Pregón de Las Nieves 2008

Pregón de las Fiestas de Las Nieves
La Montaña 2008

Por:  JOSÉ ANTONIO PERAZA BONILLAJOSE ANTONIO- NIEVES 2008

Sean mis primeras palabras para expresar un cariñoso saludo a nuestra Madre. A esta Sra. que, proclamando su bondad, nos ha reunido aquí esta tarde ofreciéndonos el gozo que supone tenerla cerca y disfrutar de su sonriente rostro. Cortesía que deseo hacer extensiva a cuantas personas están presentes, dispuestas a seguir este acto, antesala de las solemnidades que en honor de Ntra. Sra. De las Nieves se van a celebrar. Quisiera que esta atención vaya acompañada de un profundo y sincero agradecimiento en nombre de mi familia, y en el mío propio, a Benjamín, quien en alguna ocasión ha subido hasta este lugar con el fin de abrimos la ermita y así poder visitar personalmente a la Virgen.

Cuando llegó hasta mi conocimiento la comunicación proponiéndome autoría para pronunciar este pregón, he de confesarles la enorme encrucijada que me invadió. Por una parte, su aceptación me permitiría recordar vivencias personales, máxime estando, como estoy, conectado a estos emplazamientos y conmemoraciones litúrgicas que tienen como protagonista a la Sra. de La Montaña, y que la distancia geográfica no ha conseguido olvidar. Por otra parte, la carencia de una capacidad intelectual y literaria, así como de un bagaje cultural que posibilitara grata locución, capaz de exponer coherentes comentarios en armonía con colectivas aspiraciones, me sumergieron en la duda, sobre todo si tenemos presente a doctos prologuistas enriquecidos de extensos conocimientos que han descrito amenas intervenciones. No obstante, y sin pretender la más mínima imitación del poeta riojano Gonzalo de Berceo, autor de loas a la Virgen, tomé esta decisión: aceptar. Mi empeño en honrar a nuestra Madre Espiritual me ha seducido abrazar esta oportunidad, aclarando que, si algo tiene mérito en esta actuación, es el entusiasmo, al que sumaría la sostenida pasión por esta isla que me vio nacer, más aun viviendo bastante apartado de ella, y que llevo de forma permanente en mis entrañas.

Al mismo tiempo, albergo la cándida esperanza de estimular inquietudes en las generaciones jóvenes venideras, artífices llamados a perpetuar y ahondar en un significativo capítulo de nuestra identidad mariano-conejera. La cultura popular, que yo considero diferente a cultura del pueblo, está interpelando urgente atención. Contemporáneos antropólogos desaprueban marginaciones mitológicas, experiencias y costumbres, puesto que tal contenido redundará en dar respuesta a lejanas veracidades vinculantes con ciertos fundamentos.

Rendir pleitesía a nuestra Madre Espiritual, decía hace un momento; sí, y no lo haré desde ningún soportal como escribió Pío Baroja en sus obras referidas al pregonero. Obviamente será procediendo desde esta atalaya, blanco faro clarificante de las conciencias ciudadanas; será en este santuario, recordante del pasaje evangélico referido a la ciudad erigida sobre el monte.

La calenda del 5 de agosto se acerca, día en que, como dijo el malogrado canónigo Enrique Dorta, los hogares de Lanzarote abren sus puertas al canto del gallo, sus moradores disponen lo necesario para ponerse en camino cuanto antes, alzarse sobre la punta de sus pies y columbrar el santuario mariano de la Montaña de Famara, concluía el arcediano Dorta. Y es que efectivamente, llegada esa fecha, tanto los habitantes isleños como cuantos siendo originarios conejeros, descendientes o sentimentalmente unidos a ellos, en comunión con una misma creencia, elevamos enternecidos nuestra mirada hacia esta montaña. En consonancia con la composición poética reflejada en el “Salterio Bíblico”, imploramos asistencia para nuestra limitada condición humana.

