Pregón de Las Nieves 2014

Pregón de las Fiestas de Las Nieves
La Montaña 2014

Por: MARÍA DE LAS NIEVES HERNÁNDEZ DÍAZPregonera LAs Nieves 2014-

Buenas tardes a todos y todas los presentes, hoy aquí reunidos en torno a nuestra Virgen de Las Nieves.
Supongo que muchos estarán sorprendidos por mi presencia aquí como pregonera de estas fiestas. Les aseguro que mi asombro cuando me hicieron la propuesta no fue menor. Hace unas semanas, cuando tocaron en la puerta de mi casa, no daba crédito a lo que me estaban planteando. Mi primera reacción fue un NO rotundo junto a una risa nerviosa que se me escapaba. Pensé que sería un atrevimiento por mi parte el aceptar la invitación y que quizá hasta pudiese resultar pretensiosa al dar un sí. ¡Nada más lejos de mi intención!


En mi cabeza bullían pensamientos como “¿qué voy a contar yo en un pregón?”, “¿cómo lo voy a hacer si la oratoria ante un público adulto no es una de mis cualidades?”… Me habían dado un tiempo para pensármelo, y el NO rotundo del principio fue convirtiéndose en un quizá. ¿Por qué no intentarlo?
Lo primero que hice fue consultar en el diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra pregón y lo que implicaba. Cuando me encontré con la acepción que indicaba que se trata de un “Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella” sentí gran alivio, pues invitar a celebrar el gozo de estar unidos, formando comunidad en torno a María, la madre de Dios, no debe ser tan complicado, máxime cuando tenemos en cuenta que todos los aquí presentes nos acercamos a la Virgen con gran fervor.
Un buen amigo me enseñó hace un tiempo que cuando las cosas vienen a nosotros no hay que preguntarse “por qué a mí”, sino “para qué”. Creo que ésa ha sido la clave para aceptar el estar hoy dirigiéndome a ustedes y haciéndoles esta invitación. Quizá nos pase a todos que no somos conscientes de las cosas que transcurren a nuestro alrededor. Con frecuencia, solemos pensar que los otros hacen más y mejor. Tal vez esas sean las sensaciones que tenemos dentro de la comunidad, admirando siempre a los otros por su buen hacer y su dedicación y entrega. De pronto, un día alguien o algo nos hace caer en la cuenta de que nosotros también podemos ser un humilde referente para los demás.
En mi caso, como esposa y madre, intento inculcar en mi familia los valores y la calidad humana heredada de mis padres y abuelos. También la escuela, donde desarrollo mi labor como docente, me brinda cada día la oportunidad de compartir con mis alumnos/as y con sus familias los frutos que la Iglesia me ha dado. No se trata, en ningún caso, de adoctrinar, sino de dar ejemplo de vida. No dejo atrás mis pequeñas aportaciones en la vida activa de la Parroquia como catequista, colaborando en la preparación de alguna celebración, en grupos de formación… todo ello enseñándome a caminar y a crecer en la fe, rodeándome de gente que tiene las mismas inquietudes que yo y que ansia recorrer los diferentes caminos de la vida con un fin común: seguir a Jesús. Me gustaría que mi experiencia compartida con todos ustedes sirviera para que cada uno mirase en su interior y analizara en qué punto del camino se encuentra y hasta dónde quiere llegar. Seguro que todos y cada uno de nosotros podemos dar pequeños testimonios de fe que enriquecen a la comunidad…
Quizá este pregón pueda resultar bastante diferente a los que estamos acostumbrados a escuchar, donde los pregoneros nos hacen partícipes de sus vivencias más cercanas y anecdóticas en torno a la virgen. Yo he querido darle otro matiz y mi intención es que hagamos conjuntamente una pequeña reflexión que sirva para acercarnos a María con la satisfacción plena de sentirnos sus hijos y celebrar junto a ella esta festividad.
La única vivencia que les voy a contar es que desde muy pequeña me siento muy unida a la virgen por el nombre que mis padres eligieron para mí tras una promesa: “Mª de las Nieves”. Eso ya me hacía pensar que la virgen debía de ser algo importante en nuestras vidas. Me parecía mágico cuando cada 5 de agosto, acompañando a mi familia, veníamos a venerarla y Ella bajaba desde su altar inmersa en una senda de tules que Rafael el Sacristán con tanto esmero preparaba. Yo, que no entendía que aquello funcionaba con algún mecanismo, ponía los ojos como platos pensando que la imagen cobraba vida y se acercaba a nosotros para darnos la bienvenida. Con los años, me daría cuenta de que no estaba del todo equivocada…
Afortunadamente, pertenezco a una generación que no se ha acercado hasta esta ermita en rogativa por sequías, hambrunas, malas cosechas, epidemias… como pudieron hacerlo algunos de nuestros antepasados. Las veces que hemos llegado hasta aquí, ha sido para compartir en comunidad el banquete de la eucaristía, o para encontrarnos con la virgen después de hacer el camino en romería o peregrinación. Como yo, también habrá muchos que hayan venido hasta las Nieves a presentar ante la virgen a sus hijos al nacer, para que ella les brindara su halo de protección y en agradecimiento por el regalo de la vida que se nos había concedido.
Y, aunque mi generación no sabe de las calamidades pasadas por muchos de nuestros mayores, sí que somos testigos de otras adversidades que no tienen como destino poner a prueba la capacidad de resistencia física de las personas. Dejando a un lado la crisis económica que sufrimos en estos últimos años, podemos prestar atención a esas otras contrariedades que atacan directamente a la moral. Vivimos en una sociedad donde el individualismo, el orgullo, la vanidad, la indiferencia, las inseguridades, la rutina… se hacen presentes cada día. Contraria a todo esto, se descubre María que, como madre de Jesús, nos muestra valores como La Verdad, La Justicia, La Unidad, La Libertad, La Paz, La Armonía, La Vida… En ella debiéramos mirarnos para recuperar estos valores. Qué mejor regalo podríamos hacerle que reconocer en ella a esa mujer servicial, humilde, agradecida, generosa y paciente que nos ayuda a crecer, a afrontar la vida y a ser libres.
Estos días huelen a fiesta, a pinas de manises, almendras o coco, a turrones, a pirulís de azúcar, a carne en adobo, a pólvora de voladores… La montaña se llena de actividad. Gente de toda la isla se acerca hasta aquí para agradecer a la virgen otro año más de vida y pedir que nos dé salud y no nos falte el trabajo. Unos harán el camino en silencio, otros acompañados de timples y guitarras y todos con el mismo objetivo: reencontrarnos una vez más con María. No importa cuántas veces nos hayamos acercado hasta la ermita durante el año. No importa si sólo nos hemos acordado de ella en momentos difíciles… lo que importa es la admiración y la devoción con la que nos dirigimos a Ella.
Son las fiestas del pueblo de Lanzarote, nuestras fiestas. Las que hemos heredado y las que debemos dejar en herencia a nuestros hijos. El macizo de Famara, un año más, se vuelve a engalanar.
Llegados a este punto, parémonos a pensar el por qué estamos aquí, en este entorno. Por qué la Virgen ha elegido esta montaña para asentarse y convocarnos. Recordemos que la montaña ha sido un símbolo repetido muchas veces en el Evangelio y Jesús la elegía para llevar a cabo sus enseñanzas. Hay quien dice que la montaña simboliza la eternidad, la constancia, la firmeza y la quietud… Eso explica que muchos de los episodios importantes del Antiguo Testamento tuviesen lugar en las montañas.

