Alteraciones populares por su causa

Fuente. Lancelot nº 567
Por agustín Pallarés

La Graciosa inició su andadura histórica en el siglo XIX señalando el año de 1808 con un hecho que provocó general malestar en el pueblo de Lanzarote, especialmente entre las clases más desvalidas, que la utilizaban como pastizal para sus animales y como fuente de obtención de alimentos primarios -pescado, mariscos, pardelas, conejos y hasta cosco con que hacer gofio- cuando se veían compelidos a ello por la necesidad.

Fue la causa de tal descontento la compra oportunista que hiciera de la islita a la Real Hacienda en dicho año un caballero lanzaroteño llamado don Francisco de la Cruz Guerra. Este señor, prevalido de su posición social, apoyada sobre todo en el estrecho parentesco familiar que lo unía al entonces Gobernador Militar de Lanzarote don Bartolomé Lorenzo Guerra, pretendió apropiarse de La Graciosa, la cual, como es sabido, había sido transferida al Cabildo Insular como bien comunal del pueblo desde el siglo XVI por el entonces señor de la isla don Agustín de Herrera y Rojas.
Se dice que los Guerra llegaron a entrometerse, sin hallarse aún en posesión de la preceptiva autorización legal, en la islita comenzando la construcción de un aljibe y realizando talas de arbustos. Mas apercibidos de una inminente denuncia, los trabajadores que llevaban las obras bajo sus órdenes escondieron las herramientas con que las realizaban temerosos de ser cogidos 1n fraganti.
Contribuyó también a que la fraudulenta transacción de compra-venta llegara a consumarse la gran confusión que entonces reinaba entre las máximas autoridades del archipiélago como consecuencia de la falta de entendimiento en la creación de las respectivas juntas de salvación nacional de cada isla que intentaban llenar el vacío jurídico producido por el derrocamiento del monarca Fernando VII tras la invasión napoleónica de España.
En Lanzarote tal estado de cosas derivó en un enconado enfrentamiento entre el mencionado don Bartolomé Lorenzo Guerra y el Ayudante Mayor don José Feo de Armas, quien pugnaba por arrebatarle el cargo al Gobernador Militar, ambos apoyados por sus respectivas facciones de partidarios.
Sin embargo no fueron en un principio las autoridades insulares, enzarzadas como estaban en sus disputas políticas, las que intentaron abortar 1a venta del Islote sino, curiosamente, la representación señorial en la isla, concretamente doña Josefa Amat, esposa del administrador del señorío don Juan Creagh- quien a la sazón se hallaba detenido, seguramente pensando que era el momento oportuno para reivindicar la propiedad de La Graciosa como parte integrante del señorío.
Tan pronto como dicha señora tuvo conocimiento de que el tal don Francisco había pedido a la Junta Suprema de Tenerife que la enajenación de La Graciosa fuera sancionada por ley interpuso recurso anulatorio de tal acto, logrando paralizar de momento la adjudicación de la islita a su pretendiente poseedor.
Fue a fines del año siguiente de 1809 cuando el contrincante político del Gobernador de las Armas, don José Feo, se erigió en denodado paladín del pueblo lanzaroteño logrando que se celebrara en los primeros meses de 1810 un pleno cabildicio de carácter extraordinario en el que se trató el asunto de la compra-venta de La Graciosa. Consecuencia de este amañado conciliábulo fue la destitución de don Bartolomé Lorenzo de su preeminente cargo militar, desembocando toda esta serie de intrigas en unas escaramuzas bélicas conocidas en nuestra historia insular con el significativo nombre de la Guerra Chiquita, durante la cual llegaron a dispararse los cañones de las fortalezas de Arrecife contra la soliviantada multitud.
Pasados algunos años, decantada ya la situación política en la isla, la reacción de las autoridades lanzaroteñas en calidad de representantes y valedoras de sus administrados, fue tenaz y contundente. Así, luego de laboriosos trámites judiciales, logró el Cabildo que fuera ratificado por real orden de 28 de agosto de 1816 el derecho de los ciudadanos al disfrute de La Graciosa tal como se veía haciendo desde los tiempos en que fuera cedida al pueblo por el conde­ marqués” volviendo de este modo a remansarse las aguas desbordadas del descontento popular para tomar nuevamente los acontecimientos su curso normal

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