Pregón de La Graciosa 1991

Pregón de las Fiestas del Carmen
La Graciosa 1991

 Por:  JOSÉ UMPIÉRREZJose Umpierrez

A la diminuta y bella Isla de La Graciosa, la había contemplado muchas veces desde lo más alto del Risco de Famara, con el dulce éxtasis que se siente al recrear la vista en tan reluciente perla, flotando mansamente en concha de oro sobre el espumoso oleaje del Mar Atlántico.

El día dos de agosto de 1969, tuve la grata satisfacción de pisar por primera vez, el fino y dorado jable de la playa de Pedro Barba, engalanada con las ruborosas pinceladas del sol del amanecer.

Horas Más tarde, bajé a charlar amigablemente con los portentosos moradores de la Caleta del Cebo y de los que tenía inmejorables referencias.

Creo que me resultó embarazoso expresarme con clara elocuencia ante un pueblo que lleva en sus almas de oro, el faro luminoso de la grandeza espiritual. La inmensa alegría que sentí al hallarme ante un colectivo marinero que amalgama en sus anchurosos corazones, la más grata afectividad de los seres privilegiados con la bondad del más grato compañerismo, ha quedado impreso en lo más hondo de mi ser, como huella imborrable. El lujoso hallazgo que representa a los amigos más leales, es refulgente reliquia que habrá que conservarse en lo más florido de cofre dorado.

En Lanzarote y al socaire de mi destartalado escritorio, he ido modelando el elegante busto del pregón de la fiesta del Carmen. Mi fantasía ya vuela por los más bellos rincones y floridas almenas del país donde se halla ubicado el Jardín de las Hespérides… Ya tengo en mis manos un apretujado haz de bellísimas rosas blancas, os las regalo para que ustedes, damas y caballeros se las ofrezcan en rumboso presente a la deslumbrante guardiana de los mares.

He recorrido muchos pueblos del litoral español y de las islas, en calidad de curioso espectador, recogiendo lo más sobresaliente que mereciera ser plasmado en las crónicas que publico para deleite de los lectores que buscan entre mitos y leyendas, lo más selecto de los actos religiosos.

Al considerarme un graciosero que desea dar a conocer al amado terruño: invito a los peregrinos de los más lejanos rincones del Globo. ¡Venid, Corred! católicos que os alimentáis con la rica savia de las virtudes cristianas. El acompañar a la procesión a paso lento por las engalanadas calles, con primorosas guirnaldas de bellas flores y deslumbrantes cintas de plata y oro: invitan a la meditación, al recogimiento espiritual y al dulce embrujo; oyéndose un levísimo susurro que transporta a las almas sensibles a las gloriosas mansiones celestiales, a las doradas cumbres de mundos ignotos.

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