Pregón de Tiagua 2012

Pregón de las Fiestas del Socorro
Tiagua  2012

POR ROSA MARÍA HERNÁNDEZ AUTA

Buenas nochesRosa-Tiagua

Es para mí un honor y una gran responsabilidad aceptar ser la pregonera de las fiestas en honor de Ntra. Sra. del Socorro, fiestas de las que guardo buenos recuerdos.

Deseo dar la bienvenida a todos los presentes y en especial a la gente de mi pueblo, que siempre nos acoge con los brazos abiertos y reciben con cariño a sus familiares y a esos amigos que sólo ven de año en año, sin dejar de recordar a los que ya no están con nosotros.

Por ello, desde el mayor de los respetos y con toda mi gratitud, me acerco a ustedes con el afán de compartir mis recuerdos.

Aún retengo en la memoria, las pelotas, las muñecas hechas de trapo y con los ojos azules, las de carozos, las de cartón, que una vez las bañábamos, nos quedábamos con el recuerdo de los cartones remojados y por supuesto sin nuestra muñeca.

Los recortables y las colecciones de cromos, que nos parecía un gran libro, por la información que estos nos proporcionaban.

No puedo dejar de mencionar los juegos infantiles, a los que jugábamos en la calle, nos entreteníamos saltando a la soga, al teje, cantando canciones, o corriendo por las cercanías de la finca “El Patio”, hoy convertida en Museo Agrícola.

A pesar de no tener muchas cosas para jugar, no nos aburríamos. Nos entreteníamos con lo que fuera.

¡Chacha, nos divertíamos más!

Otro de mis recuerdos son las tiendas de comidas, a las que íbamos con la talega a hacer la compra. A su vez, llevábamos las botellas para comprar petróleo o mitad media de aceite, azúcar, harina y demás. El que despachaba nos envolvía todo en papel de vaso, que después utilizábamos para otros menesteres.

Como vemos, la historia se repite: tenemos que llevar de nuevo nuestra talega para la compra.

¡Ah!, sin olvidarme cuando espalábamos el tabaco y lo hacíamos manillas. Mi tío nos pagaba a mi hermana y a mí, una perra chica por cada una de ellas.

Cuando se trillaba el trigo con el camello y nos montábamos en el trillo, hasta que nos mareábamos.

En cambio, cuando mi padre trillaba con las burras, no me hacía ninguna gracia dar vueltas detrás de ellas.

La escuela de mi niñez.

Cuando era pequeña existieron dos escuelas, una de niñas y otra de niños, que acogían alumnado de Tiagua y Muñique, desde los 6 hasta los 14 años. Más tarde surgió una tercera.

Éramos bastantes disciplinadas y pobre del que se saliera de la baldosa del pupitre, pero a pesar de todo fuimos felices. Si eso ocurriese hoy, la visita al psicólogo no habría quien la perdonara.

Comencé en la escuela en el año 1960, con doña Candelaria Rodríguez González (conocida por Teresita la de Don Jorge).

Los primeros minutos los dedicábamos a rezar y luego empezábamos nuestra tarea diaria. Le dábamos prioridad a la lectura, siendo frecuente escuchar el sonsonete de la maestra: La “f” con la “o” -fo, la “t “con la “o” -to; fo-to. Cuando lo repetíamos todos juntos, contestábamos “afoto”

En esta tarea colaboraban las familias, conocedoras de que aprender a leer suponía un avance en la sociedad y un bien para el futuro.

Una vez que aprendíamos a leer, pasábamos a estudiar en “las Enciclopedias Álvarez”. Estos libros además de abarcar todo el saber necesario para andar por la vida, CCBB, incluyendo todas las asignaturas, contenían partes dedicadas a la formación política y a conmemoraciones escolares.

Una anécdota curiosa: La maestra ponía en fila a las alumnas de tercer grado, independiente de la edad, para preguntarnos la lección.
Que ilusión pensar, que si respondíamos bien, nos poníamos a la cabeza de la fila, delante de las mayores.