Cuando el momento se aproximaba (aquí me remito con particular referencia al vecino pueblo de Los Valles, pues fue allí donde, de manera más notoria, viví experiencias hoy recordadas), se advertía una especie de nerviosismo en los lugareños. Había que organizar todo para la fiesta de Las Nieves: albear edificios, preparar el trigo para amasar el pan que, con motivo del evento, propiciaba aislar por unos días al cotidiano gofio, y algún matarife sacrificaba un cerdo para ser distribuido entre la vecindad que lo había convenido, pues resultaba complicado adquirir alimentos frescos posibilitantes de innovación para el menú festivo. Era ocasión hasta de estreno; las señoras y señoritas debían lucir llamativos vestidos, particularmente las solteras, pues podía asistir a la fiesta el mozo que ella pretendía, o sencillamente ejercer legítima y honesta simpatía seductora ante súbita galantería varonil. El formulismo representado por traje y corbata en los señores, que tampoco descuidaban etiqueta, estaba más respetado por componentes juveniles. También había que estar atento por si se presentaban oportunidades de encariñamiento con atractivas doncellas. Mientras esto ocurría, los pequeños sosteníamos la inocente convicción de recibir unas pesetas para invertirlas en golosinas o atracciones varias, sin olvidar los helados del popular industrial Acuña.

Siento en estos momentos llegar hasta mi memoria caravanas de camellos, burros y otros animales, ataviados con sus correspondientes medios, recorriendo caminos y veredas, transportando masivos grupos de fervientes peregrinos que, desafiando horas intempestivas o posibles incomodidades, marchaban jubilosos hacia el encuentro con Ntra. Sra. De Las Nieves. Cualquier adversidad era solventada ante intenciones abrigadas: saludar a la Madre.

Desde esta cultura que actualmente envuelve nuestra moderna sociedad, sorprende rememorar riadas de piadosos caminantes que procedentes de La Graciosa y de los más apartados rincones conejeros, mostraban su inquietud por alcanzar el santuario, tributar reconocimiento o solicitar protección. Produce conmoción invocar tiempos pretéritos, en los cuales se contemplaban personas apoyadas en sus rodillas aproximándose a este presbiterio, teniendo el portón exterior como origen.

Al proyectar línea recordatoria con incidencia en esta festividad hoy emprendida, encuentro complicado describir otros acontecimientos ceñidos a tal evento sin sumergirles en el aburrimiento. Sin embargo, no quisiera dejar pasar esta coyuntura sin referirme al cúmulo de exvotos decorando paredes laterales de esta ermita, vivos exponentes de credulidad y testimonio, donde la terapéutica del milagro tal vez tuvo categórica intervención; unos signos que no debieron desaparecer, sepultando así una faceta de nuestra cultura mariana. Son detalles representativos de anónimos portentos, siendo el peticionario quien nomina a la Virgen como mediadora; extraños fenómenos que nos remiten a los albores del siglo XX para revivir verídicos y misteriosos sucesos donde Ntra. Sra. De Las Nieves tuvo marcada participación. Un niño de cuatro años, natural de Haría, se pierde en las estribaciones del macizo de Famara. Su familia, lógicamente, lo busca, prometiendo visita a este santuario, en acción de gracias, si el muchacho aparece sin ningún contratiempo. Después de cuatro días es advertida su presencia por unas señoras que lavan ropa en el barranco conocido como La Poceta. Cuenta la tradición popular que, ante cierta extrañeza percibida en aquellas mujeres, el chico responde haber estado protegido por una mujer vestida de blanco que le cubría y acompañaba mientras dormía en una cueva. Rescatado sano y salvo, la madre acude diligente a reconocer ante Nuestra Señora su mediación, y ¡oh asombro!, al pisar este sagrado recinto, el mentado niño exclama haber sido la señora alojada en el camarín quien lo acompañó en las oscuras y frías noches. Este hecho, indudablemente, queda al criterio de cada cual; a pesar de ello, me permito afirmar la anormalidad que supone recorrer con tan poca edad, el camino comprendido entre la finca Los Castillos y La Poceta, atravesando todo el risco. Para mí está respondido el interrogante.

