Amar enormemente

LUIS AUÑON MUELAS  (Cuenca)
(Tercer Premio)

Queridísima Natalia:
Ahora mismo estoy aquí, sentado ante esta vieja mesa que se menea al escribir, acompañado del rítmico run­ rún de un vientecillo fresco que baja de la Sierra y agita, suave y melodioso, la ropa colgada a secar sobre el tendedero de la terraza .
Desde mi ventana se ve un paisaje muy hermoso. Hay un valle lleno de árboles surcado por una línea verdosa, con una manchita parda en el lugar en que el puente cruza sobre el río. El cielo es muy azul, y, sobre el horizonte, se ve una nube alargada entre la que asoma el sol. El pueblo duerme, y hasta mi ventana llega el perfume de las hierbas, el tintineo de las esquilas de un rebaño y el viento que mueve las hojas de los árboles.

Estoy lleno de este blanco y de este rojo del mantel de la mesa donde escribo, y de este azul oscuro y frío de la tarde de septiembre.
Rojo y blanco, azul y negro intenso, frío, triste, inundan esta infinita soledad que me acongoja y aviva mis sueños naufragados en este pueblo perdido entre montañas.
Comienza a llover. Sabes que nunca me gustaron los días de lluvia. Tú sabes bien la nostalgia que me producen el parque entristecido y mustio, los bancos mojados, las calles vacías, los árboles chorreando. Llueve. Los lugareños dicen que aquí llueve con frecuencia. Estoy sólo con este silencio, roto, únicamente, por el rumor de la lluvia que golpea los cristales, que cae impasible sobre calles y tejados, que rueda inexorable por el valle adormecido arrasando campos y caminos.
Para no deprimirme, cambio la escena e invento otro decorado. Imagino gorjeos de pájaros, algarabía de niños, rumores de gentes que pasean por la calle. Mejor aún, viajo hasta Torremolinos, Marbella o Benidorm: playas doradas, pechos al aire, extranjeras al sol. Ibiza, último verano, tú y yo cogidos de la mano, besándonos con furia en el agua, haciendo el amor dentro del mar.
Un gorrioncillo refugiado de la lluvia en el alero del tejado me devuelve a la realidad. El pueblo solo, yo solo en este pueblo, y la lluvia que cae despiadada esta tarde gris de septiembre sobre campos, calles y tejados, impregnando de nostalgia el melancólico paisa je.
Afuera, sólo lluvia, viento y silencio. Una vez soñé que era niño y corría bajo un cielo azul surcado de pájaros por un campo de espigas amarillas. Pero no encontraba a nadie. Yo era el único habitante.
Ahora estoy solo otra vez, por eso es el momento de recordarte. Seguramente, estarás sentada con un libro entre las manos, la vista perdida en la inmensidad de las páginas; y estarán tus ojos llenos del negro de tu pelo, del rosa de tu blusa, del azul de tu vaquero, de las piernas cruzadas la una sobre la otra. Y ensombrecerá tu rostro, por mi culpa, esa nube de nostalgia gris y negra que llena la soledad de nuestra casa.
Estás sola, como yo, esperando que pase el tiempo, esperando el regreso, como todos los que nos encontramos lejos del lugar donde quisiéramos estar. Y recordarás también, como yo recuerdo ahora, la pasión incontenible que nos invadió la última noche antes de emprender mi viaje. Bebí en tu boca la sangre y la saliva, el sabor húmedo de tus lágrimas en las mejillas. Sentí tu temblor apasionado, tu cuerpo atrapado bajo el mío. Y yo, brutal y despiadado, atravesé tu sexo una y otra vez. Recordaré siempre aquella noche. Tu gemido de fiera herida, tu vagar de mariposa fugitiva. Tu lamento y mi lamento. El lamento de este joven que no te olvida ni un momento, que te ama en la distancia y te envía desde este pueblo perdido entre montañas: caricias, abrazos, besos, arrebatos, … imposibles.
Siempre, sólo tuyo.

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