Pregón del Cristo de Las Aguas 2012 (Guatiza)

Pregón de las Fiestas del Cristo de Las Aguas
Guatiza 2012Guatiza 2012-Juan J. Betancort Hdez

 Por: JUAN JOSÉ BETANCORT HERNÁNDEZ

Señor Alcalde, Señores Concejales, Sra. presidenta y directiva del Centro Socio Cultural Taiga, vecinos de Guatiza, amigos, familiares, gracias por estar aquí esta noche.
Cuando le directiva de este Centro se acordé de mí para hacer el pregón de las fiestas del Santo Cristo de las Aguas o de Nuestra Señora de Guadalupe como también se le conocía, vino Macarena Alonso a decírmelo y le dije que no, que no quedaba tiempo suficiente para yo poder preparar algo decente y que además, yo no era la persona indicada para esos menesteres.


Pero luego mis tías (Elena y Tere), una mañana echando un café, me dijeron: “hombre, la directiva cuenta contigo y tú vas y le dices que no”, también mi hija Ana Celia me dijo “hazlo que yo te ayudo” y Francisco Betancort Cejudo se ofreció a echarme una mano. Cosa que les agradezco.
Al final, me entró remordimiento y aquí me tienen tragando nudos y pasándolas canuta.
Muchos son los recuerdos de los tiempos de mi niñez que irrumpen en mi cabeza, por eso, espero “no descarrilarme” y aburrirles más de la cuenta.
Más que un pregón, me gustaría hacer un reconocimiento a todas aquellas persones que, de algún modo, formaron parte de mi niñez, por lo que pido disculpas a todos los que voy a mencionar, en especial, por aquellas que ya no están entre nosotros.
Hoy, quiero hacer un homenaje especial a mi abuela Felisa Núñez, a la que dicen que le debo la vida.
Nací en Guatiza en octubre del 57, en el seno de una familia modesta, mi padre era labrador y mi madre le ayudaba en las tareas del campo y como todas las mujeres en aquella época, además llevaba fa casa.
Al nacer me sacaron con fórceps, el médico que asistió a mi madre en el parto, don Marcelino de Páez, me dio por muerto y me tiró para una esquina. Mi abuela Felisa, que era amañada como partera, comenzó a masajearme para intentar reanimarme y el médico le dijo:
-“¿para qué le das masajes, no ves que está muerto?” Y mi abuela dice que le contestó:
-¡esté muerto o no, es mi nieto, y con esto no le hago ningún mal!
Al rato respiré y aquí me tienen, hasta dicen mis familiares que me hice un tolete parejo y “rebencúo”, lo de tolete lo entiendo, pero lo de “rebencúo” me da que es con doble intención.
Yo solo conocí a una partera en el pueblo y esa era mi abuela Felisa, pero dicen que anterior a ella estuvo una tía suya, Seña Ana Álvarez Barreto, madre de Señor Antonio Berriel y después una prima de ellas, llamada Señora Isabel Espinosa Barreto hija de Señor Antonio Espinosa Cedrés, más conocido como “El Viejo Chávez”.
Mi abuela aprendió el oficio con Seña Isabel a quien ayudaba en los partos. Uno de los primeros partos en el que mi abuela le ayudó fue el de la Señora Felisa Fernández, mujer de Andrés Betancort y según tengo entendido unos de los últimos niños a los que ayudó a nacer fue uno de los hijos de María del Carmen Villalba.
Fueron muchos años dedicados a esta labor, por lo que seguramente, a gran parte de los más mayorcitos del pueblo que estamos aquí hoy, nos ayudó a nacer mi abuela.
A parte de ejercer de partera, mi abuela también se dedicaba a bañar, durante las primeras semanas de vida, a todos aquellos chinijos a los que había ayudado a nacer.
Tanto es así que un día cuando mi abuela era ya muy mayor y estaba casi ciega, el anterior pregonero de estas fiestas del Cristo, le hizo una visita y le preguntó:
– “¿Me conoce Seña Felisa?”
Y mi abuela entre risas y bromas le contestó: – “¡no te voy a conocer, si te estuve lavando el culo hasta el otro día!”.
Seña Felisa no solo era partera, sino que también se dedicaba a ayudar en las matanzas, haciendo las frituras y el compuesto para comer ese día, lavando las tripas para hacer chorizos y morcillas, haciendo los chicharrones…
Por esta razón en su cosa siempre había chorizos, morcillas, tarros de chicharros en manteca de cochino,…..
Recuerdo acompañarla de pequeño a alguna “muerte de cochino” donde le sacaban la vejiga al animal y nos la daban para que hiciéramos un balón con el que jugábamos los chicos.
