Pregón de Las Nieves 2010

Pregón de las Fiestas de Las Nieves
La Montaña  2010

Por AGUSTÍN SÁNCHEZ

El sentir de todo un pueblo: Recordando vivenciasErmita_de_las_Nieves

Comienzo, con cierta emoción, este sencillo Pregón en honor de Nuestra Señora la Virgen de Las Nieves, venerada aquí en la Montaña de Famara en Teguise, Lanzarote. Cuando el párroco, Antonio Juan, me llamó para hacerme el encargo, la primera reacción fue negarme. Me parecía que estaba tan lejos en el tiempo lo vivido en estas tierras, que creía no poder decir algo cercano. Le pedí unos días para pensarlo.

Pero apenas corté la comunicación, empezaron a venirme recuerdos, muchos recuerdos, que se agolpaban en mi memoria: todo lo vivido en referencia a la Virgen de Las Nieves, rostros y nombres de muchas personas a las que quise y quiero, experiencias de fe y de amistad que nunca se pueden borrar, experiencias de trabajo comunitario y eclesial codo con codo a favor de nuestro querido pueblo de Teguise, de Lanzarote.

Por ello, casi enseguida, le dije a Antonio Juan que contara conmigo. No sería un Pregón brillante, pero sería un Pregón que haría surgir gran parte de la experiencia vivida con nuestra gente y la experiencia de fe en relación a la Virgen de Las Nieves.
Debo afirmar que mi venida a Teguise, como cura de Nuestra Señora de Guadalupe de Teguise y Encargado de San Andrés y Nuestra Señora del Socorro, de Tao-Tiagua, fue un auténtico regalo que el Señor me hizo por medio de la Iglesia, aquel año 1975: ¡hace ya 35 años! Yo venía con toda la ilusión que se puede tener, acabado de ordenar de sacerdote, con 28 años de edad, y con el deseo de transmitir y vivir en profundidad el evangelio con la gente que me encargaba la Iglesia. Para mí todo era nuevo. Vivía todo con la intensidad de un niño que va descubriendo un mundo nuevo.
Quisiera dividir mi breve exposición en varios apartados. Son tantos los rostros que me vienen a la memoria, son tantos los nombres, son tantas las personas, hombres y mujeres con los que compartí aquellos años –muchos de ellos están ya definitivamente con el Señor- que necesito hacer cierta clasificación. Pero consciente de que, aunque no diga sus nombres concretos, no por eso están en el olvido. Nombraré algunos ya que es imprescindible al hablar de algunas realidades.

1.- Primero La Virgen de Las Nieves.
Tengo que reconocer que para mí, en mi estancia en Teguise, la Virgen de Las Nieves fue el primero y el gran regalo que recibí. No conocía prácticamente el lugar y la imagen. Sólo recordaba que siendo seminarista había venido una vez a Lanzarote y pasé por aquí viendo la ermita sólo por fuera ya que estaba cerrada. Pero una vez llegado a la Villa de Teguise, Las Nieves se convirtió en un lugar necesario para mí: venía con cierta frecuencia, sobre todo en esos retiros que solía tener los lunes, en los que pasaba horas rezando ante la Virgen y por estas montañas mágicas. Realmente me sentía protegido por las manos de la Virgen. El hecho de que tiempo más tarde empezara a celebrar cada quince días aquí, aumentó la devoción a la Virgen. Cuando llegué de párroco a Teguise conocí a Don José Fajardo, de venerable memoria, que estuvo 40 años de Párroco de Teguise. Era un sacerdote de los pies a la cabeza. En aquel entonces vivía en Arrecife y venía a celebrar todos los sábados a Las Nieves. Aunque la ermita formaba parte de la Parroquia, sin embargo Don José era el capellán de la misma. Cuando se trasladó a vivir a Las Palmas, venía una vez al mes a celebrar. Finalmente en los últimos años venía para las fiestas. Por esa razón, me quedé celebrando con cierta regularidad.
