Pregón del Cristo de Las Aguas 2011 (Guatiza)

Pregón de las Fiestas del Cristo de Las Aguas
Guatiza 2011

 Por: JOSÉ FRANCISCO BETANCORT CEJUDO

Buenas noches. Sr. Alcalde, Sres. concejales, estimados vecinos, amigas, amigos. Un año más nos encontramos con las fiestas en honor al Santo Cristo de Las Aguas.

Sra. Presidenta, le agradezco a Ud. y a toda la junta directiva de éste CSC Taiga, que se hayan acordado de mí para ser el pregonero de estas fiestas. Eva, Macarena, a ustedes que fueron quienes directamente me comprometieron, les confieso que durante estos días preparando estas líneas, me he acordado mucho de ustedes y no para agradecérselos precisamente.

Fuera de bromas y a pesar de los apuros, dado que como comprenderán nunca había preparado, ni mucho menos leído, ningún pregón, me siento muy honrado de estar aquí ante ustedes para tratar de contar algunas de las vivencias y recuerdos de mi vida en este Pueblo.

No voy a dedicar este pregón a relatar referencias históricas de Guatiza, de su formación, de la aparición del Cristo de las Aguas en el Riadero, etc, que ya hemos escuchado en anteriores ocasiones. Prefiero dedicar estos momentos a rememorar algunas de mis humildes vivencias en este pueblo donde me trajeron al mundo, me criaron, me hicieron lo que soy y como soy, y donde sigo viviendo y tratando de hacer lo mismo con los míos.

Nací en Guatiza el 4 de marzo de 1954, un jueves al anochecer. Mi madre me cuenta que estuvo de ajetreo todo el día realizando las faenas de la casa, hasta que se sintió mal y mi padre fue a buscar a una de las “parteras” de Guatiza, la señora Felisa Núñez, que además de ayudar al parto fue la encargada de lavarme los primeros días de mi vida; hecho este que le quise recordar cuando ya estaba muy mayor en casa de su hija Rafaela, y me contestó, con la gracia y desparpajo que ella tenía, que me bajara los pantalones si quería que me lavara otra vez.

A mi generación, aquellos que nacimos por los años cincuenta, nos tocó vivir una época de escasez de casi todo, pero al menos se vivía con una cierta tranquilidad y me imagino que nuestros padres, que pasaron tiempos mucho peores, pues venían de sufrir las consecuencias de una guerra, vivirían con el sosiego y la esperanza de ver que la cosas iban cambiando y, al menos en aquella época, a mejor.

Y vaya si iban cambiando. A modo de ejemplo, relataré a mi manera, algunos de los cambios más llamativos que nos ha tocado vivir en apenas 50 años…

En este tiempo:
 Del “tenique” formado por dos piedras sobre el “poyo” de la cocina, donde se “echaba fuego” con tuneras secas, carozos, y cualquier cosa que ardiera y con los calderos de aluminio más negros que un tizón, pasamos a los infiernillos, las cocinas de mecha, las de hierro, las de gas butano, las eléctricas y las vitrocerámicas, hasta llegar a las cocinas con fuegos de inducción electromagnética encastradas en encimeras de silestone con ollas programables. Y no digamos nada de la thermomix, ese robot multitalento, que nos hace la vida más fácil ya que pesa, pica, mezcla, corta, muele, amasa, cocina y que hasta se limpia solo.

 Desde las planchas de carbón, pesadas e incómodas, que había que llenar con brasas de carozos, pasamos a los “yerros” que se calentaban sobre las cocinas y que había que coger con un trapo para no quemarse, a las primeras planchas eléctricas y a las de vapor para llegar a los modernos centros de planchado, ligeros, cómodos y limpios.

 Del candil de aceite, pasamos por las velas de cera, el quinqué y el farol de petróleo, el petromán, las lámparas de gas, hasta llegar la luz eléctrica con las lámparas incandescentes primero, luego de bajo consumo, y ahora las de leds.

En lo religioso:
 Pasamos de una iglesia en torno a la que giraba la vida de las personas, con un cura, Don Santiago Godoy, que vivía en la casa parroquial con toda su familia (su madre Dña María, sus hermana Teresita y su hermano Pepín, su sobrina Lyly y en vacaciones su otro hermano cura Don Nicolás, que si lo dejan nos lleva a todos al seminario), hasta encontrarnos hoy con la casa parroquial deshabitada por no tener cura viviendo en la parroquia.