Igual que sucede ahora, todo el año y en día de la semana concordante con la primera de las tres celestiales percepciones sostenidas por el guarda Luís Alonso, abundantes y piadosos cristianos subían a este lugar con el propósito de pagar sus promesas o solicitar intercesión, grupos algunos que se veían obligados a pernoctar el viernes en aledaños de la ermita, circunstancia que seguramente indujo al ilustre hijo de la Villa de Teguise, Luís Ramírez González, dejar en sus disposiciones testamentarias, se construyera una hospedería en área supuestamente apropiada, mandamiento que sí fue ejecutado, pero carente al parecer de las más elementales condiciones que demandan obras de esta naturaleza. Sería conveniente desempolvar documentos esclarecedores respecto a precisiones enriquecedoras del acervo ilustrativo teguiseño, afín al presente asunto. En cualquier caso, ha sido una elevada aberración arrebatar toda señal del mencionado edificio, agraviando de esta manera el genuino respeto merecido por el oferente.

Los cultos de “Hiperdulía” poseían impresionantes solemnidades. Eucaristías de los maestros Perosi, Mozart o Schubert, precedidas del canto de tercia, donde los celebrantes exhibían ornamentos evidenciando paralelismo entre arte e intelectualidad, estimulaban alicientes incluso en personas interesadas solamente por las dimensiones humanas. Panegíricos pronunciados por oradores como José Fajardo, el ya mentado Enrique Dorta, Nicolás Godoy, Juan Rodríguez, y tantos otros, dejaron indeleble huella en retentivas enamoradas de la sabiduría.

Hasta aquí hemos tratado aspectos que yo calificaría de índole religiosa. La vertiente lúdica, emergente como consecuencia del hecho festivo, exige retomar al ayer para presenciar ventorrillo s confeccionados con palmeras, lonas, maderas, etc., marcando significativa exteriorización típica canaria, y que de manera fortuita fueron escenario de sobresaltos propinados por agentes policiales, ya que su espacio acogía prácticas de juegos ilegales. Eran también sitios que desprendían apetitosos aromas adobados, donde los ambientes parranderos estaban presentes y se saboreaban sabrosos preparados, evidentemente regados con el maravilloso vino lanzaroteño.

Aludí antes a este santuario, un templo que en el transcurso histórico ha soportado muchas adversidades. Si tenemos presente la archiconocida acta notarial certificada en Teguise por el escribano público Antonio de Brea, a petición del beneficiado Antonio Correa de Vasconcelos, es deducible su existencia mucho antes. Si el 19 de febrero de 1676, Luís Alonso, de sesenta años de edad, manifiesta haber tenido experiencias sobrenaturales y que el mismo declarante afirma pernoctar junto a la ermita de Ntra. Sra. De Las Nieves en el año 1659, estimo queda despejada la incógnita, aunque es presumible se encontrara en estado ruinoso como derivación de latrocinios y saqueos promovidos por turcos o razzias procedentes del Magreb.

Si proseguimos con los problemas sobrevenidos al edificio y cuanto estaba relacionado con Ntra. Sra. De Las Nieves hasta la primera mitad del siglo XVIII, nos vemos obligados a reparar en promulgaciones conforme al Derecho Canónigo, encaminadas al mantenimiento de ermitas, resolución contradictoria con advertidas situaciones de abandono. Fue a raíz del asentamiento ciudadano en La Vega de Los Valles, procedente del poblado sureño de Santa Catalina, cuando se nombran mayordomos y ermitaños que estimulaban y ordenaban precisas atenciones.