Cuando llegué a La Villa, en los primeros días de Octubre de aquel año 1975, los educadores del Junior –eran Jesús Rijo y Felipe Pérez- me invitaron a celebrar la Eucaristía aquí en la ermita porque tenían encuentro con los niños: fue mi primer encuentro con Las Nieves y con los niños. Recuerdo que, celebrando, me emocioné viendo el cariño de todos hacia el lugar, hacia la Virgen. Desde entonces comprendí lo que significaba la Virgen de las Nieves para nuestra gente, incluso desde niños.
Pero, no podemos hablar de la Virgen de Las Nieves, sin hablar de Rafael. Rafael, como todos sabemos, era en aquel tiempo, toda una institución en Las Nieves. Nos hicimos amigos: nos valorábamos mutuamente. Para mí era extraordinario descubrir el gran amor que Rafael tenía a la Virgen de Las Nieves: un amor sin condiciones. Por eso, todo el tiempo que tenía libre, él lo empleaba en Las Nieves, cuya ermita cuidaba con esmero y mantenía todo a punto. Descubrí en él a un hombre que había sufrido mucho, pero que todo lo había integrado en su vida de fe donde la Virgen Madre tenía un lugar privilegiado.
De las cosas que recuerdo con veneración era las muchas veces que me escapaba a media tarde y me venía a Las Nieves. Allí estaba Rafael -y en los últimos años con su inseparable perro Toribio- que me esperaba para invitarme a un carajillo. Hablábamos de todo lo humano y lo divino. Y realmente fuí descubriendo a alguien desconocido: un hombre con una gran sensibilidad, con una gran inteligencia, con una gran comprensión hacia todo lo que iba sucediendo en el pueblo. Me llamaba la atención cómo justificaba cualquier cosa que ocurría en la isla sin dramatizar nada. Pienso que la fe era la que sostenía esta forma de ver las cosas. También Rafael me iba contando muchas cosas en referencia a la Virgen de Las Nieves, como el hecho de que en otro tiempo, cuando los hombres que eran reclutados para el ejército, para la guerra, cuando iban en el barco, su última mirada iba dirigida a esta montañas, al santuario de la Virgen de Las Nieves, y se multiplicaban las promesas de venir a este lugar, si volvían, como señal de agradecimiento a la Madre común.
Y en esos encuentros se fueron gestando muchas cosas en relación a la Virgen de Las Nieves: desde promover la terminación del Retablo que estaba haciendo Pedro con su Sagrario de la misma madera, hasta la compra del terreno adyacente, que va desde la ermita hacia el risco, y que se lo compramos a una familia de Los Valles.
Pero, lo más arriesgado fue la restauración de la misma imagen de la Virgen de Las Nieves, así como la imagen del Niño. Se veía que la imagen de la Virgen tenía un ojo roto y al mismo tiempo estaba un poco estropeada. Me contaron que hacía años, un hombre perturbado tiró de la imagen y le estropeó la cara; la arreglaron pero no el ojo. En esas conversaciones por la tarde surgió la idea de restaurarla en Las Palmas, ya que en el Obispado estaba un restaurador sevillano, Don José Paz Vélez. Una vez decidido, llevé la imagen a Las Palmas, con la promesa del restaurador de que estaría para las fiestas de Las Nieves. Realmente no recuerdo cómo lo pagamos. Sé que Rafael tuvo mucho que ver ya que él decía que por el dinero no me preocupara. Pero de hecho se pagó y terminó. Mucho nos reíamos en aquellas conversaciones comentando lo que algunos decían: que Don Agustín y Rafael estaban compinchados para vender la imagen de la Virgen y después comprar otra más barata. Nos reíamos por lo que significaba de ingenuidad pensar esto: una imagen tan antigua, de tanta devoción y tan querida por nosotros, no se podía cambiar sin más. Pero rezábamos para que la Virgen estuviera para las fiestas de Las Nieves, porque entonces peligraban nuestras cabezas. Lo cierto es que, aprovechando que yo iba a principios de julio a la formación permanente en Las Palmas, tenía que traer la imagen. El restaurador decía que no estaba aún, y yo le respondía que me la llevaba como estaba. La traje conmigo y la tuve que tener unos días guardada en el archivo parroquial con dos ventiladores dándole aire porque aún no estaba del todo seca la pintura.