Por ejemplo, fue en un monte (el Sinaí) donde Dios habló con Moisés y le dio los diez mandamientos. En un monte (el Moría) Abraham intentó sacrificar a su hijo Isaac y Dios se lo prohibió. Desde otra montaña (el Tabor) Dios hizo ganar a los judíos la batalla contra los cananeos, en tiempos de los jueces. También fue en un monte (el Carmelo) donde Elías, el más grande de los profetas, hizo llover fuego del cielo y derrotó a los falsos profetas de los dioses paganos. Y, en un monte, (el Sión) se construyó el único y grandioso Templo de Jerusalén, la morada permanente de Dios con su pueblo.

Si Jesús ha estado frecuentemente relacionado con un monte, quizá el que la Virgen se encuentre en esta montaña no es una casualidad. También ella quiso asentarse en la cumbre, más cerca de Dios, más cerca de ese Reino que algún día encontraremos. Ella nos muestra el camino y jamás nos abandona. Viaja a nuestro lado y nos acompaña para que en los momentos de debilidad no nos apartemos del sendero. María se muestra como la mediadora entre Dios y los hombres para que recibamos todas las gracias, todos esos favores sobrenaturales y gratuitos que Dios nos concede para ponernos en el camino de la salvación. En un monte, El Calvario, fue donde Jesús le dijo a su madre, situada al pie de la Cruz “-Mujer, ahí tienes a tu hijo”- refiriéndose al discípulo amado. Desde ese momento, hemos sido conscientes de que María no es sólo madre de Jesús, es también nuestra madre. Este hecho hace que nos desplacemos hasta esta ermita de las Nieves, llenos de júbilo y reconociéndonos Hijos de Dios e Hijos de María.
María, como cualquier madre, nos tiende sus manos y a Ella nos entregamos…

(Escuchar audio: Mercedes Sosa “Las manos de mi madre'”):

Las manos de mi madre
parecen pájaros en el aire,
historias de cocina
entre sus alas
heridas de hambre.

Las manos de mi madre
saben qué ocurre
por las mañanas
cuando amasa la vida
horno de barro
pan de esperanza.

Las manos de mi madre
llegan al patio desde temprano,
todo se vuelve fiesta
cuando ellas juegan
junto a otros pájaros.
Junto a los pájaros
que aman la vida
y la construyen con los trabajos
arde la leña, harina y barro
lo cotidiano
se vuelve mágico.

Las manos de mi madre
me representan un cielo abierto
y un recuerdo añorado
trapos calientes en los inviernos.

Ellas se brindan cálidas,
nobles, sinceras,
limpias de todo.
¿Cómo serán las manos
del que las mueve
gracias al odio?

Las manos de mi madre
llegan al patio desde temprano,
todo se vuelve fiesta
cuando ellas juegan
junto a otros pájaros.
Junto a los pájaros
que aman la vida
y la construyen con los trabajos
arde la leña, harina y barro
lo cotidiano se vuelve mágico.

(Mercedes Sosa)

Estamos de fiesta y, como dice Mercedes Sosa en su canción, que lo cotidiano se vuelva mágico; que la alegría y la esperanza inunden nuestras vidas y que encontremos en las manos de María el calor, la sabiduría y la templanza de una madre.
Para finalizar, quiero animar a todos y todas a participar de estas fiestas donde María, bajo la advocación de las Nieves, es la protagonista. Disfrutemos de los actos programados para estos días y no olvidemos acercarnos a ella con un corazón sincero, humilde, abierto a los demás… en definitiva, con un corazón fraterno, que es lo que toda madre anhela para sus hijos. No olvidemos tampoco acercarnos con el deseo agradecido de responder a su amor infinito.
Dar las gracias a quienes han tenido a bien concederme el privilegio de inaugurar estas fiestas y, cómo no, a todos ustedes por su escucha atenta. ¡Felices fiestas!
“¡Viva la Virgen de las Nieves!” “¡Viva la Madre de Dios!”

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