Abundando en este cuestionario concerniente al “espacio donde es posible que el hombre de hoy, de ayer y de mañana reciba una buena noticia que le ayude a seguir el camino de la vida”, como dijo Juan Pablo II al referirse a los santuarios, quisiera solamente aludir a la reconstrucción efectuada en el último tercio del pasado siglo, ya que muchos de ustedes formaron parte de aquella impresionante muestra de generosidad y veneración a nuestra Madre de Las Nieves. Pero tratándose de instalaciones y servicios a la Sra. De La Montaña, resultaría tremendamente inmoral ignorar al prebendado José Fajardo, promotor entusiasta de esta nueva Casa e impulsor del presente preámbulo festero, en la cálida y emotiva palabra del filántropo y jubilado profesor Domingo Valenciano, a través de la extinguida emisora Radio Atlántico. Digno de resaltar es también la personalidad de Rafael Cabrera, original eremita que sacrificó toda su vida al cuidado y engalanamiento de este templo, ocupación donde demostró sus grandiosas cualidades decorativas; sufragó de su patrimonio la mesa eucarística de cuya bendición se cumple ahora el trigésimo aniversario.

Me atrevo a sostener cierta deferencia enfocada por Dios nuestro Señor desde principios de la Historia Humana para con Lanzarote, respecto a sus hermanas canarias. Verdaderamente emocionados asistimos al regocijo que supone ser pionera en Incorporarse a la civilización occidental. Sin embargo, es concretamente a través de Ntra. Sra., donde el Todopoderoso deja sentir su magnanimidad. Nuestra isla ostenta el honor de haber sido distinguida por S.S. Pío II, pontífice que, mediante bula fechada el 7 de octubre de 1462 en la diócesis de Siena, y enviada a monseñor Diego López de Illescas, obispo de San Marcial del Rubicón, dispone, con carácter permanente -recalco permanente- Año Jubilar Mariano, gracia ésta que también sería otorgada por la Santa Sede a este santuario durante diez años, en atención al requerimiento presentado por el licenciado Simón de Bethencourt. La presencia personal bajo la advocación de Las Nieves en todo el territorio canario, evidencia una vez más esa glorificante gentileza.

Estamos en la cima de esta montaña, lugar interesado por la Virgen para fabricar su morada, predilección que nos debería alentar a extraer lectura alusiva al enlace existente entre la Divinidad y las alturas, la montaña y Ntra. Sra. De Las Nieves. Siguiendo en esa línea, y teniendo en cuenta una moderna etimología, fundamentada en raíces ugaríticas, descubrimos como el mismo nombre de María está interrelacionado con la Omnipotencia, al’ significar “altos lugares en que reside”. Nuestros ancestros prehispánicos también nos legaron sostenimiento s en esa misma trayectoria: subían a la montaña ofrendando allí lo mejor de sus cosechas y ganados. Otra demostración en esta dirección, puede estar testimoniada por la antiquísima tradición de los habitantes de una aldea radicada en la provincia turca de Esmirna: cada 15 de agosto peregrinan a la cúspide de un monte, ratificando así el lugar en que habitó la Virgen después de elevarse su Hijo al Cielo, quedándose allí hasta el momento del tránsito.

La devoción popular dispensada en el transcurso de los tiempos a Ntra. Sra. de Las Nieves, ha tenido en Lanzarote cierta coexistencia con la cultura del agua. Consultando crónicas alusivas a esta cuestión, encontramos celebraciones procesionales y otras preces implorando mediación para que los campos, aljibes y maretas, recibieran el regalo del agua. Se formaban comitivas, teniendo la parroquia teguiseña como destino, y el señorial cenobio, enclavado en La Vega de San José, punto de encuentro, no solamente para las imágenes procedentes de la feligresía matriz, también acudían los patronos de Teseguite y El Mojón. Según se desprende del acta capitular correspondiente al 8 de enero de 1793, esta tradición viene desde muy antiguo, hábito que fray Diego Henríquez reconoce en 1 714 ser de fechas antiquísimas. Estas bajadas anualmente emprendidas, pasaron a lustrales, en atención al Ayuntamiento de Teguise que lo había solicitado, autorización otorgada por el gobernador diocesano el 17 de julio de 1797. Casi veinte años más tarde, e implorando nuevamente la lluvia, se acuerda volver a la costumbre primitiva, reconociéndose de este modo el respeto a compromisos proclamados por anteriores organizadores. Referencias correlativas al tema, afirman registrarse a finales de octubre de 1939 la última ceremonia de la naturaleza mentada.

