Pregón de Sta. Margarita 2011 (Guatiza)

Pregón de las Fiestas de Sta. Margarita
Guatiza 2010

Por:  Mª DOLORES PÉREZ DÍAZ

Buenas noches a todos y a todas:

En primer lugar quiero dar las gracias a la junta directiva por acordarse de mí y a ustedes por estar aquí.dolores perez 2011

Cuando me llamó Eva me quedé tan sorprendida con lo que me propuso que le dije que le daría la contestación al día siguiente, pero no me dio tiempo ni de pensarlo. Rápidamente me vinieron tantas vivencias de la fiesta que no podía ni ordenarlas en mi mente. Al mismo tiempo sentí cierta tristeza pensando todo lo que mi padre me hubiera ayudado a recordar. Y me di cuenta que no podía decir que no.

Para mí es un honor y me siento muy orgulloso porque nunca pensé que yo llegaría a ser algún día pregonera de las Fiestas de mi pueblo. Esas fiestas de las que guardo tantos buenos recuerdos, ¡Qué bien lo pasábamos!

Muchos de los mayores aquí presente recordarán lo que voy a contar pero a los jóvenes ni les sonará.

Como cada año, desde principios del mes de julio ya se empezaba con los preparativos: albear las casas con cal, abrir la lana o la camisa de millo de los colchones, lavar las saleas en el mar. En definitiva, dejar las casas bonitas para recibir a los invitados que siempre llegaban.

Se llevaba el trigo al molino de Juan Espino (hoy Jardín de Cactus) o al molino de Leandro para con la harina amasar el pan y hacer para la ocasión panitos de mamí, bizcochos dulces, etc.

También, por esas mismas fechas ya se iba a la costurera a ver los figurines para elegir el traje que se estrenaba, el cual, quedaba guardado después de la fiesta como traje de los domingos hasta el año siguiente.

Íbamos a Arrecife a comprarnos los zapatos en Pepe Pérez o en el Salón Rosa y la tela para los trajes en Casa de Lasso o Ferrer. Como no había mucho para elegir, al final, más de una vez coincidíamos con la misma tela y zapatos.

Para ir a Arrecife cogíamos la guagua de Nicolás. Como salía de Máguez, venía con el motor ya recalentado y para enfriarlo le echaba un balde de agua de la aljibe de Doña Rafaela Abreut. Luego cargaba las lecheras llenas que volvían al mediodía vacías.

La fiesta se concentraba principalmente en la calle, entre La Imparcial y La Unión. Se engalanaba con banderitas y farolitos de colores. Los ventorrillos se montaban hechos de pitero, palma y esteras. Todavía siento ese olor a carne adobada y las parrandas de algunos de los mayores del pueblo. ¡Qué divertido!

Por la mañana, el día de la función, nos levantábamos con la ilusión de estrenar el traje y los zapatos. Teníamos que ponernos una chaqueta aunque hiciera calor, pues no podíamos entrar en la iglesia con manga corta.

Después de la misa íbamos a la sociedad o a pasear hasta que se hiciera la hora de volver a casa a comernos el compuesto.

Por la tarde se organizaban actividades como la ginkana, carrera de sacos, carrera de bicicletas en la que los chicos tenían que enganchar con un lápiz las cintas pequeñas que estaban colgadas y numeradas, para que después, las chicas le pusieran la banda que ellas previamente habían decorado (muchos chicos se cambiaban las cintas para que la banda se la pusiera la chica que te gustaba).

También parábamos en la ruleta de Cazarla, a ver si teníamos suerte y nos tocaba una golosina o un paquete de estampas.

Algunos años, nos visitó el Circo de los Totis. Aún estoy impresionada al recordar come quemaba el pañuelo marcado con las iniciales de alguien del público, y por arte de magia aparecía intacto.

Además un año llegó al pueblo en un carromato una familia, muy adelantada y moderna para la época… Y nos quedamos todos boquiabiertos al escuchar cantar a la señora con mucho descaro: “La española cuando besa…” (Me acuerdo que Mariela se llevó para su casa los trajes de los artistas para plancharlos).

Y por la noche, lo más esperado: “El Baile”(que ya se anunciaba desde por la mañana con la bandera) amenizado al principio con Doña Luz al piano y sus vocalistas jóvenes y modernas, la orquesta de Castellano, la de la Villa, y más recientemente los Hermanos Cando y la Estrella del Sur con Paco Toledo. Las dos sociedades competían a ver quien llevaba la orquesta más animada. ¡Qué pena nos daba cuando terminaban las fiestas! ¡Esperar hasta otro año nos parecía un siglo! No como ahora que el tiempo vuela y nos estamos haciendo viejos.

