Pregón de Sta. Margarita 2010 (Guatiza)

Pregón de las Fiestas de Sta. Margarita
Guatiza 2010

 Por:  EVA Mª ELVIRA BERRIELEva Elvira Berriel

Santa Margarita, también llamada Marina, etimológicamente significa “perla”, (viene de la lengua griega).

La historia de la vida de los santos cuenta que, Margarita nació en Antioquía (en Asia Menor, hoy Turquía), hija de un sacerdote pagano, pero a través de su ama de leche, es decir, la persona que no era su madre y la amamantaba, conoció la fe cristiana.
Al cumplir 12 años, Marina se bautizó. Cuando lo supo su padre, renegó de ella.

Un día, cuando Marina ya tenía 15 años, estaba cuidando a unas ovejas que pastoreaban.
Pasó por el lugar el gobernante romano (Olybrius), que quedó fascinado por la belleza de la joven y le propuso matrimonio.

Marina no ocultó que era cristiana. Entonces, el gobernador la entregó al cuidado de una noble mujer. Tenía la esperanza que ésta iba a convencer a la joven a renegar de Cristo. Pero Marina fue firme y se negó a ofrecer un sacrificio a los ídolos.

Encarcelada por no acceder a los requerimientos del gobernador, se cuenta que consiguió echar, de sí misma, un demonio por medio del signo de la cruz.

Otra versión es que el Tentador se le apareció en forma de dragón y la devoró, pero ella poseía un crucifijo con el cual rasgó la piel del dragón y salió de allí.

Entonces, la sometieron a las más terribles torturas.

Sobreviviendo milagrosamente, según la leyenda, de las muñecas de Marina se cayeron las cadenas y sobre su cabeza empezó a irradiarse una extraordinaria luz, dentro de la que volaba girando una paloma, sosteniendo en su pico una corona de oro.

El gobernador, finalmente, ordenó ajusticiar a Marina y a todos aquellos quienes creyeron en Cristo.

Ese día fueron decapitadas, de nuevo según la leyenda, 15.000 personas.

Sus reliquias se encontraban en Constantinopla hasta la conquista de la ciudad en el año 1204.

Logró convertir a muchos a la fe de Jesús de Nazaret. Y de su tierra natal, a miles de kilómetros, su figura aparece en Lanzarote, menos de un siglo después de su anexión a la Corona de Castilla.

Las primeras referencias de nuestro pueblo datan del 15 de abril de 1571, cuando Agustín de Herrera y de Rojas, Conde de Lanzarote, hizo donación de tierras a Marcos Perdomo Rodríguez en una zona denominada con el término Guatise.

Otros documentos relatan que, nace Guatiza en los primeros años del 1600, sobre un mamelón achatado que cae exactamente sobre La Vega, en la falda de Guenia. La fertilidad de ésta fue uno de los principales motivos para llevar a cabo el asentamiento por las inmediaciones de la actual Ermita de Sta. Margarita.

Ya en 1799 se pedía asistencia Ministerial para Guatiza, junto con otras zonas, siéndoles concedidas años más tarde, concretamente en 1806. Como requisito para la ayuda, entre otras condiciones, era necesario que el pueblo tuviera cementerio propio.

Sus habitantes fueron los primeros que iniciaran los trámites y solicitaran autorización para realizar varias obras en la plaza que existía delante de la Ermita de Santa Margarita, cerrándola para convertirla en un cementerio.

Todas las obras serían costeadas por los propios vecinos. Consistían en un muro, una habitación y arreglo del terreno.

Tuvieron un costo de unas 1.837 pesetas. La comisión creada para esta obra estaba formada por Antonio Luis Cejudo, Bernardino Torres, Juan Francisco Fernández, Sebastián Fernández y Miguel Robayna.

Lo que más caracteriza a esta parte del pueblo es, por tanto, su iglesia-cementerio, adonde acude el vecindario cada año para festejar a la virgen mártir y llorar de paso por los difuntos.
Los primeros pobladores vivían en pequeñas casitas de lodo y piedra, que fueron mejorando con los años hasta pintarlas con cal. Ello las hizo visible desde el mar, llamando la atención de los bereberes, que por ese entonces vivían dedicados a la rapiña por todo el litoral lanzaroteño.

