Pregón de Tiagua 2014

Pregón de las Fiestas del Socorro
Tiagua  2014

POR MACARENA DE LEÓN DELGADO

Buenas noches:
Es un honor para mí ser éste año la pregonera de las fiestas de Tiagua en honor a nuestra Señora del Socorro.
Cuando me proponen ser la pregonera, me sentí muy halagada por ello y al mismo tiempo pensé: ¿no me quedará ancho este traje? Porque es una gran responsabilidad estar sentada aquí.
Quiero empezar dando las gracias a las Autoridades aquí presentes, por querer estar hoy compartiendo con todos nosotros el inicio de nuestras fiestas del Socorro, A la directiva del Centro Socio Cultural “El Molino de Tiagua” por acordarse de mí y darme esta sorpresa tan bonita, que me ha tocado el corazón y me ha llenado de orgullo. Y como no, a todos los que hoy han querido acompañarme en este día tan emotivo para mí, en especial a toda mi familia.


Siendo Tiagua un pueblo tan pequeño, tenía casi de todo, Juanito Medina y Juan Bonilla ejercieron en algún momento de Alcaldes, aunque no lo hicieran desde el Ayuntamiento. Había unas cuantas tiendas, la de Lea y Pepe, Francisco y Nieves, Domino Barrera, Federico que vino de Venezuela y se quedó a vivir con su tía Edelmira y más tarde la de José Hernández.
Si yo pertenezco algún pueblo, ése es Tiagua, porque aunque en el año 1988 al casarme me fuera a vivir a la Villa de Teguise, nunca he dejado de visitar este pueblo que me vio nacer y crecer. Según me han contado mis padres, vivimos un tiempo mi hermana María Elena que es la mayor y yo, en la casa de La Peña. No crean que por eso le decían a mi abuelo Pedro (Peñita), la casa era propiedad de unos familiares de mi padre (mí tío Frasco), que se había trasladado a Gran Canaria con su familia.
Más tarde nos vinimos a Tronquillo a la casa de mis abuelos, los padres de mi madre, Pepa y Salvador, que por aquel entonces también les tocó emigrar a Gran Canaria, a la zafra del tomate en Veneguera. En esta casa nacieron el resto de mis hermanos, consiguiendo mis padres Antonio y Ramona que fuéramos familia numerosa (ocho en total).
Cuando mis abuelos regresaron, dejando atrás a su hija Dolores, que se enamoró de un canario y allí se quedó, vivíamos todos juntos, mi tía venía todos los años a visitar a sus padres, lo pasábamos muy bien, pero el drama era cuando se iban, sobre todo para mi abuela que siempre se acordaba de aquellos dos hijos Salvador y Domingo que despidió cuando se fueron a Venezuela y nunca volvieron.
Como también me acuerdo cuando Lola, la de Seño Simeón, se vino a despedir de mi abuela y de mi madre porque se iba con su familia a vivir a Las Palmas, eso fue tremendo, besos, abrazos y llantos, como si se fuera a Cuba, así era la gente de nuestro pueblo. ¡Cuánto se apreciaba a los vecinos!
El punto de encuentro de la familia era la casa de mi abuela Pepa, allí todas las noches se reunían mi tía Candelaria, mi tía Juana, mi madre, mi abuela, y mientras esperaban a sus maridos, que iban a echar una partida de cartas a la cantina, ellas aprovechaban y hacían rosetas, zurcían ponían remiendos… Sí, antes no se tiraba nada, de los pantalones que ya estaban viejos, se aprovechaba lo que sirviera y se le ponía de remiendo al nuevo, y algunas hasta pelaban las papas menudas y desgranaban las arvejas para el potaje del día siguiente y mientras tanto iban haciendo radio-patio: “chacha, ¿tú enteraste de esto?” o “¿tú sabías qué?”.
Todos esos trabajos los hacían sin tener luz eléctrica, con un farol o una vela se las apañaban bien.
Recuerdo cuando pusieron la luz eléctrica, Lo primero que hizo mi abuela Pepa fue comprar la tele, y la compró grande.
Los sábados era como si tuviéramos el cine en casa, Heidi perdida en las montañas y Marco buscando a su madre, eso me marcó de por vida.
De mi infancia lo que también me llamó la atención, fue un circo que vino a Tiagua, bueno, un circo…, un matrimonio con sus dos hijas y un mono, a la mujer la llamaban la Chunga y al mono Felipe, se instalaron delante del casino, porque por las noches daban en él la función, y me acuerdo que alguien engañó con un plátano al mono, hizo ver que se lo daba, pero no se lo dio, el mono se enfada, empieza a coger piedras y a tirar, pero todas fueron a los cristales de la guagua de Augusto que la dejaba aparcada delante de su casa. Y así fuimos creciendo felices.