Aunque no teníamos casi nada de cosas materiales nos las ingeniábamos para sacarle partido a todo: pelotas hechas con cámaras de bicicletas, aros de las barricas de vino, muñecos con carosos, animales con tuneras,…

Nos entreteníamos en la calle jugando a la soga, el escondite, el corro, el elástico, el teje, la prendita, cantando las canciones: “Al ton al ton pirulero” “Soy la reina de los mares”, “Al pasar la barca”, “Don Melitón” “La torre del chocolate”, “¿Dónde están las llaves?”, etc. ¡Nosotros no sabíamos lo que era aburrirse!

De la época de la escuela tengo muy buenas vivencias. Primero estuvimos en la casa de Don Chano con la Señorita Teresita que nos daba pan con mantequilla.
Todas las mañanas antes de llegar a la escuela, pasábamos por la zapatería de Don Eustaquio que muy amable nos afilaba el lápiz y nos daba trozos de cristales con los que raspábamos los pupitres a ver quien lo dejaba más limpio.
Un día a la salida, fuimos con María Teresa y Marinina a la casa porque su madre había tenido una niña.
Posteriormente pasamos al garaje de Calixtita. Como no había baño teníamos que hacer nuestras necesidades en el corral.

En el año 1963 siendo mi padre alcalde pedáneo, se inauguró el actual grupo escolar con cuatro aulas, dos de niños y dos de niñas que estaban con la Señorita Teresita y con la Señorita Lola. Maestras de las que guardo muy buenos recuerdos.

Mi padre siempre contaba que tuvo muchas dificultades para conseguir un solar, pero que al final doña Juana Torres le dijo que se lo vendía para que sus nietos no se quedaran sin escuela. Se compró en el año 1959 gracias a la colecta aportada por los vecinos. Aquí ya teníamos cuarto de baño y nos gustaba darle a la bomba para subir el agua.

Teníamos un solo libro que abarcaba todas las asignaturas. Empezamos con el de primer grado, luego el de segundo y finalizábamos con el de tercer grado, de la enciclopedia Álvarez. De casa, cada uno llevaba un recipiente para depositar la leche en polvo que repartían en el recreo con el queso de bola.

Las tardes en la escuela las solíamos dedicar a la costura donde aprendíamos a coser y a bordar. Hacíamos bolsas para el pan, manteles individuales, delantales para las trabas de la ropa, etc. que todavía conservo.

Teníamos un uniforme blanco, en el que estaba bordado a punto cruz el nombre de Guatiza. Sólo nos lo poníamos en grandes ocasiones, como cuando venía la inspectora.

Los jueves primeros de mes por la tarde, tocaba ir a confesar y nos prestábamos el velo unas a otras porque debíamos entrar en la iglesia con la cabeza cubierta.

Todos los años, el día dos de febrero íbamos a Tabayesco con las maestras para celebrar el día de la Candelaria. Esta excursión la hacíamos muy contentas cantando por el camino; con nuestra cantimplora, la fiambrera con la tortilla y la pasta de chocolate. Allí nos reuníamos con todas las niñas del Norte y sus maestras en una era que dejaba la Señora Pura para celebrar la misa. Después de la celebración y de la comida, ya estábamos listas para volver. En Arrieta nos despedíamos del resto y seguíamos nuestro camino a Guatiza.

En Mayo, el mes de María, hacíamos un altar en la escuela con la Virgen, donde le llevábamos flores y ensayábamos todas las tardes versos que luego recitábamos en la Iglesia, donde estaba el altar grande adornado con muchas azucenas.

La víspera de San Juan se hacían hogueras en diferentes barrios del pueblo. Yo iba a la de la Cerquita donde se saltaba, se cantaba y se jugaba siempre bajo la vigilancia de los mayores.

La de la Caldereta era la más vistosa porque estaba en alto y se divisaba de todo el pueblo.

Al día siguiente nos levantábamos con mucha ilusión porque nos íbamos a la playa: La Caleta, Playa de Don Pancho y alguna vez a Playa Bastián, donde vi por primera vez los patos. Nuestros mayores decían que si nos bañábamos antes de San Juan nos salían ronchas y que los baños debían ser 3 o 9 días consecutivos, siempre nones.

Los camiones del pueblo siempre estaban dispuestos para transportarnos, Bonifacio, Juanito, Isaías, Antonio y Santiago Alonso. Recuerdo que se hacía los sancochos en los distintos almacenes y se compartía con los amigos.

Otra época que me trae añoranza es la Navidad. Nos gustaba colaborar en hacer el portal. Llevábamos de nuestras casas fas cajas de conservo con cebada ya crecido para adornar.

Por la noche íbamos a ensayar los villancicos con el rancho. Parece que todavía estoy viendo al Señor Cirilo con el timple, el Señor Marcos y Marcelino Cabrera a la guitarra, Antonio Ortiz al laúd, Blas Acuña al violín, Domingo Villalba a la pandereta, Rafael y Manuel Nieves las espadas…”Eran muy animados”.