Los moratos solían arribar por Puerto Moro, un poco al norte del Riadero y de la Cueva de la Arena.

Dícese que, las invasiones berberiscas (llevadas a cabo por “Calafat”, “Dogali” y “Amurat”) en el siglo XVI fueron debidas a la atracción que sintieron éstos por la carne y el grano que suponían guardado dentro de las blancas casas. Esto les llevó a saquearlas en más de una ocasión dejándolas en completa y desesperada ruina.

El éxodo de los vecinos de la Guatiza alta hacia La Vega hizo posible que los moros no volvieran a desembarcar por los caletones de la Tía Vicenta ni por el Puerto Moro.

Se cuenta, sobre la historia de nuestro pueblo, que los brujos y el espiritismo estuvieron presentes durante varios siglos, donde los ritos y leyendas, costumbres y tradiciones llegaron hasta muy entrado el siglo XX.

Don Antonio Chaves era, antes que nada, un clarividente y tenía excelentes conocimientos farmacológicos. Llegó a tener gran clientela, y su prestigio rebasó esta isla para llegar a todas las restantes del Archipiélago.

No sólo curaba los dolores físicos sino también a los poseídos por algún hechizo. Le sucedió doña Guadalupe Bethencourt y, de último, su nuera Lita Fontes quien siempre tuvo las puertas de su casa abiertas para recibir a cuantos pacientes se acercaron a ella, aquejados de diversos tipos de males, dolores o maleficios.

“En 1846, Madoz nos dice que La Vega de Guatiza tiene: unas 80 fanegadas de tierra, de excelente calidad, la que llegaba a producir unas 3000 fanegadas de millo o garbanzos; siendo una de las mejores propiedades de la isla de Lanzarote. Teniendo contabilizados 44 vecinos. Lográndose en 1856, las mejores cosechas de garbanzos, siendo sus principales cosecheros: D. Domingo Guerra, D. Marcial Julián Fernández y Dña. Catalina Lemes”.

La capacidad intelectual de los vecinos de Guatiza les llevó a asociarse allá por el año 1900, por lo que de ahí se derivan las “Sociedades La Unión y La Imparcial” con la firme convicción de compartir las alegrías y las penas de su pueblo, trabajando por el bien común de los socios y del pueblo en general. De la Imparcial de mi niñez el cine de Luciano, donde cada sábado visualizaba una película de Manolo Escobar bajo el ruido de la rueda que hacía girar la cinta y que tantas veces interrumpía cortando la imagen. Y en los años 80, el Club Guadarfía del cual aún hoy se guardan fotos de sus asociados en este centro sociocultural.
Igualmente, en 1983, nació el C.S.C. Los Eucaliptos. Y en 1988 fue creada la asociación conocida hasta hoy con el nombre de C.S.C. Taiga, punto de reunión para el diálogo, para jugar a las cartas, a la lotería o simplemente degustar los ricos platos que “Tilao” prepara con esmero.

Volviendo un poco a lo antaño, los vecinos de Guatiza pidieron a gritos que se les comunicara con el Puerto del Arrecife, para que los carros que bajaban sus garbanzas y su cochinilla no se atascaran por el viejo camino.

Los poderes públicos le respondieron, el 30 de enero de 1903, que las obras se podrán hacer por cuenta de los parroquianos, y en especial con la aportación de la Excma. Señora Condesa de Santa Coloma, principal propietaria de la Vega. Los guatizanos siguieron gritando, pero ni pum. Hoy cuenta con flamante carretera que para unos es orgullo y para otros quebrantadora del valor histórico de nuestra Vega.

Adentrándonos en la actualidad, estaba yo en Santa Cruz de Tenerife en fecha 28 de junio del presente año, es decir, hace escaso unos días, recibo una llamada procedente de Belén Callero, esposa del presidente del C.S.C. Taiga y primo mío. Que decir tengo que era bastante inesperada, por lo que surgió mi asombro. Después del habitual saludo protocolario de estas situaciones, me propuso que si quería hacer el pregón de estas fiestas. Instantáneamente comenzaron a brotarme todo un cúmulo de emociones y sentimientos. Sensaciones abrumadoras, inmovilidad primero, a continuación temblores en las piernas y después de la rápida asimilación, pude articular que por favor si me lo podía dejar pensar. Ella añadía que no había tiempo.