Don Santiago, cuya preocupación principal era mantener a “rajatabla” las “normas y buenas costumbres” sociales y morales de la época, se limitaba a decir misas, arreglar algún reloj despertador de los vecinos y jugar sus partidas de bolas en la cancha del bar “el parral”. También le gustaba ir “al cine” que “ponía” Luciano en “La Imparcial”. Se sentaba en su silla sobre el escenario junto a la máquina de proyectar y decían las “malas lenguas” que cuando en las películas las parejas se besaban (lo más erótico de las películas de la época), Él se tapaba los ojos con las manos, pero con los dedos separados para no perder detalle. ¡Habladurías!.

Eso sí, había misa casi todos los días, los días de trabajo eran de madrugada y los domingos y fiestas de guardar, de madrugada y al mediodía.

En Navidad se preparaba un Belén enorme con muchas figuritas y matas de cebada y lentejas plantadas en cajitas de conserva, los niños decíamos versitos, tocaba el rancho, bailaban las pastorcitas y luego había chocolatada en la casa parroquial con bizcochones y truchas que aportaban todas las vecinas. Al menos una vez, que yo recuerde, y organizado meticulosamente por D. Nicolás, se celebró el Auto Sacramental de Herodes y los Reyes Magos, en el que participó medio pueblo. Don José Mª Espino en el papel de Herodes, Sr Cirilo era Satanás, D. Manuel Santos, D, José Fernández Cejudo y D. Marcial Armas los tres sabios, Nito, Tito Mamerto y Blas Acuña hacían de Reyes Magos, Tito Caraballo de mayordomo, yo hacía de hijo de Herodes y muchos más que hacían de pajes, escuderos… Éramos tantos que no me acordaría de todos. De lo que si me acuerdo es de que, D. José Robayna instaló una estrella que se deslizaba por dos cables desde el parral hasta el campanario, y que los reyes magos llegaban con sus camellos hasta la plaza y siguiendo la estrella entraban a la Iglesia donde se desarrollaba la función. Recuerdo también que a mitad de función Marcial Armas se puso nervioso y como no se acordaba de lo que tenía que decir exclamó: “perdonen hermanos pero no puedo más”. Don Nicolás que correteaba por la sacristía de una parte del altar a otra, se dio cuenta y corrió a apuntárselo, D. Marcial siguió con su repertorio y nadie del público se dio cuenta del percance. Yo, que tendría diez o doce años, estaba en la gloria participando en algo tan grande con toda aquella gente mayor.

En Semana Santa, no se tocaban las campanas sino la matraca, un cacharro metálico que poníamos junto al campanario y que “molíamos a palos”. Se hacían procesiones al “peso del mediodía” y con un montón de paradas en todos los altares que preparaban en el recorrido. Las misas eran más solemnes, casi todos los chicos nos vestíamos de monaguillos, los hombres aprovechaban para cumplir aquel precepto de “comulgar al menos una vez al año”, y D. Nicolás lloraba en el púlpito y hacía llorar a la mitad de las mujeres con sus sermones.

Había que comulgar los primeros viernes de cada mes. Me acuerdo que los jueves por la tarde venía D. José, el cura de La Villa, a confesar y el maestro nos dejaba salir de la escuela, de cuatro en cuatro, para que fuéramos a confesarnos. Salíamos corriendo porque nos confesábamos por orden de llegada a la iglesia y luego estábamos jugando hasta que terminara de confesarse el último, para volver a la escuela, (lo de colegio no se usaba). Yo como era de los más pequeños, al menos de estatura, siempre llegaba de los últimos. En una ocasión los que estaban delante de mí se despistaron y me “colé”, pero al llegar al confesonario se me escapó “una sonrisa de pillo” y el cura me echó reprochándome que no venía arrepentido de mis pecados (estamos hablando de un niño de entre ocho y nueve años). Esto a mi me supuso, entre otras cosas, una reprimenda del maestro y otra, aún mayor, de mi madre ¡¡mira que echarte del confesonario!!, aparte de tener que levantarme al día siguiente a las seis de la mañana para confesar y poder comulgar en la “misa de madrugada”; y todo para no romper la secuencia de comulgar los nueve primeros viernes seguidos, que según los curas, te acercaba mucho a la “Gloria”.