Pero el día que traje la imagen a la ermita, fue un día para no olvidar. Rafael me había dicho que él avisaba a un amigo carpintero que sería el encargado de instalarla en el trono. Pero me insistió que, por favor, no trajera a nadie conmigo, ni jóvenes ni nadie. Él me conocía y sabía que yo solía implicar a muchos jóvenes en las cosas que hacía. Le hice caso: fui solo. Al llegar, veo todas las puertas abiertas y no veo a nadie alrededor. Me cargo con la imagen de la Virgen y comienzo a entrar. En cuanto pongo los pies en la puerta de la ermita, veo que Rafael está en pie ante el altar y comienza a cantar un canto a la Virgen, con una emoción tal, que entré también yo con lágrimas en los ojos. Allí estaba un auténtico hijo de la Virgen. Agradeció con toda el alma la llegada de la imagen de la Virgen a su casa. Al mirar la imagen me dice que los ojos son más pequeños que antes y volvía a ser como era en su origen.
Es que hacía muchos años le habían puesto a la imagen unos ojos de cristal, porque era la moda de aquel tiempo. Pero la imagen era mucho más antigua y lo que hizo el restaurador, que conocía bien la historia del arte, era volverle a descubrir los ojos originales de la misma madera de la talla: ahora era la Virgen de Las Nieves que vieron nuestros antepasados.
Después de la restauración decidimos también comprar a la Virgen un Sol más acorde con la imagen. Entonces encargamos en Sevilla el actual Sol que sustituyó al que tenía de madera. Realmente no recuerdo cómo pagamos todas estas cosas, pero lo cierto es que se pagaban. Dios nunca nos abandonó en todo lo referente a la imagen de Su Madre.
Otra cosa que decidimos e hicimos fue mandar componer un Himno a la Virgen de las Nieves. Lo encargamos a Don Heraclio Quintana, canónigo de la Catedral, gran músico y devoto de la Virgen. Recopilamos distintas narraciones en el archivo de la Parroquia y la enviamos a Don Heraclio. Compuso un Himno con aires canarios, que contaba la historia de la presencia de la Virgen en estas montañas. El Himno lo estrenamos un día de Las Nieves, y se cantó unas cuantas veces. Pero no era muy pegadizo y por ello no se llegó a popularizar. Fue una pena porque un himno fomenta la devoción a la Madre común.
La Virgen de Las Nieves atrae a todos los creyentes de toda la Isla de Lanzarote. Eso lo pude vivir de cerca en aquellos años en los que en cada celebración había gente de Arrecife, de los pueblos cercanos y también de los más alejados. Algo tiene la Virgen de las Nieves que atrae a tanta gente. Mucho se ha orado, mucho se ha pedido, mucho se ha suplicado aquí en esta Santa Montaña, ante la Virgen de Las Nieves. Y sé que mucho se ha respondido y mucho se ha concedido, saliendo del corazón infinito de nuestra Madre, la Madre de Dios.

2. La Parroquia, las parroquias.
Sin dejar de relacionar todo lo vivido con la Virgen de Las Nieves, tengo que decir que el encuentro con la Parroquia, con los pueblos que la forman, con su gente, fue para mí de lo más gratificante. Me encontré gente con mucha historia vivida, con mucha experiencia de fe vivida y compartida, con muchos deseos de seguir adelante como pueblo y como cristianos. Una parroquia tremendamente organizada con muchas personas encargadas de muchas tareas. Realmente impresionante para un cura joven, acabado de ordenar, como era yo en aquel entonces.