Yo creo que fui una niña muy feliz, con muy pocos recursos económicos, eran tiempos difíciles, y siendo mis padres agricultores recuerdo verlos trabajar muy duro de sol a sol plantando cebollino, tabaco, sandías, batatas y siempre mirando al cielo a ver si había señales de lluvia. Y muchas veces llovía, pero a lo mejor ese año no tenían precio las cebollas y se tiraban, eso era muy duro para el agricultor, ver que tanto sudor no había servido de nada.
Pero, a pesar de todo, como dice el dicho al mal tiempo buena cara. Recuerdo que mi madre siempre estaba alegre cantando, isas, folias, malagueñas,.. Sobre todo el día que se ponía a lavar, siempre lo hacía cantando, venía Teresita Parrilla y le decía, “¡Ay Ramona, me pongo a escucharte de mi casa!”, así que el día que mi madre lavaba lo sabían los vecinos.
Nosotros gracias a Lea y Pepe que tenían la tienda y nos fiaban, y por el pueblo me acuerdo que venía Jaimito el Turco y Jenaro con una furgoneta vendiendo ropa y telas para hacernos los trajes y también fiaban. Y así fuimos escapando.
Aunque creo que tuve lo que cualquier niña de aquella época, porque a pesar de todo, mis padres se las apañaban para que los Reyes Magos pasaran por casa y nunca nos faltó un regalo, eso sí, a una le tocaba la muñeca y a otra los trajes de la muñeca. Así la compartíamos, una la vestía y la otra la desnudaba, y si no, mi abuela Pepa que se amañaba a todo, nos hacía una de trapo y con las greñas que le quitaban a las piñas del millo, que lo guardaban, porque decían que el agua era curativa, les hacía las melenas y qué bonitas quedaban.
Aunque a mí me gustaba más jugar en el camino, al teje, al escondite y saltar a la soga, cuando nos cansábamos jugábamos al anillito o las cuatro esquinitas, con eso y los recortables que de San Juan a Corpus me compraba mi madre, yo era feliz.
Cuando empezaba a oscurecer que era hora de recogerse, mi madre no nos llamaba por el móvil, salía a la puerta y si no estábamos por aquellos alrededores, daba dos gritos estilo Tarzán y al instante nos tenía a todos.
Había otra forma de llamar a los hijos/hijas… Recuerdo que mi tío Ventura lo hacía silbando, que también eran ocho como nosotros, y tengo que decir que compartíamos casi a diario la casa de mi abuela Pepa, y eso nos ha mantenido a día de hoy unidos como una pifia. Yo siempre presumo de pertenecer a una familia humilde, pero que lo más importante lo he tenido y ni las ganas a pan, han hecho que se rompa esto tan bonito que es la familia, yo medio en broma digo que somos 16 hermanos, porque prácticamente siempre hemos estado juntos en todo.
En casa de mi abuela Pepa, pasé la mayor parte de mi vida, desde allí salí por primera vez a trabajar, que para mí supuso un mundo nuevo, sin saber si iba a ser capaz de desempeñar el trabajo que me esperaba.
Pero no solo pude, sino que todo lo que hoy soy, relacionado con mi trabajo, se lo debo a Juan Cabrera, quién me dio la oportunidad de demostrar que sin tener estudios universitarios se puede conseguir lo que uno se proponga. Yo lo he conseguido.
Al trabajo iba en la guagua y ahí conocí mucha gente, incluso hice buenos amigos, las paradas eran las mismas, la gente que subía casi las mismas, eso hizo que de tantos “buenos días” y “buenas tardes”, surgiera la amistad.
Hubo una época que Marisa López me llevaba por las tardes en su coche, mujer alegre donde las haya, muy servicial, se volcaba con los vecinos y también participó en las fiestas de nuestro pueblo aúnque otro año, en realidad siempre que se le pedía.
Aunque mis padres hicieron su propia casa, yo me quedé con mi abuela, que ya había enviudado para hacerle compañía, aunque compañía ella tenía, porque vivía con su hijo José y su hermano Domingo, viudo de Serafina.