Además, curaba el mal de ojo, por eso su casa era muy novelera, siempre había movimiento de gente; unos acudían con niños, otros con mechones de pelos, incluso de animales, para que mi abuela les rezara para sanarlos, otros iban a llevarle productos de la tierra en señal de agradecimiento. Productos que, a su vez, ella repartía, haciendo así un continuo trueque de alimentos.
Recuerdo a mi abuela cuando por las mañanas iba a la tiende de Alejandro y hacía la compra a casi todos los vecinos de La Mareta; venía cargada con la compra y con un velillo de ropa para lavar en la cabeza y cómo en las noches en las que había algún nacimiento se despiezaba con el farol en la mano.
A los pocos días de yo nacer mí padre se fue a trabajar a Costa Teguise, a las salinas, pero no al hotel Salinas, sino sacando sal de las salinas de Lamberty, donde mi abuelo Salvador “El Salinero” era el encargado.
Se llevó a toda la familia, ya que también hacían tierras y tenían ganado. Allí vivimos en la casa del cortijo del Majo hasta el año 1961.
Por eso, mis primeros recuerdos de Guatiza son de ese año, cuando mis padres regresaron del Majo.
Por mi infancia pasaron otras muchas personas que también dejaron huella en mí y que siempre recuerdo con mucho cariño.
De los que más, aparte de mis padres claro, mi abuelo Antonio Betancort, pues tuve la suerte de vivir varios años con él, ya que mi padre pasaba grandes temporadas trabajando en Villa Cisneros, igual que muchos otros vecinos del pueblo.
Me gustaba estar con mi abuelo. Recuerdo que me llevaba a todos lados montado en las caderas del camello. Como sabía que me gustaba llevar al camello de jáquima, me la daba para que lo llevara desde la mareta, donde le daba agua, hasta la gañanía. Pero yo era tan chico, que el camello caminaba más rápido que yo, y a cada paso, tenía que desenrollar la soga de debajo de las patas del camello, pues me adelantaba, y más bien me llevaba él a mí que yo a él.
La barbería de mi abuelo, que solo abría los domingos, era uno de esos lugares especiales en los que me gustaba pasar las horas escuchando cuentos de los viejos.
Era un trajín de viejos, muchachos; burros, cabras, perros… Allí se reunían para pelarse y cabildear, se hablaba de todo, del tiempo, de si iba a llover o no, de si amanecía bronco o amoroso… de las correntias de la tierra de la vega que si ese verano habían, sería un año bueno, en definitiva, se hacían cávalas sobre el tiempo, pues era de lo que se vivía.
Ahí oí hablar a los viejos del desaparecido Taiga, un antiguo poblado que se encontraba entre el Mojón y Los Valles que la gente abandonó cuando emigró a la desesperada hacia América dejando hasta a los animales abandonados en el pueblo.
También del gofio de cosco, que se llevaba a la mar y se ponía de remojo para que se abriera y salieran las semillas, que luego se tostaban y del que salía un gofio negro y salado.
De la obra que hicieron los viejos para llevar agua desde el Barranco de las Piletas hasta la Vega de Guatiza pasando por Vega Vieja, por tierras de la Marquesa de la Quinta Roja hasta la concesión.
También se decía que la Marquesa había cedido unos terrenos en la mareta para la construcción de la iglesia de Guatiza, pero se cambió de idea porque ya se habían aseriado allí vanas familias modestas de otros pueblos e islas, sobre todo palmeros.
En la barbería también se hablaba de los que habían llegado repatriados de Cuba, de los que emigraron a Venezuela… y a mí, me llamaban mucho la atención aquellos hombres que venían de América con algún diente y anillos de oro y su peculiar acento venezolano.
Otra de esas personas importantes para mí, fue mi tío Santiago Barrios. Como buen pastor que era, tío Santiago andaba siempre con su lata, que no le gustaba que jugáramos con ella para que no la queramos; su perro, su mochila y, su recurrente frase que todos recordamos -“¡circula inglés!”
Hombre de extrañas costumbres, no bebía agua, cuentan sus hijas que nunca lo vieron tomar agua, pues decía que el agua criaba sapos, que mejor era vino.
Existen muchas anécdotas de él, les voy a contar algunas:
Contaba Pilar Alonso que en una ocasión, le cobró medio almud de millo por el casteo del macho a una cabra y que a los pocos días el macho estaba corriendo detrás de la cabra, así que Pilar le dijo:
-“Seño Santiago, ¿no decía usted que la cabra había cogido macho?
Y él le contestó: ¡ah carajo!, ¿es que tú nunca has repetido?