Tengo muchos rostros en la cabeza y temo olvidar nombres. A poco de llegar se me presentaron las Celadoras: mujeres encargadas de cuidar las distintas capillitas que circulaban por el pueblo con la imagen de la Virgen: estaban presentes en los distintos nueve pueblos que atendía en aquel tiempo: La Villa, Nazaret, Tahíche, La Caleta, Mozaga, Tao, Tiagua, Muñique y Sóo. Aunque solía ir también por Los Valles, Teseguite y El Mojón, sin embargo de estos tres pueblos se encargaba en aquel tiempo el cura de Guatiza. También un recuerdo agradecido a las mujeres que de forma desinteresada limpiaban semana tras semana, la Iglesia y cada una de las ermitas de la jurisdicción: en Teguise eran varias mujeres (en aquel tiempo, Macona, Nora, Lula, Carmita…) y en cada pueblo, había una buena mujer –y también un hombre: en Tao el encargado era el Sr. Manuel Luzardo-. Cuidaban la Iglesia, procuraban que no faltara nada. Realmente era impresionante. Todos tienen un sitio en el Cielo. Tengo que reconocer con enorme agradecimiento el cuidado que de la Casa parroquial tenían Juanensa, que en paz descanse, Nora y toda la familia, que de forma desinteresada limpiaban y cuidaban la Casa. Dios tiene esto en su haber. Era un servicio a la Iglesia.
Igualmente las catequistas. Cuando llegué a Teguise se me presentaron Doña Catalina y Doña Manuela del Castillo: eran las catequistas del pueblo (Manuela era además por vocación catequista del Pino) quienes, junto con Nieves y otras catequistas reunían a los niños. Pero después veo que en cada pueblo hay una o dos catequistas que atienden a los niños que van a recibir la Primera Comunión. Un trabajo, el de la catequesis, que es como sembrar para que en el futuro dé fruto. Dios tiene un puesto reservado para estas mujeres que, desinteresadamente, han acompañado a los niños y a los jóvenes en su caminar de fe. Una de las cosas que recuerdo con mucha alegría, una vez que se organizó la catequesis, eran aquellas reuniones de catequistas, una vez al mes, donde, reunidas por curso, preparaban el material de la catequesis. Mi pequeño coche 4 latas, parecía una guagua transportando tanta gente a sus pueblos.
También era muy importante el trabajo de acompañamiento de los jóvenes que se preparaban para la Confirmación: en Teguise y en cada pueblo había grupos de jóvenes que se reunían para recibir en su momento el sacramento. Era una tarea que relacionaba a los jóvenes de los distintos pueblos, ya que teníamos encuentros comunes y, cuando en los pueblos había un número escaso, les llevábamos de un pueblo a otro para reunirse: los de La Caleta les transportábamos a Sóo, los de Muñique a Tiagua. Y así semana tras semana, hasta que llegaba el día de la celebración de la confirmación.
En este tiempo descubrí también que el trabajo de Cáritas había sido importante en la historia de la Parroquia. Había un local en la plaza, propiedad del Ayuntamiento, que desde hacía mucho tiempo era utilizado por Cáritas. Desde que llegué, intenté arreglar este tema con Bartolomé, el alcalde de aquel tiempo, ya que no me parecía bien que, teniendo la Parroquia locales en la parte trasera de la Iglesia, estuviéramos utilizando algo del Ayuntamiento. Así que planteé dejarlo y pasamos lo de Cáritas a un local detrás de la Iglesia. Pero pronto orientamos este trabajo en ayudar a concienciar a los campesinos en todo lo relacionado con la cosecha de cebollas, que en aquellos tiempos era muy importante y mucha gente necesitaba lo que entraba por la cebolla para seguir adelante.