En otra ocasión, también un 1er jueves de mes, ya en “gracia de Dios” después de haber confesado, estábamos jugando en mi casa José Sebastián y Yo, y me imagino que algún niño más, en una especie de corralón que había entre la era y el camino. El caso es que nos encontramos una “escupidera vieja” y yo invitaba a José Sebastián a orinar diciéndole “piss, piss”, cuando oímos desde el camino la voz de D. Santiago, que asomaba por encima de la pared, y decía: ¡¡ajá!! y mañana a comulgar ¿no?, pues tienen que confesar antes. Y ahí me tienen a mí, levantándome a las seis de la mañana para confesar antes de la misa de madrugada:
-Ave María Purísima.
– Sin pecado concebida.
-¿Cuánto tiempo hace que no confiesas?
–Un día.
-¿Qué pecados tienes?
–Dije piss.
-Rece un Padre Nuestro, un Ave María y a comulgar.

Cuando D. Santiago Godoy fue destinado a Las Palmas, llegó D. Antonio Bravo de Laguna, un cura muy joven, recién salido del seminario, al que le tocó la tarea de romper con aquellas normas caducas y trasnochadas. Aún recuerdo como en su presentación, siguiendo la costumbre impuesta por D. Nicolás, que cuando llegaba de Las Palmas, nada más verlo teníamos que ir a pedirle la bendición y besarle el dorso de la mano, fuimos a hacer lo mismo con D. Antonio y nos mandó a limpiarnos los mocos a otro sitio, quizá con otras palabras pero igual de claro. También le tocó cambiar la imagen del cura con sotana negra al cura con pantalones oscuros y alzacuellos blanco. Otra sensación nueva, fue verlo bailando en el salón de La Unión y además, intentando sacar a bailar a Juanita Torres (Juanita la Santa para la gente del pueblo). D. Antonio, en el poco tiempo que estuvo de cura en Guatiza, cambió sobre todo la relación de la Iglesia con los jóvenes. Nos reuníamos en la casa parroquial, detrás de la Iglesia, en la acera de la Imparcial… y alegábamos, organizábamos excursiones, comidas en la playa, etc. El cura, al menos para nosotros, pasó de ser el guardián de las leyes de Dios, a un amigo y muchas veces confidente, con el que comentar y compartir “tus cosas”.

Luego vino D. Alejandro y con él la revolución, ya ni pantalón oscuro ni alzacuellos; pantalón vaquero y camiseta o camisa de manga corta. Para mí, Alejandro fue el “cura alcalde”. Se encontró con un pueblo abandonado por el Ayuntamiento y supo ser el líder, no solo en lo espiritual como cabría esperar de un cura, sino en lo humano. Fue el que supo remover, despertar y organizar a la gente de Guatiza para entre todos, hacer y conseguir algunos “servicios básicos” con los que no se contaba. Así, recuerdo de su época, como se organizaron comisiones y se realizaron por los vecinos obras como el arreglo de caminos (se eliminaron muchas curvas estrechas por donde apenas podían pasar los coches, mediante la participación de cuadrillas los fines de semana); la ampliación de las escuelas (se construyeron varias aulas con la aportación en trabajo y en dinero de los vecinos); se compró el solar y se preparó el campo de futbol en su ubicación actual (entre todos lo explanamos y retiramos las tuneras y la arena, consiguió que el Cabildo nos hiciera las porterías, etc.); Se encargó de formar la comisión y buscar ayudas de todo tipo para ejecutar una de las obras comunitarias más importantes para Guatiza, su electrificación; se construyeron los nichos del cementerio; se arregló y se electrificó la Iglesia; se creó la asociación de vecinos Santa Margarita; se inició la lucha para poder contar con teléfonos en los domicilios, y seguro que otras acciones que se me olvidan. Creo que a este hombre, como a otras muchas personas del pueblo, no le hemos reconocido nunca lo que nos ayudó para que viviéramos un poco mejor.

A partir de aquí, ya no tengo recuerdos ni vivencias destacables de la Iglesia, como no sea una de D. Juan “el de la barba” pidiéndole a Dimas, en un acto público, que comprara la cochinilla para que la gente le pusiera “perras” en el platillo.