Otra anécdota muy conocida, es cuando estando tío Santiago pastoreando en la costa, un carnero de Fernanda se le vino con el ganado. Mi tío le echó el perro y el carnero corrió hacia la mar, “jondiándose” al agua y nadando mar adentro. Mi tío al ver que el carnero nadaba para dentro le dijo:
-“¡Lleva gofio que agua no te falta!”
Santiago Barrios emigró a Buenos Aires donde pasó unos 20 años de su juventud, hasta que su madre, Manuela Álvarez Barreto fue a buscarlo. Muy a su pesar, volvió a Canarias.
De América trajo el Juego del Truco y las poesías de Martín Fierro, poesías que se sabía hiladas y que años más tarde, cuando era ya mayor, yo me dispuse a copiar junto con otras de su propia cosecha.
“No hay casa como el peligro,
para refrescar a un mamado,
hasta la vista se aclara,
por mucho que haya chupado”.

Sin duda otro personaje peculiar donde los haya era Ana Espinosa Palero, por todos conocida como Ana la de La Mareta.
Siempre con su, “sello que…”, muletilla con la que comenzaba todas sus frases. Ana me contó que se había quedado cesiosa por el susto de cuando era pequeña y uno de sus hermanos la encerró en una habitación.
Era soltera de nacimiento, aunque tuvo novio en El Mojón, se amonestó y hasta le llevaron regalos, pero no se casó porque su madre decía que el novio era un borrachito.
Eterna mentalidad infantil, la recuerdo cargando barriles de agua a la cabeza, y también que me convidaba con tasas de agua de pasote y queso duro.
Tampoco me olvido de la maña que tenía para hacer higos porretos. Ella decía que para hacer unos buenos porretos se tenían que coger los higos con pezón, algo hinchones y pelar la cascara muy finita.
Contaba Ana que una señora que vino de Canarias llamada Dolores, le encargo a “El Viejo Chávez”, su abuelo, que hiciera un mal de ojo en una tafeña de lentejas. Este, sin saber para quien era el hechizo, lo hizo, con la desgracia de que era para hacerle mal a su propia hija, Seña Basilisa.
Dicen que desde ese momento la madre de Ana no podía oír el sonido de cuerdas ni ver ni oír nada relacionado con la Iglesia y si esto sucedía daba grandes saltos y se enrollaba como un ovillo debajo de una silla.
Estando Seña Basilisa embarazada de su hijo Antonio, un día mientras recogía cochinilla, oyó llorar a su hijo en el vientre y comentó lo ocurrido. El Viejo Chavez recriminó a su hija diciéndole que para qué lo había dicho, pues eso era señal de que el hijo iba a nacer brujo y al decirle rompió el hechizo»
Doña Argelia era quien me ponía las inyecciones, ¡qué miedo me daba! Solo de verla desinfectando sus jeringuillas y sus agujas ya estaba llorando. Espero que me perdone todo lo que le pude decir, que no sería nada bueno, ni poco. ¡Qué paciencia tenía conmigo!
Recuerdo que a la hora que pasaba la guagua para Arrecife, mi madre me mandaba con las recetas y otros encargos para entregárselas a Nicolás el de la guagua para que él comprara los medicamentos en el Puerto y los trajera a la vuelta. Si le faltaba algún pasajero habitual, Nicolás esperaba por él. Era un hombre muy servicial y por eso merece ser mencionado.
Carmen, la de Esteban Nieves siempre se disfrazaba por carnavales. Yo creo que lo hacía solo para hacerme rabiar.
El día de carnaval me ponía nervioso y me pasaba la mañana en la acera de mi casa “pa’ lante” y “pa’tras” mirando para casa de Carmen. Cuando la veía salir de la casa le preguntaba:
-“¿Carmen que día es hoy?”
Y ella me contestaba: – “hoy es día de carnaval”
Y yo haciéndome el fuerte, aunque sorprendido de mi valentía por salir el día de carnaval a la calle, le respondía: – “¡Carmen, y yo andando, carnavales y yo andando!”.
Sin embargo, desde que yo veía a Carmen salir de su casa disfrazada con la albarda de la burra y todo lo que encontraba, se acababa mi valentía. Era tanto el miedo que le tenía al verla disfrazada con todos esos archipenques y dando gritos, que me hacía correr por toda mi casa hasta meterme debajo de la cama dando guasnidos.
La escuela fue otro de esos lugares donde pasé algunos años de mi infancia. Con cinco años empecé a la escuela. Mi madre me apuntó a unas clases que daba Inmaculada Betancort Cejudo. Ella fue mi primera maestra y la verdad es que guardo muy gratos recuerdos.