Pero estos dos no era fácil de meter a camino, eran unos cómicos cuando estaban juntos, digo esto, porque como saben los vecinos de este pueblo, mi tío José era un personaje, en el buen sentido de la palabra, por su forma de ser. Era una persona con una deficiencia y muchas veces no atendía a razones y nos hacía pasar ratos buenos y ratos malos. Pero, tengo claro que mi tío José tanto en mi vida como en la de mi familia dejó una huella inolvidable, porque en el fondo era una persona muy sensible. Tanto es así que cuando hacemos reuniones familiares siempre está presente en nuestras conversaciones y lo nombramos, recordando las cosas que hacía y decía, pues a pesar de todo, era muy ocurrente y nos hacía reír mucho. Muy trabajador, le gustaba ayudar a los demás y aunque se echaba sus copas cumplía con su trabajo. De mi tío tengo muchas anécdotas para contar, pero solo les voy a contar una. A él le gustaba mucho inventar, y nos decía, les voy a contar un chiste, por supuesto el chiste no tenía ni pies ni cabeza, pero éste que les voy a contar a mí en particular me hizo reír mucho.
Decía: “Niña si por tu ventana pasa una caballería, no te asustes que soy yo con zapatos nuevos”.
¿Qué sentido tiene? Ninguno, pero precisamente por eso y su forma de decirlo a nosotros nos hacía pasar ratos muy divertidos. De los malos no me acuerdo, prefiero quedarme con los buenos, que fueron muchos.
Recuerdos tengo para cansar, pero me voy ahora a mi época escolar, que también hice de las mías. Primero, voy a decir que de los maestros que me dieron escuela me quedo con Don Ricardo Sáenz Reguera, una persona para mí encantadora, con un don especial, con la que mantuve siempre una buena amistad, digo mantuve, porque actualmente está delicado de salud y ya no lo veo.
En la escuela de Doña Vicenta, más conocida por “La Blanca”, no por nada, sino porque siempre tuvo el pelo blanco, fue donde por primera vez probé la leche en polvo, la traían a la escuela y la daban a la hora del recreo, de casa llevábamos el gofio y teníamos el desayuno y aunque estaba fría y llena de grumos, la encontrábamos buena.
Por supuesto, no voy a contar aquí todas las travesuras que hice, pero sí quiero destacar, como despedíamos a los chicos de Muñique cuando salíamos de la escuela, al bolazo limpio, en dos por tres los poníamos en su pueblo. Y eso que la mayoría de la gente de Muñique son familia mía, empezando por mis abuelos Pedro conocido por “Peñita” mi abuela Maraca, mis tíos, Teresa, Isabel, Rosalía y José, mis primos hermanos y además transitaba con frecuencia el pueblo.
Mientras fuimos pequeños, mis padres una vez por semana nos llevaban en el micro de Augusto a visitar a mi abuelos, lo primero que hacíamos era pedirle la bendición (ésa era la educación que nos habían dado). Mi abuelo Pedro tenía un ganado de cabras y me acuerdo que según las ordeñaban nos ponían un tazón de leche con gofio, que nos íbamos a coger papas crías con mis primos y no volvíamos hasta la noche, porque no nos daban ni ganas de comer. Cuando no era el tiempo de las papas crías, jugábamos por aquello caminos que no pasaba ni un coche y lo pasábamos en grande. Todavía me acuerdo cuando mi primo José Luis quiso que aprendiera a montar en bicicleta, que yo no sé ni de quién era, lo que sé es que era grande y me hice un cristo.
Lástima que desde muy pronto, mi abuelo Pedro, sufriera una enfermedad que poco a poco lo fue dejando en silla de ruedas, pero eso no impidió que perdiera su sentido del humor con el que siempre lo recuerdo. Humor, que por cierto heredó mi padre.
A mi abuela Maruca la recuerdo haciendo rosetas y escuchando las radionovelas, y sobre todo porque me contaba muchas historias de su época. Y de algunas yo no daba crédito

Mi abuela no sabía leer ni escribir, y sin embargo desde muy joven aprendió como ayudar a traer niños al mundo, la mayoría de sus nietos nacieron con ella, por no decir todos, y eso siempre me ha parecido de una valentía increíble. También eran valientes ésas mujeres que preferían tener sus hijos con Maruca en vez de ir a un Hospital.
En Tiagua también la Señora Dolores López, hacía de partera, de curandera y ponía inyecciones. Me acuerdo que venía mucha gente de otros pueblos preguntando por ella, como la teníamos de vecina nos enterábamos.
Como también venía mucha gente preguntando por Natividad, si necesitaban que les curara un esconche, o que les hicieran algún vestido, a mí me hizo unos cuantos.
Yo estuve un tiempo aprendiendo en casa de Juana Auta, que cocía y enseñaba. Pero, ¡qué va!, ése oficio no era lo mío y lo dejé.
Sin embargo aprendí a calar desde chica en casa de Seña Minguitas. Antes, desde que te salían los dientes, te enseñaban a coger una aguja y a las cosas de la casa, para que el día de mañana fuéramos unas niñas de provecho, decían las madres. Y a los chicos no los dejaban ni coger una escoba.