Hasta hace muy poco mi esquema mental de un pregonero se dibujaba, entre otras características, como una persona entrada en años, lo que ahora me ha hecho caer de lleno en la cuenta, pues, que ya soy “mayor de edad”. En fin, si ellos lo han considerado yo también creo que tengo mi saquito de vivencias y experiencias.

Supongo que como para cualquier pregonero o pregonera de fiestas invitado, es difícil dar un no por respuesta porque es todo un honor y, por tanto, aquí me tienen, agradecida.

Mi niñez comenzó y transcurrió en el barrio de La Mareta, lugar que más tarde, entre las bromas de juventud denominábamos los de allí como “barrio residencial”. Crecí como una niña endeble y melindrosa, a la que asaltaron todas las enfermedades típicas de la niñez, llámase sarampión, rubéola, tos ferina, paperas…De ahí las constantes visitas de la vecina Dña. Argelia Espino para pinchar mi culito que se volvía inquieto junto con todo mi ser, desde que oía sus pasos, brincaba de nervios sobre la cama negándome a ello. A ella debo parte de mi salud.

Educada por un estilo maternal lleno de bondad y sana protección, recibo aún hoy halagos de gente de su época que recuerdan a mi madre, Mª del Pino Berriel, como la mujer buena que fue y que supo transmitir sus valores a todos los que le rodeaban.

De chiquitita, seguía sus pasos y la perseguía mientras ella recogía armoniosamente cochinilla, con sus piernas cubiertas con papeles amarrados con atillos, con su gorro de solapa grande para protegerse mejor del sol y como no, lo que nunca podía faltar: el transistor, amigo inseparable que paseaba con ella atado a su cintura, entre “saja y saja” de pencones de tuneras. No podíamos perdernos las radionovelas “Lucecita”, “Simplemente María” o los programas de Mara González, esa estimada locutora gran canaria a la que un día, cuando mi madre enfermó, escribí una emotiva carta para dedicarle una bella canción y la petición de su pronta recuperación. Aún guardo las dulces palabras de Mara, adornando, con máxima calidez y naturalidad, la atmósfera nostálgica que envolvía el momento.

Era mi padre, Emilio Elvira, quien se fortalecía cada mañanita con la correspondiente yema de huevo y el vino Quinito, para enfrentarse a la dureza del campo, al cultivo de la tierra árida, sacando de ella lo necesario, los garbanzos, chícharos, lentejas y la cochinilla con la que se pudo pagar mis estudios, a base de esfuerzo y tesón. Era él quien ponía autoridad y disciplina en casa cuando las situaciones no transcurrían adecuadamente, lo que equilibraba nuestra educación, hoy considerada con máxima satisfacción.

Los dos formaban una pareja sencilla, trabajadora y muy sacrificada. Las cosechas me encantaban, no tanto porque tenía que comer del mismo potaje tres días seguidos, sino porque me gustaba subir encima del trillo que separaba el grano de la paja y que era arrastrado por el burro en la era que aún hoy conservamos.

Parte de los estudios de la Educación Primaria o E.G.B., los realicé en la mesa de una humilde cocina a la lumbre de las velas, más tarde de un quinqué y posteriormente de una lámpara camping-gas hasta que por fin en la década de los 70, se hizo la luz eléctrica ¡llegó el progreso! Por este hecho brindamos y lo festejamos todos los vecinos de Guatiza en el parque. ¡Ése fue un gran día!

No seguir sin mencionar a mi abuelo materno, Antonio Berriel. Le recuerdo muy risueño, feliz, con sombrero negro y tirantes elásticos que recorrían flexiblemente su característica “panza”, aumentada por la contribución de los cinco huevos fritos que tomaba diariamente acompañados de pan. Recuerdo, de entre sus pertenencias, el burro, no su camello que también lo tuvo con mayor antigüedad y que lo sé por fotos. Debatía una y otra vez, con todos los chicos de mi tía Nieves, pues no eran pocos, el turno para meterme e ir zarandeándome en uno de los lados de las alforjas. En él fuimos a comprar y a la vuelta de la tienda quedó prendida mi prima, Clara Alonso, a la rama de un eucalipto justo cuando el burro pasó por debajo y continuó su trayecto. Anécdota que todos hoy recordamos con alegría.