Ya en la escuela pública, don Rodolfo Afonso Hernández fue mi primer maestro.
Como sabemos aquellos eran tiempos muy diferentes a los de ahora. Teníamos escuela por la mañana y por la tarde y además nos encargábamos de nuestras obligaciones diarias y ¡sin rechistar, que remedio!
Nos encargábamos de los animales. Por las mañanas antes de ir a la escuela teníamos que soltar las cabras al ganado y sí se te pasaba había que correr hasta alcanzarlo. Por las tardes echarle la ración: un cuartillo de millo; esperarlas para amarrarlas y darles de beber.
También hacer los mandados, ir a la tienda de Don Paco para buscar la bombona con una carretilla, que le poníamos dos piedras por los lados pero que se rodaban y estaban fijo en el suelo.
Ir a la Molina de José Manuel a llevar y recoger la molienda.
Al medio día a algunos nos gustaba oír el cuento de la radio, así que, a la salida de la escuela todos los chicos salíamos corriendo; La Mareta quedaba lejos y ninguno nos queríamos perder el cuento. Octavio el del Morro de la Caldereta era el que más corría.
Algunas veces, si mi madre estaba trabajando en el campo, me iba para la Vega donde plantábamos el tabaco, almorzaba allí y después de vuelta para la escuela otra vez.
Después de la escuela también iba a manillar tabaco en la casa de tas Ramírez, que mí padre hacia de medias.
Solía ir a coger algún saco de hierba para los animales en las calderas y recogíamos los burros que se habían dejado trabados y encerrados en Caldera Camello.
De paso nos merendábamos alguna higuera y lo que cuadrara, ¡así Juan Barreto nos tenía más miedo que a una lancha de moros!
La merienda era un puño de gofio amasado con queso y azúcar. También gofio con leche en polvo que nos daban en la escuela o gofio con azúcar envuelto en papel de vaso.
Algún cacho de pan con mantequilla, dulce de guayaba o chorizo que había que calentar, pues se ponían tan secos que no se podía extender en el pan.
También tengo algún mal recuerdo. Estando en la escuela nos tocó ir a algunos entierros de niños con sus cajitas blancas.
También recuerde ver Dependiendo según se pagara, el entierro era de primera, segunda o tercera. ¡Nunca entendí las cosas de la iglesia, parece que a los ojos de bies no éramos todos iguales!
Si el entierro era de tercera, el cura solo llegaba hasta la raya en la punta del cercadito, si era de segunda hasta el pie de la cuesta y si era de primera el cura llegaba hasta el cementerio.
Antes se citaba a cualquier hora, fuera de día o de noche. Cuando se oía tocar en las puertas a las tantas de la noche, eran los sobresaltos… ¿quien se tabre muerto?
Recuerdo que algunos domingos, para aprovechar el día íbamos a misa de madrugada. Una vez para ayudar a Don Santiago, hice de monaguillo pues faltaba Marcelino. Me puse la sotana y me abroché los botones mal, tenía una punta más larga que otra…la sotana era grande, y mientras pasaba el platillo la pisé y se me derramaron todos los cuartos.
Como dije, eran otros tiempos; tiempos de Franco, de la falange, del cara al sol, de Juan XXIII, de Pablo VI.
Era de obligación llevar zapatos a la escuela, exceptuando algunas ocasiones, como por ejemplo cuando te rompías un dedo, que podías llevar un zapato solo.
A mí nunca me gusto usar zapatos, me molestaban. Teníamos los pies como las patas de un camello, hechas un callo… ¡si tropezábamos, rompíamos hasta las piedras! Por las tardes, desde que llegaba a mi casa perdía de vista los zapatos.
No todo eran obligaciones, cuando se terminaban los quehaceres teníamos tiempo para “andejiar un rato”, unos más que otros… De los chicos de nuestra edad quien manejaba los títeres en La Mareta era Vicente el rubio, pero un día lo tenías a favor y al siguiente lo tenías en contra, vamos que nos sacudía las pulgas a todos.
Solíamos ir a jugar a las cuevas del molino que por ese entonces era un rofero donde se tiraba las cenizas. Allí jugábamos con camiones hechos de madera empujados con un palo y con un hilo que hacía de volante; nos hacíamos camellos de tuneras, jugábamos con un guincho y un arco, o con cometas que hacíamos con pírgano. El papel lo pegábamos con agua y harina o con clara de huevo, los rabos eran de tiras de traeos.
También jugábamos a la piola, al marro, al boliche. Cogíamos lagartijas con balango que poníamos en la carretera a ver si pasaba algún coche y las pillaba, pero podíamos pegarnos toda la tarde que, a veces, no pasaba ninguno. Para cada juego había su temporada.