En otros aspectos:
 Hemos pasado de no tirar nada a generar grandes cantidades de basura. Se nos llena la boca hablando de sostenibilidad, reutilización, separación y reciclaje y somos la generación del despilfarro.

Reciclaje y reutilización es lo que se hacía en nuestras casas en los años 50 y 60; cuando las latas redondas de sardinas se reutilizaban para echarle la ración a las cabras y las de manteca, grandes y ovaladas se reconvertían en “tojio” para ordeñarlas, de las latas de aceite de cinco litros se sacaban las milanas y las cucharas para coger cochinilla, de los cacharros de leche condensada se hacía la “pala” para el gofio o el azúcar. Alejandro Delgado y Marcelino Cabrera eran unos artistas con las tijeras de lata y la soldadura de estaño.
Teníamos que devolver las botellas vacías de cerveza o agua de moya, se guardaban las tachas cambadas y “herrumbrientas” para enderezarlas y volverlas a “clavar”; los bidones de 200 litros se convertían en tiestos para tostar el millo con el que se hacía el gofio, los platos de loza que se rompían se “lañaban” para seguir utilizándolos, con el cuero del cabrito se hacía el zurrón para amasar el gofio, de los sacos de azúcar se hacían desde sábanas a pañales o “talegas” para ir a comprar el pan a la tienda,…

Separar, claro, las cáscaras de las papas, de los plátanos, de los tunos para las cabras, los sobrantes de los platos de la comida para el cochino, los gatos y los perros, las cáscaras de las naranjas se secaban para luego trocearlas y echárselas a las morcillas, y todo lo demás para el estercolero, donde junto con el estiércol de los animales se convertía en el mejor abono para las fincas. Hasta los cristales de una botella rota se aprovechaban para enrazar los muros a modo de defensa contra intrusos.

Hoy cualquier pieza de fontanería, electricidad o mecánica cuando se avería se sustituye por una nueva y se tira la vieja porque “sale más barato que ponerse a arreglarla”.

En lo laboral:
 Pasamos de hacer todo a mano con la única ayuda de las herramientas manuales y los animales, a no tener animales en las casas y buscar máquinas para todo.

Uno de los “culpables” de la “motorización” en Guatiza, fue Juan Núñez con su invento, “la chocha” como se le bautizó en el pueblo. Los mayorcitos se acordarán de ella, un artilugio de construcción prácticamente artesanal, formado por un camión pequeño al que solo le dejó el chasis, el motor, las ruedas, los
pedales y el volante, y le colocó el chasis de otro en vertical con unas poleas en lo más alto por donde pasaban dos cables que subían y bajaban la cuchara.

Me cuenta Juan Vicente, su hijo, que la hizo detrás de su casa, fuera de horas de trabajo, con la ayuda en los detalles de Juanito el de D. Pepe Mª, y sin taladro eléctrico ni soldadura, a base de punzón, martillo, berbiquí y remaches de hierro.

Verla trabajar era todo un espectáculo. Recuerdo salir de la escuela e ir corriendo a la Vega porque estaba Juan Núñez con la chocha cargando tierra. Para ponerla en marcha la empujaba con el camión, luego saltaba del camión y corría hasta alcanzarla, bajaba la cuchara y la fijaba al brazo de la máquina con una cadena y una argolla; luego su ayudante, Felo Betancort, se ponía de pie sobre la cuchara para que ésta, con su peso, se clavara en la tierra y envestía los “testes de tierra” con toda la velocidad que aquel artefacto era capaz de alcanzar. Una vez la cuchara llena, se bajaba Felo, se levantaba la cuchara, se acercaba al camión, y dándole un golpe con la mano a la argolla destrababa la cuchara, que volcaba dejando caer la tierra sobre la cajonera del camión, y así no sé cuantas veces hasta completar el viaje. Juan decía que le hacía el trabajo de cinco peones.

Otra utilidad de la “chocha” era la trilla, esto sí que fue un “gran adelanto” para los agricultores. Se preparaba el calcadero, venía “la chocha”, le daba un pasón y se iba a trillar a otra era, mientras, los agricultores con la ayuda de sus vecinos, sacudían y le daban la vuelta a la paja, luego pasaba otra vez “la chocha”, segundo pasón por el calcadero y a levantar el grano. Más tarde apareció algún tractor “David Brown”, pero la gente prefería la chocha para trillar, porque partía menos granos.