Alguna vez discutían porque unos eran partidarios de que estuviéramos allí y otros no. Al final, el único joven que se quedó fue Juan Francisco tocando el triangulo.

También por esa época se amasaba y hacían los dulces típicos, sobre todo las truchas y los mantecados.

El día 24 de diciembre después de cenar acudíamos a la misa del Gallo, donde cantábamos con el rancho, había representaciones vivientes de mayores, recitábamos versos, en fin, la mayoría del pueblo participaba.

Nuestro pueblo siempre ha sido muy unido y los mayores se ayudaban unos a otros, para aventar, techar alguna almacén, limpiar el aljibe, pisar uva para hacer el vino, etc.

En los distintos barrios los vecinos sacaban las sillas por la tarde-noche y se reunían a “cabildear” mientras que nosotras nos dedicábamos a jugar. A veces nos acercábamos a escuchar las historias que contaban pero nos echaban porque no querían que los niños se enteraran de las conversaciones de los mayores.

En verano, pasamos muchas tardes trillando con el burro y el camello. Luego por la noche se reunían los vecinos a aventar siempre que el tiempo estuviera bueno para ello. Con el granzón hacíamos casitas con varias habitaciones donde jugábamos.

Aún tengo en mi mente aquellas tiendas de comestibles con el típico mostrador de madera, a las que íbamos con el cesto de pírgano a hacer la compra. Llevábamos las botellas para el aceite y el petróleo, el vasito para las sardinas de lata que se vendían a granel, la bolsa de tela para el pan. El azúcar, la harina, etc., nos lo daban envuelto en “papel vaso”.

Los domingos de pequeña nos poníamos en la acera de la Imparcial a jugar a las cartas (la raposa; la siete y medio; sota, caballo y rey, etc.) y luego comprábamos un membrillo, un chupachup en forma de paragua o de pimiento, sodina o el chicle bazooka, que venía envuelto en un papel con un chiste que nos gustaba coleccionar para hacernos socias del club.

Ya un poco mayores, hacíamos guateques en la Unión con el tocadiscos de mi tía Juana. Y los discos de Felo Betancort que le daban por comprar los refrescos de Mirinda. Uno de los que nos enseñaba a bailar era Marcelino Cabrera.

Los domingos después de misa esperábamos a que llegara la guagua que traía el saco de la correspondencia y todas nos íbamos a la cartería a ver si nos había llegado algo.

También íbamos muchas noches a envolver el bizcocho a la panadería de Sixto con Toñi. Toda la familia era muy agradable y lo pasábamos muy bien. ¡Comíamos más de lo que empapelábamos!

El día de Corpus se salía en procesión recorriendo los diferentes altares que se hacían en las puertas de algunas casas. ¡Eran muy bonitos! Las paradas eran en casa del Señor Patricio, Sixto y Juanita la Santa.

En Semana Santa, en alguna ocasión se hacia el encuentro a mitad del camino con los vecinos del pueblo de Mala. Ellos traían la Virgen y nosotros llevábamos el Cristo.

Un día que también nos gustaba mucho era la muerte del cochino ya que nos quedábamos sin ir a la escuela. Se solía hacer por el mes de octubre o noviembre, después de estarlo engordando todo el verano con higos picones y cebada enrolada. Se reunía toda la familia, amigos y vecinos. Comíamos todos juntos y se preparaba chorizos, morcillas, carne adobada, y el resto se salaba para que se conservara a lo largo del año.
Y esas bodas de antes, en las que la Señora María Falero con un mes de antelación iba casa por casa participando en nombre de la familia de los novios que se iban a casar.

Luego las amonestaciones 1ª, 2a y 3a en la misa de los tres domingos previos a la boda. ¡Al final llega el día! Los novios se casan y el convite lo celebran en el comedor de casa de la novia que ya estaba preparado para la ocasión con las sillas alrededor de la habitación para que cupieran todos los invitados (las sillas se traían de casa de los vecinos).

El padrino servía copas de coñac a los hombres y de anís “el mono” a las mujeres. La madrina pasaba la bandeja con los dulces hechos para la ocasión. Como pasaba varias veces, los primeros se los comían pero ya al final se guardaban con disimulo envueltos en el pañuelo dentro de las faldiqueras o donde cupiera para llevárselos a los que quedaban en la casa que no habían asistido ya que normalmente se invitaban uno, dos, o tres de cada casa según el grado de parentesco o amistad.

Cuando los novios decían “¡Buenas noches, nos vamos a acostar!”, se daba por finalizada la boda y cada uno se iba a su casa.

Después de este recorrido que hemos hecho de nuestra forma de vida en los años sesenta, tan diferente a la actual, quiero darles nuevamente las gracias y desearles:

¡FELICES FIESTAS A TODOS!

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