Igualmente debo reconocer que la llegada de las Hermanas religiosas fue un auténtico regalo para todo nuestro pueblo. Primero fueron María y Piedad, que venidas desde la misión en América, quisieron instalarse en un lugar apartado para trabajar con los más sencillos. Conseguimos que pudieran vivir en la casa del maestro en Sóo, casa que en aquel tiempo aún carecía de luz. Desde allí desplegaron una enorme actividad que llegaba a todos los pueblos, sobre todo a nivel de catequesis, liturgia y promoción cultural y social. Más tarde se instalaron en una casa de Tao, desde donde trabajaban para toda la jurisdicción. Nunca agradeceremos bastante su labor durante tantos años.
Después llegaron las Hermanas Dominicas. Primero se instalaron en la casa parroquial de Guatiza y después en la casa de Teguise, en la calle Norte, casa que recibió la parroquia en herencia y de la que Doña Dolores Bethencourt, que Dios la tenga en su gloria, nos cedió el usufructo que le correspondía a ella mientras viviera. La labor de las Hermanas, que ha tenido distintas etapas, ha sido y es de un valor incalculable, a favor de la Iglesia, a favor del pueblo. Nunca les estaremos suficientemente agradecidos.
Con la llegada de Pepechu en aquellos años (quien hizo también una gran labor sobre todo con los jóvenes) formamos lo que llegamos a denominar la “Celula”, es decir una comunidad que nos reuníamos cada semana los viernes después de la tarea, para compartir todo el trabajo que estábamos realizando a favor de nuestra gente. Queríamos ser como una célula comunitaria que promoviera la vivencia de comunidad en todos nuestros pueblos.
En ese trabajo que realizábamos a favor de nuestra gente tenía mucho que ver la devoción a nuestra Madre la Virgen. Recuerdo que uno de aquellos años, nos propusimos tener en los distintos pueblos unas jornadas sobre la Virgen. En esos encuentros, por medio de diapositivas y otros medios, la figura de la Virgen María era el tema central de todo. Otro año, ya casi a final de curso, no sólo con los agentes de pastoral, sino con todos los que quisieran, revisamos en cada pueblo la labor pastoral que se había hecho. Realmente fue inpresionante ya que después de la revisión, terminamos con un ofrecimiento común de todos los pueblos, a la Virgen de Las Nieves: vinimos en peregrinación a La Montaña y aquí tuvimos una gran celebración eucarística ofreciendo a la Madre el trabajo realizado. Después tuvimos una procesión fuera de la ermita. Aún deben estar por ahí las fotos de ese acontecimiento.

3.- Un pueblo con muchos valores.
Una de las realidades que más me llamó la atención y que más valoré fue el descubrir un pueblo: La Villa de Teguise y todos los pueblos de la jurisdicción, con muchos valores. Voy a nombrar una serie de ellos que me impactaron.
Me encontré un pueblo tremendamente acogedor. Era fácil sentirse como en la propia familia en cada una de las familias de nuestros pueblos. Yo entraba en muchas casas como si fuera en mi propia casa. Una de las labores que hacía como cura era la visita a los enfermos y mayores, llevándoles el consuelo del Señor, la Comunión. Era impresionante el cariño, la alegría agradecida que mostraban cuando me veían. Y efectivamente me encontré mucha gente con una fe muy profunda. Y eso en cada uno de los pueblos de la jurisdicción.
El otro día, visitando el cementerio nuevo, me alegró el título dedicado a la Virgen de Las Nieves. Es que la primera persona que allí se enterró fue la señora Nieves, a quien llevaba con frecuencia la comunión, recibiéndome ella con gran alegría. Recuerdo que cuando se puso muy mal la ingresaron en el hospital. La fui a visitar unas cuantas veces. Un vez me avisaron que estaba apunto de fallecer. Fui corriendo con la intención de administrarle la Santa Unción y cuando llegué, acababa de fallecer y estaba con los ojos abiertos. Yo, que la conocía bien le dije: “Señora Nieves, soy Agustín el cura que vengo a rezar por usted”. Aquellos ojos abiertos cambiaron y se pusieron más expresivos. Estoy seguro de que ella me estaba oyendo. Cuando la enterraron en el cementerio nuevo, aunque reclamé que le pusieran su nombre, no se hizo. Por eso me alegré mucho el otro día al ver el nombre de la Virgen de Las Nieves, como un pequeño homenaje a aquella buena mujer, que estaba protegida por nuestra Madre la Virgen de Las Nieves, y como signo de protección de todos los que allí descansan.