Luego llegó alguna máquina de esteras, de “segunda mano” por supuesto, y ahora todo tipo de máquinas cargadoras, retroexcavadoras, minimáquinas, martillos hidráulicos y cuanto necesitemos.

 También en este tiempo, hemos convertido las gañanías o mejor dicho “gallenías” de nuestras casas, donde se amarraban dos burros y un camello, en garajes, primero para resguardar los DKW y los Land Rover, que además de ayudarnos en las labores de la labranza, nos servían para ir “al puerto” y a los jóvenes para ir a los bailes, y ahora para guardar varios coches, que solo sirven para ir al puerto y a los bailes.

Recuerdo que mi padre me decía: -“antes se asomaba uno al campo y veía seis o siete burros o camellos amarrados en las fincas, ahora vemos seis o siete furgones en los caminos”. Y si se asomara hoy no vería ni una cosa ni la otra, como no sea un jueves o un domingo en tiempo de cacería.

 Hemos pasado de “sacar la sementera” (para los más jóvenes “traer para las eras la cosecha, una vez arrancada, para trillarla”) en los “vasos” de los camellos o burros, a sacarla en camiones y furgones, y ahora a no tener sementera que sacar.

Las cargas en camiones, se hacían de madrugada para que la paja estuviera “amorosa” y con ayuda de varios vecinos. Se formaban verdaderos “pajeros” sobre el camión para aprovechar el viaje.

Recuerdo en una ocasión que yo estaba sobre el camión con Rafael Nieves, (el padre de Felo y Melo Nieves), colocando las gavillas de palote que nos tiraban desde abajo y oí a Rafael dándose golpes en la pierna y agarrándose el pantalón. Cuando abrió la mano cayó un ratoncito que se le había subido por los pantalones, y Rafael decía, ¡¡al jodío, pos no me quería roer el cesto!!.

 También hemos pasado de “las camelladas” a no tener ni un solo camello en Guatiza.

Una de las actividades comunitarias que se realizaba en Guatiza, era la camellada. Prácticamente todos los vecinos que tenían camellos, en los meses en que no había actividad en las fincas, se reunían con sus animales en la salida del pueblo hacia la Caleta, junto a la casa de Andrés Acosta y se iban turnando de dos en dos para cuidarlos durante todo el día en la costa. Yo participé en dos de estas “excursiones”, eran de sol a sol, pues se salía muy temprano y se volvía al oscurecer. A una fui con mi tío Juan y a la otra con D. José Fernández Cejudo.

La verdad es que fueron muy tranquilas, de la primera me acuerdo que como me pesaba mucho “la mochila” que mi madre me había preparado con la comida, a las once ya me lo había comido casi todo; y de la otra, recuerdo que cuando íbamos por el Castillejo, donde el paso es una vereda y los camellos tenían que ir en fila de uno, D. José se adelantó y le soltó un palo en todo el lomo a uno de ellos, que hasta a mi me dolió, y cuando le pregunté que por que lo había hecho, me contestó: “el sabe”.

En cuanto a los juegos y el tiempo libre:
 Pasamos de apenas tener juguetes -y los que teníamos ser muy sencillos e incluso hechos por nosotros- a tener nuestras casas convertidas en verdaderas jugueterías.

Los Reyes Magos te traían como mucho un juguete que solía ser una trompeta de plástico, una espada o una pistola de mixtos para los niños y una muñequita de trapo o un jueguito de cocina o de planchar para las niñas, y eso sí, aprovechaban para regalarte los zapatos, los calcetines, alguna ropita, la libreta, el lápiz, la goma, una caja de lápices de colores ya era algo extraordinario, y no habían mas regalos a lo largo del año.

Ahora los niños reciben regalos y juguetes todo el año, por su santo, por su cumpleaños, por principio de curso, por final de curso, por aprobar, por no suspender, por ir al colegio, por portarse bien… tienen de todo. Por Reyes les regalan los padres, los abuelos, los tíos, los padrinos y ¡que juguetes!, todos electrónicos, educativos, instructivos, pedagógicos. ¡Ah! y ahora por si fuera poco, también se regala por Papá Noel y dentro de poco hasta por Halloween.