Más tarde me di cuenta que el saber no ocupa lugar. Pero, tenía a mi gran amiga Loly Cabrera, que cuando nos queríamos hacer los disfraces por carnavales, íbamos a su casa, ella sí sabía, y nos ponía a trabajar a toda la pandilla, y ¡qué Pandilla! Mi hermana Ten, Piedad, Carmen Rosa Peña y algunas más. Yo guardo recuerdos muy bonitos de nuestra época, sobre todo los bailes asaltos en San Bartolomé.
Otros recuerdos que vienen a mi mente vividos en mi pueblo, son las novenas de mayo. En casa de Doña María, una mujer muy vinculada a la Iglesia, ensayábamos cada tarde los versos, que por la noche le decíamos a la Virgen. Las flores que adornaban el altar las pedíamos en el pueblo y por la noche nos reuníamos para rezar el rosario.
Como hacíamos en nuestras casas, cuando nos entregaban la virgen que iba haciendo un recorrido de casa en casa por el pueblo, dormía una noche y al día siguiente se le llevaba al vecino que por orden le correspondiera, no sin antes ponerle en la alcancía una peseta.
Otra mujer que también ayudó en los ensayos de los teatros que se hacían en el pueblo, fue Tolila, aunque llegó más tarde a Tiagua, pronto se integró y era muy participativa.
Me acuerdo también cuando hacíamos las hogueras. Primero, la de San Antonio, y mientras saltábamos decíamos: “San Antonio, San Antonio, búscame un novio”. Me parece que si no lo buscaba yo… En la de San Juan, poníamos esa noche una palangana con agua y flores olorosas, porque te decían que ibas a estar más guapa durante el año. Y San Pedro que era el que abría las puertas del cielo. ¡Bendita Inocencia!
Los de Tronquillo hacíamos una por detrás de la casa de D. Víctor Cabrera y otros las hacían delante de la Molina de D. Pancho de Armas, y competíamos, a ver cuál era las más grandes. Eran muy divertidas.
En ésta Molina se molía el millo que nuestros padres tostaban en sus casas, para hacer el gofio, cuando lo hacían en la mía, venía mi tía Candelaria, mi tía Juana y junto con mi madre y mi abuela preparaban el tostijo, cuando terminaban aprovechaban las brasas y ponían unas batatas y una jareas para que se asaran y a comer.
Recordando las fiestas de mi pueblo voy a empezar desde cuando yo era una chinija. A parte de ver como por esas fechas empezaban a venir familiares que vivían fuera, como mi tío Frasco y su familia, y sobre todo recuerdo mucho a José “El Loco”, como le llamábamos cariñosamente porque siempre estaba haciendo de las suyas. Que no dejó de venir nunca a las fiestas.
Unos venían saludaban y se iban, pero otros venían a quedarse ese día, como mi tía Margarita, que vivía en Guatiza y mi tío Marcial, que venía de Tinajo.
Recuerdo como los vecinos del pueblo albeaban y pintaban sus casas, como en la mía, que no quedaba nada sin una mano de pintura, desde las puertas y ventanas, hasta la barriquita del gofio, que era en aquella época, el sustento casi a diario. (Se habrán dado cuenta que el gofio lo nombro muchas veces, ¿por qué será?)
Igual que se estrenaba un traje y unos zapatos y se engalanaban las calles del pueblo, en mi casa me acuerdo que ese día ponían un mantel nuevo, las colchas que estaban guardadas para si se ofrecía (como decían), y cuando se acababan las fiestas, se volvían a guardar como oro en paño.
La misa se celebraba antes a las doce del medio día, sacaban a la Virgen en Procesión por el pueblo, como ahora, pero antes recuerdo que la subían por la carretera y la bajaban por delante de casa de Seño Isidoro. Un año, hace ya tiempo, un cura dijo que el recorrido de la Virgen se haría solo alrededor de la Iglesia, los hombres de éste pueblo se opusieron y le dijeron al cura: “Si usted no quiere ir, se queda, pero nosotros, sacamos la Virgen como cada año” y ese año la llevaron hasta Tronquillo.
Las personas que no iban, la esperaban delante de sus casas para verla pasar y los hombres en señal de respeto, se quitaban el sombrero y se persignaban. También, recuerdo ver gente sentada en el muro que había delante del pino de Don Pedro.