¡Todo un orgullo! ¡Como intentábamos conservar ese puesto!

Aún siento el sonido de tres reglazos que me dio. Tuve que repetir 200 veces: “no se debe hablar en la escuela”, frase que al cabo de los años repito a mi alumnado, pero verbalmente.

Por las tardes nos dedicábamos a bordar, hacíamos muestrarios, manteles a punto cruz, bolsas para el pan etc. (todavía conservo algo.)

Pero realmente, lo que nos hacía más ilusión era el reparto de la leche en polvo. Ésta venía en sacos similares a los de harina. Unas veces, la llevábamos a casa en latas de leche lita o en cartuchos de papel, y otras, las merendábamos en la escuela.

En el mes de mayo preparábamos en la iglesia la Novena a María, donde le llevábamos flores, adornábamos el altar, cantábamos “Venid y vamos todos con flores a María” y algunas nos vestíamos de ángel.
Se componían poemas para alabar a la virgen, que los chinijos y chinijas nos aprendíamos de memoria para recitarlos lo mejor posible. ¡Qué bien lo pasábamos!

Todavía rememoro uno de ellos.

Hoy nace una estrella,
resplandor de luz eterna,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.
¡Virgen del Socorro!
señora y reina del cielo,
con fervor me acerco a ti,
y enséñame desde ahora
el amor, la paz y el perdón.

En esta época hacíamos La Primera Comunión.

Días antes, nos llevaban a Arrecife a sacarnos las fotos a casa de Doña María la retratista y mandaban a la imprenta unas estampitas con nuestros datos y un pequeño verso. Estas, las repartíamos a los familiares el día de la comunión.

Nos levantaban tres horas antes para desayunar, porque no se podía comulgar hasta pasado este tiempo, luego nos vestían y nos íbamos a misa.

A la salida de la iglesia, la maestra invitaba a un desayuno de chocolate con galletas.

Los domingos era obligatorio ir a misa, porque los lunes tocaba la temida pregunta, de quien había asistido. Si la respuesta era negativa, la consecuencia “unos cuantos reglazos”.

Cuando no se celebraba misa en Tiagua procurábamos oírla ya fuese yendo a Tao o a La Vegueta, sin importarnos que lloviese o hiciese calor. También era válida como disculpa para salir de casa.

Por las tardes íbamos a jugar a la baraja a casa de doña María con tres perras gordas, si teníamos suerte, llevábamos al siguiente domingo media peseta.

Otra de mis maestras fue Da Felicidad Reyes Borges (Pitita), que me preparó para mi prueba de ingreso en el instituto.

Solamente unos días estuve con Dª Vicenta en la misma escuela, que desde 1982 he tenido la oportunidad de poder contribuir con mi trabajo, a la formación de los niños y niñas que viven aquí.

Implicarme en su educación, sigue siendo como una aventura, que siempre recordaré con cariño, años recorridos, caminos de ilusión, compartiendo sueños, en los que he intentado fomentar valores, de participación y solidaridad.

Ellos son el motor de cambio que necesitamos para que Tiagua no se vaya apagando. Al igual que nuestros mayores, estoy segura de que serán transmisores de las costumbres de su pueblo.

Me siento orgullosa como docente, del alumnado que ha pasado por la unitaria en estos treinta años, de los cuales unos han obstado por estudiar, otros por hacerse empresarios o trabajar simplemente; con todos ellos mantengo buena relación , alegrándome de sus éxitos.

Desde aquí les envío un saludo. ¡Madre mía, cómo pasa el tiempo!
Año tras año, desde la niñez, venimos celebrando la fiesta en honor a Nuestra Señora del Socorro. Desde el mes de agosto se empezaban a pintar las puertas y ventanas, albear las casas, tradición que aún se mantiene en esta localidad, sin perder el hábito de ir a Arrecife a comprar los zapatos, o la tela para hacernos el vestido.