¿Ustedes se han fijado en la cara de los niños el día de Reyes, cuando van recibiendo regalos uno detrás de otro, y no saben a que acudir, si a los suyos, a los de los demás, a los juguetes, a los envoltorios…?. Sinceramente creo que nos estamos pasando.

Antes los juegos eran más sociales, más participativos, al marro, a la tángana, al boliche, al trompo, al escondite, al teje, al quemado, a la soga… no se puede jugar solo. Hoy los niños pueden pasarse horas enteras jugando solos o jugar unos contra otros, cada uno desde su casa, sin verse e incluso sin conocerse, gracias a Internet.

 En este tiempo, también hemos pasado de una carretera sin nombre ni coches, que los domingos y festivos se convertía en un paseo alegre y concurrido a una “Avenida”, al menos así se denomina ahora, con bastante tráfico, sin paseantes, pero animada, eso sí, por las terrazas del Bulín y La Imparcial.

 Pasamos de no tener teléfono en el pueblo, a tener un solo teléfono en casa de Sixto y Antonia, luego una cabina telefónica, más tarde dos, la lucha para que nos consideraran núcleo urbano y nos pusieran el tendido telefónico y ahora tenemos un teléfono fijo, internet y varios teléfonos móviles en cada casa, y la lucha para que no nos coloquen las antenas de móviles cerca de nuestras casas.

 También en nuestras relaciones festivas con familiares y amigos hemos pasado de las matanzas de cochinos y “comilonas” a las fiestas en “La Rosa” y barbacoas similares.

Las matanzas eran días de gran ajetreo donde cada uno tenía su papel. En mi casa, era el Sr Juan Betancort, y años más tarde Nono, los que “picaban” el cochino y dirigían las maniobras de quemado, raspado, descuartizado, etc, y Sra Felisa y mi madre se encargaban del lavado de las tripas para hacer chorizos y morcillas, de la fritura, del compuesto y de todo lo que seguía. Los más chicos, de jolgorio y haciendo alguna ruindad porque nadie tenía tiempo de “estar pendiente” de nosotros.

La gran diferencia es que para las matanzas, solo se compraba el ron y el coñac para los hombres, el anís y el licor de plátanos para las mujeres, y se aprovechaba todo, hasta las botellas vacías y en las fiestas de ahora, simplemente lo compramos todo y lo tiramos todo, hasta los platos y los vasos son de plástico, para no tener que lavar, y la excusa es perfecta, “son tan baratos que sale más caro lavarlos”.

 También hemos pasado de tener cada uno en su casa, un cochino, varias cabras, algunos conejos, palomas y una veintena de gallinas que proporcionaban la carne, la leche y los huevos que se comían, (y también muchas moscas, que todo hay que decirlo), a tener varias mascotas, un pajarito canario, una tortuga, un perro que no ladra y un gato que no caza, porque comen en plato y duermen en colchón.

En lo educativo:
 Hemos pasado de una escuela donde la educación, la disciplina y el conocimiento se imponían a base de “bofetones terapéuticos y caricias con la regla”, a otra con el “no me toques que te denuncio” como norma.

A nosotros, nos castigaban por todo, por no saberte la lección o el catecismo, por no hacer “los deberes”, por portarte mal, por “contestar” a los mayores o meterte en sus conversaciones, por “dilatarte” cuando ibas a la tienda, por quedarte jugando al salir de la escuela en vez de ir “derechito” para tu casa, por ensuciarte o romperte la ropa, por llegar a tu casa después del “toque de la oración”. Y yo ahora recordando estas cosas me pregunto, ¿Cuándo se estudiaba uno la lección y hacía los ejercicios?. Teníamos clase de 9 a 12 de la mañana y de 2 a 4 de la tarde, pero es que antes de ir a clase, te levantaban y te ponían a cuidar que la leche no se saliera de la caldera al hervir, luego desayunar y estar atento al silbato del pastor para soltar las cabras y acercarlas al ganado. Me gustaba ir temprano para quedarme un ratito escuchando la tertulia de Sra Juana, Micaelita, Eulogita y Andrea, luego te lavabas el “hocico, las manos y los pies en la palangana” (lo de “bañarse” era para los días de fiesta), te ponías el uniforme, cogías “el libro y la libreta”, y te ibas para clase, caminando por supuesto y solo o con otros chicos que encontrábamos por el camino. Llegábamos a la escuela y esperábamos al maestro -llegar tarde también se castigaba-, nos poníamos en filas en el camino, el maestro nos mandaba a “cruzarse”, que era extender el brazo -el derecho por supuesto-, y colocar la mano abierta sobre el hombro del compañero que estaba delante, así cantábamos el “cara al sol”. Entrábamos en la escuela y de pie, nos “persignábamos” y rezábamos el padre nuestro antes de comenzar la clase.