El abuelo Berriel hacía diariamente el recorrido desde La Costa Atrás, lugar donde residía, hacia La Mareta para visitar a dos de sus hijas, mi tía Lola y mi madre y a su cuñada Rafaela quienes amablemente le servían un “chupito” de anís “El Mono” o de anís escarchado.

De Narcisa Rodríguez, su segunda esposa, recuerdo entre otras muchas cosas agradables, su devoción, las vueltas que le daba al rosario y cómo acompañada por sus hermanas Rafaela y Petra, todas vestidas de negro y con enormes mantillas, se dirigían tempranamente a la Iglesia del pueblo para ocupar uno de los primeros asientos.

De los otros abuelos, los paternos, Juan y Juana, recuerdo horas de conversación en un banco fuera de su casa, pegado a la pared y a la sombra de una higuera. Aún siento el aroma de sus potajes bullendo en el tenique al que añadía leña mi abuelita. Sí, así la llamaba, no sólo por lo menuda y pequeña sino también por mi cariño hacia ella.

Era habitual que todas las mañanas fuera a coger cochinilla a las fincas colindantes con la aljibe de Los Espino pero no antes sin pasar por mi casa. Mis pequeñitas manos, ágilmente, se introducían en los enormes bolsillos de su bata, en búsqueda de los más sabrosos guayabos que de su guayabero guardaba para mí. Conforme pasaba el tiempo, el regalo se iba incrementando y de un guayabo pasaba a dos guayabos, de dos guayabos a un guayabo y media peseta, de un guayabo y media peseta a un guayabo y medio duro. Todo ello reflejo de nuestra complicidad y amor mutuo.

De mi hermano Milo, así es como familiarmente le llamamos, su bicicleta, prohibida para mí porque me quedaba grande. Haciendo caso omiso a sus advertencias, aprovechaba cuando él estaba ausente para pasearme en ella. Me encantaba la cuestita que me dirigía a casa de mi tía Lola, me embalaba sin tener que darle a los pedales. Mi sorpresa fue un día cuando, a toda pastilla y con el artilugio descontrolado cuesta abajo, aparece mi hermano justo a lado de casa de mi tía conduciendo el SEAT 127 rojo. El parquito o jardincito que hoy tiene una palmera no existía, había un pajero, rodeado de una pared de piedra con una entrada. Ante el susto, mi camino no siguió la senda habitual, entré en tal recinto y… ¡gracias al pajero! Pues amortiguó el “leñazo” que me dí. Y otra vez ahí mi hermano advirtiéndome. La educación complementaria a la que me aportaban mis padres.

Todavía hoy retumban las palabras de mi hermana Loly, cuando yo ya andaba por el Instituto: “¡Estudia, estudia!” Mi respuesta: “¡Estudia tú!” Y a faltas de mi madre, ella siempre estaba ahí, velando por mi educación.

Entre parientes más cercanos, mis otras hermanas, Clary y Macarena, contempladoras de estrellas en aquellas noches de calor y juventud, en las que arrastrábamos el colchón por la empinada escalera de su casa para dormir en la azotea agasajadas por la luna, la brisa y por las confidencias nocturnas.

Con todos mis primos, los de Nieves y Juan Rafael, pasé momentos inolvidables, jugábamos a la guerra disparándonos con tablitas cobijados en las esquinas, saltábamos sobre los sacos de millo que iba a ser devorado por el ganado, disfrutaba quedándome a dormir con todos ellos convirtiendo las primeras horas del anochecer en una algarabía. Nos entusiasmaba que cuando en la familia se amasaba pan para guisarlo en el horno de leña nos elaboraran pulseras o una muñequita que finalmente iban a terminar en la tripita de cada uno de nosotros. Cómo olvidar las muertes de cochino en La Costa Atrás, la elaboración de morcillas, la carne en salazón, la correspondiente parrillada familiar o las tafeñas de millo que pacientemente se removían en el tiesto hasta florecer. Toda una fiesta.