De las fiestas recuerdo estrenar la ropita de misa o de las fiestas ya que la otra era la de traer. Pantalones cortos, que me quité cuando tenía lo menos 13 años y zapatos de charol con algodones por dentro. Era costumbre de esos tiempos.
Las procesiones, por cierto en una de ellas Mamerto Fernández, tiró un volador que me calló en las piernas, me quemó todo, los calcetines me los dejó como un colador.
Recuerdo los asaltos, aquellas orquestas con sus vocalistas, los ventorrillos, las carreras de burros, la cucaña de bicicletas. Algunas veces se hacían fiestas en las dos sociedades, a mí lo que más me gustaba eran las parrandas que armaban los viejos en los ventorrillos, con esas voces rotas, esas isas, malagueñas, folias… casi siempre solo con timple y guitarra y algún laúd.
En la verbena de la Unión, se hacían luchadas. También recuerdo algunas en la era de de Don Pancho Rivero.
En especial recuerdo agarradas de Martín Manuel Socas; luchando muy bajito; Nino el de Heriberto y algunos más. Por esa época Guatiza tenía un buen equipo.
Desde pequeño ya me gustaba la lucha, por eso mi madre me hizo una ropita de lucha con unos sacos de azúcar de cuba. Después, siendo ya un sangalote con 13 años, fiché en el Arrecife hasta casi los 18, y desde entonces he estado ligado a ese deporte, bien como monitor o directivo en equipos del municipio.
También recuerdo a los moros comprando y vendiendo camellos, con sus jaiques azules sus barbas blancas que mi prima Lola María se moría del miedo que les tenía. No sé por qué estaba mucho en casa de mi abuelo Antonio.
Las grandes piladas de tierra y paja para hacer torta para poner algún techo, de las piedras de cal que traían de la Villa y luego se terciaban echándoles agua y se ponían batatas a azar, nunca nos dejaban acercar a la cal, pues se calentaba y nos podíamos quemar.
En la mareta era costumbre pedirle el cerrote a mi tío Guillermo Sangil, y siempre nos respondía con la misma: “dile a tu padre que le dé cebo”.
En las tardes de verano me gustaba sentarme debajo de las paredes donde los viejos se sentaban y contaban historias, normalmente cuentos de miedo. En aquella época sin tecnología, las madres salían al camino y nos llamaban dando gritos. A la hora de irme a casa tenía tanto miedo por haber escuchado aquellas historias que las patas me llegaban al culo.
Por San Juan solíamos ir a la mar, unas veces al Charco del Palo otras al Charco de la Pierna. Los más granditos íbamos andando y los más pequeños montados en burro en las alforjas. Cuando íbamos para la mar, siempre íbamos contentos como unas pascuas, pero la vuelta, si te tocaba volver caminando… ni les cuento.
Allí se hacía algún asadero de pinas, comíamos queso e higos tunos que poníamos a refrescar en un charco…
Los mayores se dedicaban a pescar a viejas y otros a coger algún pulpo que sazonaban con una aulaga para luego ir mascando y engodando para pescar a galanas con camaleón que antes habían cogido en los charcos.
Los chicos pescábamos cabozos en los charcos con cañas hechas con un pírgano, un hilo de bala y un anzuelo hecho con un alfiler; siempre era mejor si te traían una caña de la montaña.
Las noches de San Antonio, San Juan y San Pedro hacíamos hogueras con palos de tabaco que recogíamos en carros. Esta leña duraba poco, por eso era menester buscar algunas gomas de los camiones de la compañía y lo que ya era un lujo era conseguir un tronco de palma.
Competíamos por barrios. Las hogueras más grandes eran la de la Mareta, el Morro y la de Punta Gorda. Intentábamos engañar a los de las otras hogueras encendiendo una más pequeña, fingiendo que era la definitiva, y luego cuando encendían las otras, prendíamos la grande y así al encenderla la última era la que mas duraba, o al menos eso era lo que pretendíamos todos.
Las trillas: Por la mañana se iban a recoger los burros y camellos para unirlos, siempre el animal más lento por dentro y el más brioso por fuera. A los chicos nos gustaba ir a recoger y entregar los burros para montar a pelo hasta la era.
Bueno, tenía preparado rollo como para hacer dos pregones más, pero les iba a aburrir con tantas historias, y el verdadero protagonista es nuestro Cristo de las Aguas. Buenas noches, disfruten de las fiestas con moderación y sean felices.

Guatiza a, treinta y uno de agosto de dos mil doce.
Juan José Betancort Hernández.

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