiendo tu añoranza porque padezco el mismo mal de inadaptación, pues aunque amo mi profesión también la odio por ser la causa principal de nuestro permanente estado de melancolía. Ese querer y no poder afrontar juntos la noria cotidiana de los días. Dolor que mitigamos con la máxima ilusión del reencuentro. Igual que la primera vez que nos vimos, cuando pensativa escribías en la arena de la playa.
La contemplación de tu cuerpo enfundado en aquel ajustado bañador y de espaldas al sol, con tu larga cabellera revuelta por la brisa despertó vivamente mi interés por verte la cara. Así que me acerqué con ánimo de sorprenderte, pero mi impulso resultó vano pues mi sombra te puso sobre aviso del intruso que se te venía encima. De modo que giraste la cabeza con rapidez y entonces pude sentir el irresistible imán de tu mirada, inicialmente curiosa y luego paulatinamente más interesada.
¿Escribes tus sueños? (te pregunté con cierta timidez). -Todos los tenemos (respondiste con una pícara sonrisa). ¿Acaso tú no los tienes…? Confieso que desde aquel instante en que me vi reflejado en tus ojos, nunca he podido resistir la magia de su lengua je.
Así pues, amor mío, cuando percibo el más mínimo desánimo, pongo en práctica la medicina más efectiva para salvar la distancia que nos mantiene en orillas diferentes. Y esta no es otra que la palabra escrita. Una gaviota que surcará los mares más velozmente que el itinerario de mi barco, para contarte cuánto te amo y te deseo. Más tarde, cuando la vigilia laboral haya concluido igual que el último renglón de esta carta, procuraré darme prisa en comunicarme contigo arrumbando hacia el puerto de los sueños, donde estoy siempre seguro de encontrarte. Amor, te pido de nuevo ese cotidiano gesto de rebeldía negándote a saludar el alba, que ya corteja tus hermosos ojos con luz de adolescente travieso. No dejes que expire aún ese tiempo mágico en que nuestras mentes se unen en apasionado abrazo hasta desbordar el cáliz de los placeres sensoriales.
Confío en que me concedas, como siempre, la gracia de tu complicidad ahora que comienzo a descorrer los velos que me llevarán al lecho sublime de la ilusión más hermosa entre dos seres que se aman apasionadamente. Yo diría, mi dulce Yaiza, que aún sin concluir esta misiva estoy ya experimentando casi todas las sensaciones que te voy plasmando en el papel. A eso, querida mía, se le llama amor con letras mayúsculas.
Me pesan ya los párpados y estoy impaciente por compartir contigo todo lo escrito, de modo que puedes ir haciéndome un lugar, como todas las noches, en el arenal de la misma playa en donde nos conocimos para la eternidad. Dulces sueños, amor, que estoy a punto de zarpar hacia tu orilla con mayor fuerza que las olas que ya besan las plantas de tus lindos pies de seda. Siento como el rumor de las hélices del barco comienzan a desvanecerse en mis oídos…
Tuyo siempre, Víctor.

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