Bruja de la playa

PILAR DUBLE LAÍN  (Caracas-Venezuela )

Deyanira mía:

Regreso pronto al pueblo donde aún somos niños. El que invoco para traer hasta mi presente las nostalgias que atesoro: tu cuerpecito de cobre, su sombra de alambre, mis calles de polvo.
En tus madrugadas, fértiles de hechizos, caminas hacia el mar que se inquieta con tu inagotable andar. Arropa tu piel con salitre, te sigue, de la orilla bebe tus huellas pequeñas. Atenta contra tus carnes de antigua esclava cuando hundes tus manos en su fondo, y vuelca sus caricias en mi señorío. La Luna se acerca y te consulta sus pesares, rasgándose en reflejos que no escucho. Vuelve a sondear contigo sus cuitas de cada noche, y le confiesas violetas, que crecen desde tu espera.


Burlándose del embate del mar, cuatro cestas flotan cerca. Las llenas con pirámides de mariscos que ensalmas y fortificas en íntimos cultos. Resucitan cuando llega el día como virtudes para vender.
Recorres la playa cada mañana. A tu paso los pescados de colores caen de las lanchas, rojos, blancos, grises, sobre la arena de perlas. La boca lustrosa que amo vocea en tornasoles los frutos de tu arte. Aquella vocecita de mi niñez está perdida. Es ahora profundo reverbero que declama.
Supe de esa noche, cuando murió el pobre diablo que se ufanó falsamente de haberte poseído . Su casa se elevó dentro de un soplo espiral, azul, meciéndose como una cuna entre los gritos del terror, hasta quedar cerca de una estrella sonriente. Y entonces el viento la dejó caer. También conocí de tu amiga fullera, Yahaziel. Las gaviotas comenzaron a embestirla cuando salió a lucir tu atuendo robado. Apretaron un remolino estrecho en torno a la silueta que se desbandó hacia el malecón. Allí la picotearon implacables, sordas a sus gritos, inmunes ante sus batientes brazos y certeras pedradas hasta dejarla desnuda y ciega primero, muerta después.
Eres faculta en dominar remolinos de viento, de agua de animales, don de la caracola pequeña que llevas al tobillo, encadenada con plata.
Cuando retorne, te llevaré al patio cómplice detrás de mi casa, donde no te toque el viento ni te mire el mar. Te asediaré a palmos, corlando las salidas. Derramaré en tu oído tantas, muchas, todas las cosas, hasta que cierres los ojos de miedo y despliegues para mí tus labios, tus pétalos, cacao, fresa, cayena, tamarindo.
Me apropiaré de tu boca y le haré todas las cosas que compuse en los deleites de la ausencia. Con mis besos dispersos de impaciencia tentaré sus recovecos. Mientras el mar y el viento braman sus furias, trillaré desesperado el largo poema de tu piel.
Pronto, Deyanira. Pronto serás mía.

ISMAEL.

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