En el pueblo, también llamaba la atención las inquietudes culturales que en aquel tiempo descubría. Esto les llevaba a preservar los elementos tradicionales que había dado identidad al pueblo. Aquí tengo que resaltar algo que para mí fue importante en aquellos primeros momentos de mi ministerio y de mi estancia en Teguise. Me dí cuenta que era fundamental amar lo que la gente amaba, valorar lo que la gente valoraba. Por eso promocioné y me relacioné con todo aquello que para la gente era importante.
Destaco aquí todo lo relacionado con la Navidad: era un tiempo en que verdaderamente gozaba como un niño, al igual que mucha gente. Desde el primer año empecé a hacerme presente en algunos ensayos del Rancho de Pascua. Recuerdo que la primera vez que acudí a un ensayo, Nono me presentó al señor Manuel Cabrera, que en aquellos momentos era la persona clave del Rancho; y me presentó diciendo que era uno de San Bartolomé que quería aprender el estilo del Rancho de Teguise. El señor Manuel me miró con una cara de tal desconfianza que tuve que decirle en seguida que no era verdad, que yo era el cura nuevo de Teguise. Su cara se iluminó con una sonrisa, y desde entonces nos convertimos en amigos. La actuación del Rancho, la noche de Navidad constituía una de las cosas más bellas que se pueden vivir, sobre todo el baile del besapié del Niño: ese recuerdo nunca se olvidará.
Juntamente con el Rancho, alrededor de la Navidad estaban otras personas que hacía posible la magia de esa Noche Santa. Desde el día de la Inmaculada se comenzaba en la Iglesia a construirse el Belén. En mi tiempo era Benjamín uno de los artífices principales. Quisimos darle profundidad a la vista del Belén y fue entonces cuando Pedro hizo aquel enorme mural que embelleció el Nacimiento. Tengo que decir que Pedro siempre fue un gran colaborador desinteresado de la Parroquia, ponía todo su arte, que es muy grande, al servicio de los demás.
Y en aquellos días comenzaba a ensayar el Rancho Chico: muchas noches la Iglesia de Teguise se convertía en un ir y venir de gente grande y chica que ensayaban. Al son de la música del órgano tocado por Mari Carmen, y del ensayo de los niños donde estaban comprometidas Carmelina, Nieves, Mercedes, Lola y otros. Era precioso ver todo el entusiasmo que generaba la preparación de la Navidad.
También un año quisimos enriquecer la celebración con la creación de una misa canaria hecha por gente de La Villa. Muchos jóvenes intervinieron en la creación y preparación de la Misa. Fue una gran aportación y una gran experiencia comunitaria.
Esta capacidad de creación e inquietudes culturales me hace reseñar la importancia del grupo de teatro Esperanza Espínola. Realmente estábamos ansiosos de la llegada de la fiesta para ver la obra preparada por aquellos actores tan de nuestro pueblo.
Y respecto a los jóvenes reconozco que fue un tiempo privilegiado. La casa parroquial era el sitio de encuentro de muchos jóvenes, chicos y chicas, de nuestro pueblo. Y en ese estar en la casa se habló mucho, se transmitió mucha inquietud. De allí nació la inquietud de recuperar en aquel tiempo la Fiesta de San Rafael. Y realmente era una fiesta distinta, donde se fomentaba sobre todo la participación de todos. Recuerdo con mucha alegría cómo una semana o dos antes de la fiesta íbamos todos los que querían a adecentar la ermita: la pintábamos, la limpiábamos, arreglábamos los posibles destrozos y quedaba preparada para la fiesta. Ese día consistía en subir en procesión la imagen de San Rafael a su ermita, celebrábamos la Eucaristía y después teníamos aquí un pequeña fiesta con música, donde se compartía comida traída por la misma gente. Toda una experiencia comunitaria.