Como anécdota, recuerdo un año que mi madre nos compró una pulserita de cuentas de colores, para que la estrenáramos el día del Socorro, ¡debe ser que ese año se vendieron bien las cebollas! Aunque las pulseras no eran muy buenas, porque a mí me duró lo que duró la misa, bueno, casi lo mismo, que nos duraba la botella de agua moya y de siete machos, que nos compraban ese día, y para que estuvieran frescas, como no había nevera, la metíamos dentro del aljibe, para sacarla a la hora de comer. Eso sí, bien amarrada para que no se escapara. Eso solo lo podíamos disfrutar el día del Socorro, como la comida que se preparaba para ése día.

Otra cosa significativa de las Fiestas del Socorro, eran los ventorrillos que se hacían con hojas de palma, delante del casino, hoy convertido en supermercado, y delante de la cantina de Augusto.
En el casino se hacían los bailes y era de toda la fiesta lo que más me gustaba. Recuerdo la orquesta Los Lira, cuando cantaban aquellos pasos dobles. ¿Quién no se acuerda de Julio Romero de Torres y La española cuando besa? Yo era una chinija, y aún no lo he olvidado, sobretodo porque no me dejaban entrar a bailar por no tener la edad, aunque siempre me colaba, Antonio Camacho me sacaba por una puerta y yo entraba por otra, es que desde chica ya me gustaba y me gusta el baile. Pero luego me lo cobré con creces porque cuando empecé a salir a los bailes hasta que los músicos no dejaran de tocar yo no me iba. Y como estuviera el que me gustaba, me daban las campanadas.
Y si no que se lo pregunten a mi madre, que como antes no nos dejaban ir solas sino acompañadas de nuestras madres, como no encontrara con quién hablar como María Curbelo o Candelaria la de Muñique entre otras, se quería ir pronto y yo no.
Después de haber conseguido que mi padre nos dejara ir, porque esa era otra, no te dejaban ir todos los sábados.
Fefo Betancort, nos llevó muchas veces y aún lloviendo y tronando, o estuviera acostado, el hombre se levantaba y nos llevaba y muchas veces ni nos cobraba.

Eso es de agradecer toda la vida, y yo estoy muy agradecida y no lo olvidaré nunca.
Como tampoco me he olvidado de haber pertenecido a la comisión de fiestas aquí en mi pueblo, en Tiagua y haber disfrutado tantos momentos con mi gran amigo Juan Manuel Hernández Auta, más conocido por Auta.
Cuantos recuerdos vividos para que el pueblo tuviera sus fiestas, preparando carteles, banderitas, para ponerlas por el pueblo… Por supuesto, con ayuda de mucha gente, ¡mi amiga Loly era una puntal!
Organizábamos carreras de burros, carreras de sacos, hacíamos carrozas y un año hasta Manolo Tejera, más conocido por Triguito, se vistió de reina y recorrió el pueblo en una carroza.
Hacíamos exposiciones de cosas antiguas, íbamos de casa en casa pidiendo lo que cada cual quería prestar, una plancha de carbón, un quinqué, un farol… Y la gente colaboraba, cuando eso no estaba todavía el teleclub, y lo poníamos en la escuela, hacíamos guardia para que todo estuviera controlado y que no faltara nada para poder devolver a cada uno lo suyo.
Todo esto que estoy diciendo de las fiestas se le ocurría a Juan Manuel, él daba las ideas, nos ayudaba a organizado y muchas veces no lo podría ni disfrutar, porque se tenía que ir a dar clase a las Palmas.
Antes de terminar, quiero decir que conozco a Juan Manuel, de toda mi vida y también es una persona que ha estado siempre vinculada con este pueblo y hoy quiero decir, que se merece un merecido reconocimiento por la labor que está haciendo con un deporte tan antiguo como es el de (Pelotamano) y lo más bonito, está consiguiendo que una nueva generación se implique en éste deporte, como es el caso de mi hijo Diego.
Hoy seguimos teniendo nuestra fiesta y aunque sean cosas diferentes, no son menos importantes.
Pido disculpas, porque sé que hay mucha gente que no he nombrado y que también de alguna manera dejaron huella en este pueblo, pero es imposible nombrarlas a todas.
Estos y otros tantos recuerdos que se quedan en el tintero, son los que hacen que me sienta orgullosa de mi pueblo y de mi gente a las que les tengo un cariño especial.
Que yo no esté viviendo aquí no ha impedido que cada año, asista a las fiestas de mi pueblo, unas veces de espectadora y otras participando.
A pesar de ser un pueblo pequeño nos seguimos uniendo para que las fiestas no pierdan su esencia y permanezcan vivas.
Y así demostrar que lo importante es no perder la ilusión con la que cada año celebramos el día de Nuestra Sra. Del Socorro.

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