Aludir a otra celebración auténtica: El día de San Juan de cada año de mi niñez. Cada miembro de la familia disponía los bártulos para, encaramados en la cajonera del camión de mi tío Antonio, me refiero a Antonio Alonso, ir a parar y pasar el día a la playa de D. Pancho. Allí saboreábamos las ciruelas, la sandía, el “agua moya”…

Recuerdo con cariño a D. Paco Fernández, amable, siempre “despachando” su eterna sonrisa. Habitualmente, yendo a lomos de su burrito, tenía unas dulces frases para mí. Y Gabriel, vendiéndome las aceitunas en cucuruchos de papel. Don Blas Acuña, al que infinitamente molestábamos en época de colegialas, tocándole en su puerta, con el deseo de recibir carta. Juanita La Santa, que, amablemente, nos cedía los recortes de todas las hostias. Juana la de Rafael con aquel precioso belén. Don Alejandro Álamo y el nacimiento, viviente, en las cuevas del Molino de Juan Espino, en el que yo hacía de angelito.

“Los Betancores” a los que, cada fin de semana, de vuelta a La Mareta, clavábamos el índice en el timbre y ¡pies para que los quiero! Cuando alguna vez, ya cansado, salió corriendo tras de nosotros… ¡qué bien nos vinieron los corrales de Mª del Carmen Villalba! Las cabras eran cómplices de nuestras trastadas y de las preguntas de Paco que dónde estaban sus hijos.

Ya de grandita, cuando tenía la edad de Cristo, enfermé…y creí morir. Intuí el dolor y el llanto de mis hermanos. Mis palabras demandaban estar bien para poder estarlo yo. No quería tristeza. Deseaba fuerza inducida. La necesitaba para luchar.

Cierto es que todo lo negativo conlleva algo bueno. Pero hay que saber buscarlo o mejor, entenderlo e interpretarlo. Hay, no quien fallece por la enfermedad sino de la pena de pensar en ella. Hay quien se ahoga en un vasito de agua. Hay quien engrandece los problemas que en realidad no lo son.

Y he realizado un gran aprendizaje. Tengo más en cuenta los valores humanos. No morí, crecí. Mi ser se llenó de aliento y de coraje. Fortalecí físicamente. Fortalecí psíquicamente. Disfruto el presente. Agarro rápidamente el futuro deseado. Hago realidad mis sueños: primero los acerco a un plazo corto de tiempo y luego, los aprehendo con mis manos y los disfruto con todo mí ser.

Llevo conmigo la gran muralla china, el más grande yacimiento arqueológico, el de los soldados de Terracota, los lagos irlandeses, la desembocadura del Tajo en Portugal, la torre Eiffel, el puente de Carlos V sobre el río Moldava de la República Checa, las impresionantes y abrumadoras cataratas del Niágara y esa tierra grandiosa, la de cientos de cascadas, de glaciares, de encantadores fiordos, a la que se nos fue Toño Gil.

Atesoro un poquito de todo esto y de todos ustedes.

Me gustaría mencionar a todos y cada uno de los vecinos de Guatiza que han hecho aportaciones a mi historia personal pero podrían darnos las fiestas del Cristo de Las Aguas. Aunque, es de obligada necesidad rememorar a aquellos que pertenecieron a nuestro pueblo y que llevo en mi corazón:

*Vicente Delgado, hijo, quien diariamente, desde su casa a la mía me abanaba de forma efusiva y alegre en señal de saludo.
*Jesús Salvador y Eustaquio, hijos de Antonio de León y Rosa Placeres. El primero unas horas antes de su partida estuvo dialogando en casa con mi padre bajo la mirada atenta de la niña que era.
*Roberto Betancor, a quien tantas horas de clase impartí.
*Pepe Espino, Francisco Caraballo, Margarita Ortiz, Dimas Hernández, Miguel Fernández, Miguel Cejudo: Con todos ellos compartí preciosas horas de mi juventud.

Santa Margarita, virgen y mártir, patrona de los nacimientos, es la primera protectora de los habitantes de Guatiza y lo sigue siendo. Ella nos ha reunido y nos ha arropado a todos hoy aquí, como hermanos, bajo su manto. Felicidades a quien lleve este nombre y disfrutemos de la fiesta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s