Respecto a los jóvenes, recuerdo que había una gran responsabilidad por su parte: ellos sentían la casa parroquial como su propia casa, la respetaban, la cuidaban. Muchas veces me iba a celebrar a los pueblos y la casa se quedaba abierta con los jóvenes. Tenía plena confianza en ellos y yo actuaba como un auténtico perro pastor cuidando a los muchachos. Era el tiempo en que empezaba a aparecer la droga en Teguise y tenía especial cuidado de que no entrara en la casa parroquial. Me sentía responsable de los chicos y chicas y cuidaba de ellos. Vivía con ellos sus alegrías y también sus fracasos. Esta experiencia de cercanía a los jóvenes creo que me ha marcado durante todo mi ministerio.

4.- La Virgen de las Nieves siempre presente
Quiero terminar reconociendo y afirmando algo que me parece obvio: La Virgen de Las Nieves tiene un lugar privilegiado en el corazón de todos los habitantes de nuestro pueblo. Al igual que todos tienen un lugar destacado en el corazón de Nuestra Madre que, desde el Cielo, escucha y se hace presente ante las súplicas que todos le dirigen en este Lugar Santo. La celebración de la eucaristía en este lugar, así como la Fiesta de Agosto, nos hace descubrir lo importante que es para cada cristiano de nuestros pueblos, la devoción a la Virgen de Las Nieves.
Creo que han pasado los tiempos en que se pensaba que la devoción a la Virgen no era tan importante en la vida cristiana, que, de alguna manera, restaba algo a la centralidad de Cristo el Señor. Hoy podemos afirmar que, sin María nuestra Madre, no es posible seguir a Jesús Nuestro Señor. Porque su papel no es otro que dirigir nuestra mirada y nuestra vida hacia su Hijo Jesús Nuestro Señor. Siempre recordaremos la escena de las bodas de Caná, cuando María dice simplemente: “Hagan lo que él les diga”. Es verdad que se refiere al hecho concreto de llenar los cántaros de agua, pero también es verdad que ésta es la actitud permanente de nuestra Madre, indicarnos lo que es importante en nuestra vida: hacer siempre la voluntad del Señor. Ya que la devoción a la Virgen no tiene sentido si nuestra vida concreta está alejada del Señor. Sólo es auténtica la devoción a la Virgen de Las Nieves, cuando nuestra vida se desarrolla de acuerdo con lo que el Señor desea para nosotros, de acuerdo con la voluntad de Dios. Porque, como nos recuerda también San Juan en su Primera Carta, “el que dice que conoce a Dios y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso”. Es decir, no podemos decir que seguimos a Dios, no podemos decir que somos devotos de Nuestra Madre la Virgen de Las Nieves si, después, nuestra vida está alejada de lo que Dios quiere para nosotros.
Aquí quisiera recalcar algo que me parece muy importante hoy: en este tiempo estamos viviendo un proceso fuertemente secularizante de nuestra sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que nuestra sociedad, tomada en bloque, vive cada vez más alejada de Dios; que Dios es el gran ausente de nuestro pueblo, de los espacios públicos, relegando su presencia a los solos espacios particulares o individuales. Por ello, hoy más que nunca, los cristianos, la Iglesia, estamos en tiempos de misión. Esto significa que hay que volver a llevar el mensaje del evangelio a mucha gente que en otro tiempo vivieron como cristianos y que ahora ya no viven la fe.
Pues bien, en esta hora y en este momento, María nuestra Madre se vuelve a convertir en la primera misionera, aquella que sostiene y presenta la fe en Jesús a toda la gente. Si queremos evangelizar hoy, llevar el evangelio a la vida de tantas personas, no podemos hacerlo sin María. La Virgen, en los primeros momentos de la Iglesia, estaba presente y se reunía con la comunidad naciente, como nos cuentan los Hechos de los Apóstoles. Por eso tenemos que tener presente a la Virgen María en esta tarea de la nueva evangelización.