Al contemplar el mariano devenir conejero, empapado de costumbrismo, pedagogía y hagiografía, en armonía con lo anteriormente comentado, surge excesivo dilema para entender el arrinconamiento a que está sometido el pacto institucional que proclama a Ntra. Sra. de Las Nieves “Patrona y Abogada”. Si el mencionado acuerdo fue tomado por el entonces Cabildo General, debe interpretarse como de rango insular. En consecuencia, considero apropiado diligenciar procedimientos guiados a recuperar el objetivo señalado. Quiero aclarar mi total rechazo a polémicas municipales, parroquiales o ciudadanas. La objeción mencionada, obedece pura y exclusivamente al frío reconocimiento de una realidad. La historia es la que es y no la que deseamos sea.

¡Santa María de Las Nieves!, dentro de cuatro días pasearás, una vez más, majestuosamente por los alrededores de este templo. Avistarás extensas áreas geográficas lanzaroteñas; unos parajes totalmente diferentes a aquellos que tuvieron la fortuna de escuchar tu voz maternal. Así lo afirman documentos referidos al temario que refiere estos acontecimientos. Nos hablan de “un pastorcito apacentando su ganado por aquella selva”. Igualmente, en escritura firmada el 31 de octubre de 1618, por la que Argenta de Franquis dona 32 fanegas de tierra en un valle donde había “frondosas arboledas, muchos frutales y hermosa vegetación”; campos posiblemente receptores del blanco fenómeno que define tu advocación de Las Nieves. Una meteorología ciertamente insólita, vista desde tiempos relativamente recientes, pero quizá no tan sorprendente si damos credibilidad al escribano público Salvador de Quintana Castrillo, quien avala en escritura de venta, firmada en Teguise el 22 de agosto de 1618, “casos fortuitos como las heladas”.

Mirarás ¡oh Señora! los transformados terrenos configurantes de la titánica acción del campesinado lanzaroteño, que se ha visto forzado a convertirse en auténticos artistas, luchando por su subsistencia. Divisarás horizontes y costas, percibiendo inmensidades arquitectónicas y modernos complejos que brindan hospitalidad a cuantos se interesan por la isla, estructurando sólido pilar económico, posibilitante del desarrollo y bienestar ciudadano. Y continuarás el recorrido repartiendo tu maternal ternura. Te harás la encontradiza con aquellos que, tal vez, no traspasaron esa puerta frente a nosotros, actitud que respetas y respetamos en aras de la libertad otorgada por Dios al género humano. Pero estarás igualmente exultante, porque gracias a las fiestas en tu honor, ellos también están felices degustando una copa de los sabrosos caldos conejeros. Ahora bien, estoy seguro de que también te dirigirán un filial y silencioso saludo; ningún hijo puede permanecer indiferente al pasar su Madre. Proseguirás el camino hacia tu hogar. Avanzarás con mano extendida derramando sonrisas, convocándonos a seguir confiando en la dulzura y regazo que nos brindas.

Estimados amigos, estimadas amigas: muchas gracias por la paciencia que han soportado. Celebremos estas fiestas y dispongámonos a expresar nuevamente fervor, agradecimiento y fe.

Una creencia manifestada desde procedimientos posiblemente discutibles teológicamente, pero que sin la menor duda responde a nobles sensibilidades, y que jamás deberá desplazar nuestra idiosincrasia, en definitiva nuestra herencia, que año tras año perpetuamos en pro de la transmisión dispensada por nuestros antepasados.

Muchas gracias de nuevo y buenas tardes.

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