Yo no tuve que elegir costurera, porque tenía a mi madre, que cosía para la calle, por lo que a veces el mío quedaba sin reilar.

Días antes de la fiesta se engalanaban los caminos con banderas, se ponían arcos de palmera en la puerta de la iglesia, se preparaban los ventorrillos y se hacía la matanza del gallo y del cochino. Estos, eran manjares más gratos que el sancocho de batatas.

Mi mayor ilusión, era que llegara el día de la función para poder estrenar el traje y los zapatos.

Sacábamos a la Virgen en procesión, a hombros de los vecinos, por la carretera hasta la casa del señor Isidoro. Incluso, desde alguna casa se le tiraban flores.

¡Qué camino tan largo y con lo que nos molestaban los zapatos!

Actualmente se sigue haciendo lo mismo, pero con el recorrido más corto.

Después de la misa paseábamos un rato, hasta que se hiciera la hora de volver a casa, a comernos el compuesto, el puchero, el pan que se amasaba para ese día o el de leña de Fidel y algún que otro dulce.

Después de la merienda se organizaban actividades: la gimkana, carreras de sacos, teatro, de este recuerdo, que nos acercábamos por los alrededores de la casa de Irenita, para ver si escuchábamos algo del ensayo y posteriormente la pelotamano, que gracias a los vecinos de Tiagua y Soo, se ha mantenido a lo largo de los años.

De toda la fiesta, lo que más nos gustaba, era el baile, con la orquesta “La Lira” de La Villa, se celebraba en el Casino, (donde hoy se encuentra ubicado el supermercado). Como no teníamos los 18 años, antes de entrar por una puerta ya nos sacaban por la otra, pero nosotras no nos rendíamos en el intento. Sobre todo cuando escuchábamos “Tengo una vaca lechera”,”El caimán”.

Así y todo, ¡qué pena nos daba que la fiesta terminase! ¡Esperar hasta otro año nos parecía un montón!

De niña, un año nos parecía una eternidad, de adolescente se nos pasaban cada vez más rápido, y de adultos se nos van de las manos con una velocidad asombrosa, que parece aumentar con cada cumpleaños.

Ya un poco mayores, aunque seguíamos jugando en la calle, sobre todo a la bola, nos conformábamos con ir a San Bartolomé, al cine del cura, para ver las películas de Manolo Escobar y Concha Velazco, a los bailes de asalto de siete a nueve a Tinajo, o simplemente pasear por el pueblo, carretera arriba, carretera abajo .

¡Recuerdos inolvidables!

Otras fiestas por las que siento añoranza son:
La fiesta de Carnaval, en la cual se disfrazaban Socorro Martín, Nana, y otras vecinas del pueblo. A las cuales las acompañábamos de casa en casa; sin olvidarme de los toros de Don Jordán (desde que los divisaba, no encontraba sitio donde esconderme) o más tarde las que organizaba la señora Tolila, a las que venía con mis hijos pequeños. De todas formas, ellos siguieron disfrutando y participando de todos los eventos de las fiestas, piñatas, teatro, playback etc.

Cuando llegaba el verano, las hogueras, que se hacían en honor a San Antonio, San Juan y San Pedro en diferentes zonas del pueblo

Yo iba a la que hacíamos en el callejón de La Molina.

La víspera de San Juan, seguíamos algunas tradiciones, como la de dejar una palangana con agua al sereno y flores dentro. Por la mañana, teníamos la ilusión de vernos reflejadas en ella y luego nos lavábamos la cara.

Con mis palabras he pretendido hacer un recorrido de mis vivencias en este pueblo, recordar tiempos pasados y transmitir a los más pequeños la oportunidad de conocer las costumbres de antaño.

No deseo extenderme más, para que el protagonismo de las fiestas pase a ustedes, no sin antes darles las gracias, por haber tenido la generosidad de escucharme.

Les deseo
Felices Fiestas

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