He estado bastante tiempo celebrando en Teror, en la Basílica de la Virgen del Pino, y me he dado perfecta cuenta de esto que estoy afirmando. La Virgen, Madre de Dios es hoy, como siempre, imprescindible en la tarea de la nueva evangelización. Ella es la primera misionera, la primera en llegar al corazón de tanta gente sencilla y humilde que acude a Ella en busca de consuelo. Y nuestra Madre, siempre consuela y dirige nuestro corazón hacia el Hijo, Jesús el Señor, que es quien da sentido a nuestra vida y a nuestro peregrinar por los caminos de este mundo.
Los cristianos de este tiempo, los cristianos de Teguise, de Lanzarote y de toda la Diócesis, tenemos hoy un reto importante: anunciar una vez más a Jesucristo. Y esto lo tenemos que hacer acompañados de nuestra Madre la Virgen. La vivencia de la fe en los próximos decenios tiene mucho que ver con el peregrinar, con el vivir en constante peregrinaje a través de nuestra vida. Cuando alguien se acerca en peregrinación a un santuario, algo se ilumina en su alma y siente el deseo ardiente de cambiar y ayudar a cambiar el mundo. Es por ello que los santuarios repartidos a lo largo y ancho del mundo tienen mucho que ver con este peregrinaje.
Tener un santuario es hoy un don de Dios. Esto lo he visto claramente en este tiempo pasado en Roma y las celebraciones en Teror y en tantos sitios donde hay un santuario. Un santuario es un don de Dios que se nos ha dado a lo largo de muchos años de vivencia cristiana alrededor de ese santuario. Es por ello que tener este don del Santuario de la Virgen de Las Nieves, no es una casualidad del destino, sino un auténtico don del Señor necesario para este tiempo concreto que vive nuestra Iglesia y nuestra sociedad. Ante esto tenemos una responsabilidad muy grande que va en dos sentidos: por un lado, no deformar la auténtica devoción a nuestra Madre la Virgen, en su advocación de Las Nieves. Esto significa no alejarnos de lo que presenta el Evangelio sobre la Virgen Madre de Jesús y Madre nuestra. Ser fieles a la imagen real que presenta la revelación sobre nuestra Madre, no sobrecargándola de añadidos que nada tienen que ver con la auténtica devoción.
Pero al mismo tiempo tenemos la responsabilidad de procurar que todo el que se acerque al Santuario de la Virgen de las Nieves, buscando luz para su vida, salga con esa luz encendida en lo más hondo de su corazón. Esto supone cierta organización que haga posible el encuentro regular de los cristianos con este Lugar Santo. La Eucaristía debe ser el centro de ese encuentro, y al mismo tiempo el sacramento de la Penitencia, de la reconciliación debe constituir ese espacio sereno en que sea posible retomar el camino de la gracia. Esto lo digo consciente de lo que supone hoy la escasez de sacerdotes que hagan este servicio. María nuestra Madre, desde este Santuario nos estará diciendo siempre: “hagan lo que él les diga”.
Queridos amigos, queridas amigas, estas breves palabras del Pregón a la Virgen de Las Nieves, han sido simplemente un rememorar vivencias y al mismo tiempo expresar, desde la convicción que da el evangelio y la fe, los deseos sobre lo que debe seguir siendo este Santuario en este momento de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad.
Solo me resta desear que estas actuales Fiestas en honor de Nuestra Madre la Virgen de las Nieves, nos ayude a fomentar este deseo de ir con María al encuentro de nuestros hermanos para anunciar que Jesús nuestro Señor, el Hijo de Dios y el Hijo de María, sigue vivo y presente en medio de su pueblo, en medio de nosotros.
Que nuestra Madre, la Virgen de Las Nieves nos dé fuerza en este caminar.
Que así sea.

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