Éramos en torno a los cuarenta alumnos, chicos solamente. Mi escuela era el salón que luego fue garaje de D. José Robayna y la de las chicas estaba en la casa donde luego vivió D. Chano y hoy vive su familia. Hablo de chicos porque estábamos juntos desde niños de cinco años a muchachos de trece y catorce y en aquella época, si a un chico de doce años le decías “niño”, se ofendía.

Salíamos de clase a las doce y caminando teníamos que volver a nuestras casas, comer y regresar a las dos. Si tenemos en cuenta que no había transporte escolar, que nuestros padres no tenían coche y que algunos, los que vivían en “la mareta”, “la cuesta” o “el morro” tenían que caminar más de dos kilómetros, muy ligeritas tenían que andar nuestras madres con la comida para poder llegar a tiempo. Luego la misma retahíla y a las cuatro para casa. Pero es que en casa nos esperaba: ir a la tienda a hacer “el mandado”, ir a buscar alguna hierba para los conejos, limpiar los corrales y ponerle la ración de grano a las cabras para que fuesen derechitas a su corral y estar atento para amarrarlas cuando llegaban del ganado; también había que darles agua, se guindaba del aljibe y se les iba pasando el balde a cada una para que bebiera, luego llegaba tu padre del campo y les echaba de comer, pero tú tenías que sujetar los burros y el camello para que él les guindara el agua, y luego mantener el farol para que “atendiera” los animales, y les echara de comer, normalmente paja menuda que había que pasar por la zaranda para quitarle la tierra. Total las nueve de la noche, cenar y a acostarse.

Hoy la vida para los niños es muy distinta, aparentemente más fácil, pero no me atrevo a decir si mejor o peor, ni siquiera si es más o menos divertida, lo que sí es seguro, es que la responsabilidad de los padres es mucho mayor y el tiempo para estar con los hijos, aunque parezca mentira, cada vez menor. Y lo peor de todo, que tratamos de compensarlo con regalos, mimos y consentimientos.

Y quiero terminar con una reflexión: Todos los niños que vemos en esa foto, pasamos por la infancia y recibimos el tipo de educación y el trato descritos en este alegato y prácticamente todos son hoy, como a mí me gusta decir, “hombres de provecho”. Unos estudiamos más, otros menos, otros no estudiaron, pero que yo sepa no hay ninguno traumatizado y, si las teorías actuales fueran ciertas deberíamos estar todos con tratamiento psiquiátrico.

Entiendo que ni tanto ni tampoco y creo que lo lamentable es que no hayamos sabido o podido conservar lo bueno de cada época.

 Por último y para no cansarles más, vean las fotos de unos de los cambios más hermosos de Guatiza, el paso de las cuevas del molino de Félix y Petra a Jardín de Cactus.

 Como habrán notado no he tocado para nada un tema obligado en Guatiza, “la cochinilla”, y más para mí que lo estudié bastante en mi juventud. Pero ese se lo dejo enterito para Leandro Caraballo, que cuando le toque estar aquí, lo defenderá mejor que yo.

 En estos días, haciendo memoria para redactar estas líneas, se han agolpado en mi cabeza muchas vivencias y recuerdos con amigos, familiares y vecinos, que ya no están con nosotros y que me hubiese gustado mencionar aquí. Pero he decidido guardarlas con mucho respeto para mejor ocasión, unas porque nos entristecerían en tiempos de fiesta y otras porque harían este pregón interminable.

 Y ya para despedirme, el deseo de que disfruten de las fiestas en paz y con moderación. Sean felices.
Buenas noches.

Guatiza a, uno de septiembre de dos mil once.

José Francisco Betancort Cejudo

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